Los pueblos son recordados, porque escriben su historia en los márgenes de los libros, o tal vez esculpidas en mármol, guardadas en museos u olvidada en los archivos de la burocracia. Pero para la Argentina en cambio, su historia, o parte de ella, se suele escribir sobre el campo de juego. Ese rectángulo imperfecto, cual coliseo romano moderno, donde veintidós gladiadores mueren por la gloria de una nación o se coronan de ella. En el corazón de esa geometría verde se va la vida de millones de seres humanos. Porque no se trata de "perseguir" una pelota. El campo de juego, es el lugar donde aparecen condensadas nuestras esperanzas, nuestras miserias, nuestros delirios y nuestras formas de imaginar el futuro de una Argentina, que a veces no somos capaces de soñarla.
El fútbol no es solamente un deporte. Es la patria de los sueños rotos y las esperanzas perdidas. Es una lengua paralela. La más popular de las filosofías. Una religión sin teología y carentes de ateos. Un espejo que, aunque deformante, devuelve imágenes inquietantemente precisas de la sociedad que lo contempla orgullosa. Mientras los intelectuales discuten conceptos y los economistas proyectan curvas imposibles, millones de argentinos se reúnen frente a una pantalla para observar algo que parece insignificante: un pase, una gambeta, una corrida, un gol y un grito desenfrenado de millones y millones. Sin embargo, detrás de cada jugada se esconde una pregunta mucho más profunda: ¿qué esperamos de nosotros mismos?
Porque el fútbol argentino nunca habla solamente de fútbol. Habla de redención. Habla de revancha. Habla de una sociedad que vive oscilando entre la épica y el desencanto.
Cuando el equipo gana, no gana solamente el equipo. Durante unas horas, triunfa también la ilusión de que todo es posible. Que los problemas pueden postergarse. Que las heridas pueden cerrarse. Que el futuro todavía conserva una puerta abierta. La pelota entra al arco y, por un instante, parece que también entran la justicia, la felicidad y el orden, los sueños, las esperanzas. Pero cuando la derrota llega, la caída suele ser más profunda que la simple pérdida de un partido. Lo que se derrumba no es el resultado. Se derrumba una expectativa colectiva. Una pequeña utopía. Una de las tantas construcciones imaginarias que los argentinos levantamos para sobrevivir a la incertidumbre constante en las que vivimos. Quizás por eso el fútbol despierta emociones tan violentas. Porque no observamos un juego. Observamos nuestras propias biografías. Cada mundial se parece demasiado a nuestras vidas: comenzamos llenos de expectativas, atravesamos dificultades, celebramos pequeñas victorias y terminamos descubriendo que ningún triunfo es definitivo. Entre ganar o perder, Argentina parece compartir ese mismo recorrido.
Somos un país que sueña con intensidad desmesurada. Nos enamoramos de proyectos políticos, económicos, culturales, siempre con una pasión que bordea la fe religiosa. Construimos héroes para luego exigirles milagros imposibles. Depositamos sobre personas, instituciones o gobiernos una esperanza que ninguna realidad podría soportar.Y cuando los milagros no ocurren, llega la decepción.Entonces buscamos nuevos salvadores, y regresan las nuevas decepciones, y otra vez nuevos salvadores, hasta un infinito incierto. Es una rueda que gira y gira, con la misma obstinación con la que rueda una pelota. Tal vez el fútbol sea el relato perfecto de nuestra identidad porque contiene esa mezcla singular de talento y tragedia que parece acompañarnos desde siempre. Somos capaces de las jugadas más extraordinarias y de los errores más incomprensibles. Inventamos belleza en medio del caos. Creamos arte donde otros apenas ven competencia. La gambeta argentina es una metáfora social. No avanza en línea recta, desconfía del camino evidente, busca el rodeo, la creatividad, la improvisación. Es hija de una cultura que aprendió a sobrevivir cuando las estructuras fallaban.Sin embargo, también existe una trampa. Cuando el fútbol se convierte en refugio permanente, corre el riesgo de transformarse en anestesia. El espectáculo puede terminar reemplazando a la reflexión. La celebración puede ocultar preguntas incómodas. El grito de gol puede funcionar como una cortina momentánea frente a problemas que siguen esperando respuestas.
No porque el fútbol sea culpable de nada. Al contrario. Su grandeza consiste precisamente en mostrar lo que somos. El estadio se parece demasiado a la sociedad para ser casualidad. Allí están las pasiones colectivas, los liderazgos carismáticos, las divisiones irreconciliables, los prejuicios, las solidaridades repentinas y los sueños compartidos. Allí aparecen tanto la nobleza como la mezquindad. Tanto la belleza como la violencia. El fútbol no inventa esos comportamientos. Los revela. Por eso resulta inútil preguntarse qué tiene que ver el fútbol con la Argentina. La pregunta correcta es otra: ¿qué parte de la Argentina no está contenida en el fútbol?
En una tribuna conviven la esperanza y la furia. En una cancha se enfrentan la memoria y el porvenir. En un gol sobreviven la infancia, el barrio, los amigos perdidos, las promesas incumplidas y las que todavía resisten. La pelota rueda y el país corre detrás de ella, no porque ignore la realidad, sino porque, acaso, busca comprenderla.
Y tal vez allí resida el secreto de esta relación inquebrantable. El fútbol nos permite contemplar, en noventa minutos, el drama completo de la condición humana. Nos recuerda que la gloria es efímera, que las derrotas nunca son definitivas y que la esperanza, aun golpeada, siempre vuelve a ponerse de pie. Como un equipo que sale nuevamente al campo. Como una nación que insiste en soñar.
Como una pelota que, después de cada caída, encuentra otra vez la manera de seguir rodando.
Al final de todo, siempre volvemos a creer, volvemos a llenar estadios, volvemos a cantar y siempre creemos que esta vez será distinto. Siempre volvemos y seguiremos volviendo. Porque cuando no podamos hacerlo, entonces sabremos que ha desaparecido el sueño de volver a soñar despierto.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.