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De sapos, flamenco, 9 de Julio y soberanía

Martes, 07 de julio de 2026 20:29

Todos alguna vez nos comimos algún sapo:

"Está despedido". "Usted tiene cáncer". "Ya no quiero seguir con vos". "Fracasaste". "Estás viejo".

Hay palabras que no entran por el oído; entran como ráfagas por la piel. No informan solamente: despiertan fantasmas, abren cajones antiguos, sacuden duelos que nunca terminaron de llorarse y activan alarmas invisibles en nuestro sistema nervioso. Como decía la icónica canción de Ella Baila Sola: "Para no pronunciar las palabras que dan tanto miedo: te vas y te pierdo". A veces, el impacto semántico es tan devastador que sufrimos por la construcción mental mucho antes de procesar el hecho real. La palabra nos secuestra y terminamos perdiendo antes de perder, sufriendo antes de saber.

Desde la psicología transgeneracional y la bioneuroemoción, entendemos que el cuerpo no es una máquina biológica aislada, sino un receptor resonante de memorias (Schützenberger, 1993). Piensen en un caso muy cotidiano: una pequeña verruga en el pecho. Una consulta que podría haberse resuelto en un solo turno médico se prolongó durante meses, el cuando el dolor se hizo insoportable la postergación no tuvo más que volverse movimiento. Es que: "Si no vas al médico no tenés nada, porque cuando vas siempre te encuentran algo". Y que hacen muchas veces los médicos: Te retan. Pero que hay detrás del descuido aparente, muchas veces terror. En el inconsciente familiar de esa mujer, la palabra "médico" activaba inmediatamente el filtro del trauma: cáncer de mama, mamá, muerte. Ese era sólo el inicio de memorias, luego cuando el shock se hizo palabras: abandono, miedo, resentimiento, es imperdonable, nunca va a cambiar, ¿cómo puede no verme? ¿por qué me sacado todo y lo sigue haciendo?...

Podemos ver cómo el síntoma, entonces, nunca es solo un fallo orgánico; sino un portador. Portador de narrativas, de lealtades invisibles, de emociones atascadas, de heridas no visibilizadas que se incrementan con los silencios, los dolores y los rencores heredados. Cuando minimizamos o huimos del síntoma por miedo a la etiqueta médica, nos encadenamos. Si lográramos dejar de asustarnos por la palabra que condena y miráramos al síntoma a los ojos, descubriríamos con asombrosa simplicidad y profundidad cómo eso que irrumpe en nuestra vida no viene a destruirnos, sino a redireccionar nuestra existencia.

Fracaso, enfermedad, vejez, diagnóstico, abandono, culpa. Pueden ser palabras que nos colonizan, nos achican el mundo y nos devuelven a una versión infantil y asustada. Sin embargo, es tiempo de crecer y éstas fechas patrias, nos invitan a cambiar de eje. Desplazarnos de un Buenos Aires interno en conflicto. Viajar al centro, donde recordamos la gesta del 9 de Julio, la historia nos regala una metáfora viviente. La Independencia de nuestra tierra no se declaró en un imponente palacio real, sino en una vivienda sencilla de San Miguel de Tucumán. Desde la geobiología espiritual y las tradiciones orientales, se dice que Tucumán representa el Anahata o chakra del corazón de nuestro país: un centro de equilibrio, un puente de integración de fuerzas contrapuestas cuyas columnas salomónicas helicoidales en el portal funcionan como vórtices que expanden la energía hacia el resto del cuerpo social.

Existe una Casa de Tucumán íntima en cada uno de nosotros. Una casa que yace justo en el centro del pecho, en el corazón. Ese es el espacio sagrado donde reside un poder infinito para romper las cadenas. La verdadera independencia no es la ausencia de miedo o de síntomas, sino la revocación del poder que le otorgamos a las palabras colonizadoras para gobernar nuestro destino.

Las grandes decisiones del alma nacen en la sencillez de nuestra intimidad: en la consulta médica que finalmente nos animamos a pedir, en la conversación postergada, en el límite que logramos marcar. Volver a nuestra propia Casa de Tucumán implica sentarnos en silencio frente a los diagnósticos y las sentencias familiares y, con la voz temblando si hace falta, declarar solemnemente desde nuestro centro cardíaco:

Soy más que esta palabra.

Soy más que esta historia heredada.

"...Soy libre de esta cadena, no el síntoma, de la palabra que me impide escuchar y ver. Soy libre de las cadenas de lealtades, soy libre de las cadenas de postergaciones; porque el síntoma ya habló, la historia ya fue honrada, y ahora elijo ser el único autor de mi propia biología".

Soy libre de las cadenas de postergaciones; vacío mis manos del pasado para sostener la inmensidad de mi presente, porque quien ya no teme al silencio, es dueño de su propio destino".

Porque hay palabras que hacen daño y paralizan, sí. Pero cuando habitamos soberanamente el corazón, descubrimos que también existen palabras que liberan.

Porque sí, los sapos pueden bailar flamenco.

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

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