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IA: herramienta o agente

Compartimos la visión de Rodolfo Tecchi, exrector de la Universidad Nacional de Jujuy.

Jueves, 30 de julio de 2026 00:00
RODOLFO TECCHI

El filósofo e historiador israelí Yuval Harari ha reflexionado recientemente sobre el papel de la Inteligencia Artificial sobre la sociedad moderna.

Este prolífico pensador ya ha trascendido hace tiempo por sus interrogantes acerca de las diferencias entre las comunidades prehistóricas y las actuales. Harari se pregunta si más allá del poder infinitamente superior con que contamos de los tiempos actuales frente a los pasados, la felicidad que podían sentir aquellos hombres y mujeres en sus contextos, es sustancialmente diferente a la que se busca en estos tiempos. El señala que "no somos capaces de convertir la inteligencia en sabiduría ni el poder en felicidad".

En lo que refiere a la IA el planteo es que no es precisamente una herramienta sino un agente. Un cuchillo solamente hará la tarea buena o mala que le imparta quien lo empuña. La energía atómica se utilizará para los fines que decida quien la maneja.

En cambio, la IA si puede resolver entre varias opciones. Puede crear comportamientos inimaginables para quien la creó. De hecho, hace una década, frente a un partido del juego GO, una IA desarrolló una manera novedosa de abordar la partida que hasta entonces ningún humano había pensado. Esta inteligencia puede formular desde nuevos medicamentos hasta armas letales desconocidas. También podría invertir en el mercado financiero con autonomía y generar ganancias inmensas.

IA CON LÍMITES

El Gobierno argentino está proponiendo una legislación que permita el funcionamiento de empresas automatizadas, más conocidas como emprendimientos no humanos. Se basa en que la IA puede realizar tareas, tomas decisiones, involucrarse en los mercados, administrar recursos y establecer contratos. Pero también puede engañar, estafar, discriminar y robar.

Esta propuesta gubernamental provocó la respuesta de Harari, quien sostuvo que nada justifica otorgar personería jurídica a estas sociedades.

El filósofo también plantea un ejemplo claro. La IA para crecer y desarrollarse necesita consumir grandes cantidades de energía eléctrica. Acaso se detendrá cuando ese incremento choque contra las posibilidades de la sociedad humana de continuar disfrutando de esa energía.

En otro plano de sus reflexiones, Harari, apunta a la relación entre la IA, los algoritmos y las redes sociales. Así explica que en estas últimas se ha detectado que el odio, el temor y la rabia concentran fuertemente la atención de las personas. Y esto impide interactuar en debates normales, elementos básicos de las conversaciones y discusiones democráticas. La IA con el tiempo que le permita cada persona puede hacer una detallada radiografía de sus sentimientos, opiniones y preferencias. Y así la manipulación emocional es personalizada y diseñada para buscar reacciones específicas de cada uno.

De este modo alguien pude pedirle a la IA que le ayude a diseñar una clase o bien que le ofrezca argumentos para convencer a una persona que tome tal o cual comportamiento. Como es experta en lenguaje puede escribir poemas románticos, ya que en su base de datos están prácticamente todos los que se han escrito desde tiempos remotos. Algunos pueden creer, incluso, que la IA tiene sentimientos y conciencia.

Lejos de alarmarse, Harari expresa que es necesario actuar dejando claro siempre los limites entre máquinas y humanos. Nunca adjudicarle personería jurídica. Controlar la relación de los niños con la IA. Desarrollarla a una velocidad que permita adaptarse a la sociedad.

En última instancia aprovechar sus ventajas y formular una IA más segura. (Autoría Rodolfo Tecchi).

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