Hay una geografía que conocí, cuando apenas tenía doce años, después la historia me trajo hasta estos lugares. Acá aprendí a quererla y amarla, como a mí mismo.
Está hecha de nombres que repetimos en la escuela, de mapas azules donde dos manchas verdes aparecen perdidas en el Atlántico Sur, de una palabra que se pronuncia con la gravedad de las cosas que no necesitan explicación: Malvinas.
Mucho antes de que hubiera trincheras, muertos, veteranos y una guerra que todavía duele, esas islas ya habitaban la conciencia argentina. Después de la Revolución de Mayo, las autoridades de las Provincias Unidas ejercieron actos de soberanía sobre ellas y en 1829 Luis Vernet fue designado gobernador; el 3 de enero de 1833, una fuerza británica expulsó a las autoridades argentinas. Desde entonces, la historia quedó suspendida en una herida que ningún calendario consiguió cerrar.
Pero Malvinas no es solamente una disputa diplomática ni una coordenada perdida en el océano. Es también ese paisaje que uno imagina cuando escucha hablar de la isla: el viento interminable golpeando la turba, la lluvia horizontal, las colinas desnudas, el frío metiéndose debajo de la ropa, el mar oscuro alrededor de un territorio que parece suspendido entre la belleza y la intemperie.
Y es allí donde la historia argentina cometió una de sus tragedias más profundas. En 1982, una dictadura que agonizaba bajo el peso de la represión, la crisis económica y el descrédito decidió convertir una causa nacional anterior a ella en una operación militar.
El 2 de abril desembarcaron las tropas argentinas; durante 74 días aquellos muchachos quedaron atrapados en una guerra que no habían elegido, y muchos tenían apenas diecinueve o veinte años. Hay que imaginar esa edad para comprender la dimensión del absurdo. Un muchacho que hasta poco antes pensaba en su madre, en una novia, en terminar el colegio, en volver a casa, apareció de pronto bajo un cielo desconocido, con un fusil entre las manos y la noche del Atlántico alrededor.
Mientras en Buenos Aires la televisión llenaba las casas de mapas, comunicados y palabras como victoria, soberanía y enemigo, en las islas la guerra tenía otra medida: hambre, frío, miedo, artillería, cuerpos que caían sobre la turba y compañeros que dejaban de responder. La patria era entonces una palabra demasiado grande para aquellos jóvenes, pero tenía la forma concreta de una carta guardada en un bolsillo, de una fotografía familiar doblada entre la ropa, de la voz de una madre que alguien recordaría mucho después. Y murieron. Murieron jóvenes, absurdamente jóvenes, en una tierra que habían conocido apenas unas semanas antes. Algunos quedaron allí, enterrados bajo nombres, cruces y silencios; otros regresaron cargando una guerra que no terminó cuando cesaron los disparos.
Porque para ellos la posguerra fue otra intemperie. Durante mucho tiempo fueron escondidos detrás de la palabra fracaso, como si la derrota militar pudiera borrar la dignidad de quienes habían combatido. La propia democracia tardó en encontrar la manera de reconocerlos y asistirlos; los estudios sobre el período describen precisamente esa oscilación entre convertirlos en héroes y tratarlos como un problema que el Estado debía administrar.
Ahí reside una de las mayores miserias de nuestra historia: los mismos hombres que fueron enviados a defender una bandera terminaron siendo utilizados por demasiadas banderas. La dictadura necesitó de Malvinas para fabricar legitimidad; después, durante años, la sociedad quiso olvidar la guerra para poder condenar a la dictadura.
Más tarde llegaron los discursos, las ceremonias, las placas, las fotografías oficiales y los funcionarios abrazando veteranos frente a una cámara.
Cada gobierno encontró su manera de pronunciar Malvinas. Cada época quiso explicar qué significaba. Y quizá haya algo profundamente injusto en que quienes nunca estuvieron allí pretendan apropiarse de una experiencia que todavía pertenece, antes que a ningún gobierno, a quienes murieron, a quienes volvieron y a las familias que aprendieron a vivir con una ausencia. Porque Malvinas es una causa nacional, pero no es propiedad del nacionalismo de turno.
No pertenece a la derecha ni a la izquierda, ni a un presidente ni a un partido, ni a una dictadura ni a una democracia. Mucho menos pertenece a quien descubre las islas cuando necesita una bandera detrás de la cual esconder sus propias miserias. La causa soberana argentina tiene una historia mucho más larga y más digna que cualquier administración.
La Constitución la define como un objetivo permanente e irrenunciable; pero una nación no se demuestra únicamente pronunciando palabras solemnes desde un atril. También se demuestra cuidando a quienes regresaron de la guerra, preservando la memoria de quienes no regresaron y evitando que sus muertos sean convertidos en utilería política.
El verdadero nacionalismo, si esa palabra todavía conserva alguna dignidad, se parece más a una mujer que durante cuarenta años conserva la fotografía de un hijo muerto. Se parece al veterano que atraviesa una plaza y encuentra su nombre en una placa.
Se parece al padre que enseña a su hijo dónde quedan las islas, no para enseñarle odio, sino memoria. Se parece a una multitud que canta sin que nadie le diga qué debe sentir. El patriotismo verdadero no necesita funcionarios que lo administren porque nace mucho antes que ellos y, casi siempre, sobrevive cuando ellos ya se fueron.
Quizá por eso aquella escena del Mundial haya dicho sobre Malvinas mucho más que centenares de discursos. En medio de la fiesta del fútbol, cuando la Argentina volvió a encontrarse alrededor de una pelota, una camiseta y una bandera, las Malvinas aparecieron otra vez allí, mezcladas con Maradona, con Messi, con la memoria de los muertos y con una emoción que ningún gobierno había convocado.
No era una orden presidencial ni una consigna ministerial. Era la gente. Era esa multitud que había llegado al fútbol desde generaciones anteriores, llevando consigo una historia que no necesitaba permiso para existir.
Y cuando apareció la bandera con aquella frase -Las Malvinas son argentinas-, el reclamo dejó de pertenecer por un instante a los despachos, a los comunicados y a las disputas partidarias para regresar al lugar donde verdaderamente había nacido: la memoria popular.
Tal vez allí esté la única épica que todavía vale la pena rescatar. No la épica de los generales que mandaron desde lejos ni la de los políticos que descubren la soberanía cuando necesitan recuperar una porción de popularidad.
Tampoco la épica de una guerra que nunca debió ocurrir. La otra: la de un pueblo que recuerda, la de unos muertos que siguen teniendo nombre, la de unos veteranos que todavía caminan entre nosotros y la de una bandera que no necesita dueño porque pertenece a todos.
Y acaso sea ésa la paradoja más hermosa de Malvinas: los gobiernos pasan, los presidentes cambian, las consignas se gastan, las campañas terminan, pero las islas permanecen allí, detrás del horizonte, azotadas por el viento del Atlántico Sur.
Permanecen los nombres de los que no volvieron. Permanecen los hombres que volvieron distintos. Permanece aquella turba donde tantos jóvenes dejaron su última primavera. Y permanece, también, una bandera que durante un Mundial, en medio de una multitud que cantaba por fútbol y por patria, volvió a decir aquello que ningún gobierno puede convertir en patrimonio propio: Las Malvinas son argentinas.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.