"Cuando tenga tiempo". "Cuando los chicos crezcan". "Cuando esté más tranquila". "Cuando tenga plata". "Cuando termine esto"... Y así, casi sin darnos cuenta, vamos colocando la vida unos metros más adelante.
Como si vivir fuera esa zanahoria que perseguimos convencidos de que, cuando finalmente la alcancemos, entonces sí: vamos a descansar, viajar, escribir, amar, bailar, empezar aquello que deseamos, sentarnos a tomar un café sin mirar el reloj.
Entonces sí vamos a vivir. El problema es que el futuro tiene una extraña costumbre: cuando llega, cambia de nombre. Se llama presente. Y enseguida volvemos a mandarlo hacia adelante.
Hace algunos años una película llevó esta idea a un extremo inquietante. En El precio del mañana (In Time, Andrew Niccol, 2011), el dinero prácticamente ha desaparecido y la verdadera moneda es el tiempo. Se trabaja para ganar horas. Se pagan cosas con minutos. Los ricos acumulan siglos mientras otros corren desesperadamente para conseguir un día más de vida.
¿Es ciencia ficción? Nosotros también intercambiamos vida todos los días. Entregamos horas por dinero. Tiempo por obligaciones. Presencia por preocupaciones. Sueño por productividad. Encuentros por pendientes. Y muchas veces hacemos algo todavía más extraño: entregamos el presente a cambio de un futuro que nadie nos garantizó.
Entonces me apareció una pregunta: ¿Y si el dinero más valioso que tenemos no está en el banco? Porque podemos perder dinero y volver a producirlo. Pero nadie puede devolvernos el martes pasado. Ni aquella tarde en que nuestra hija quería mostrarnos algo y estábamos mirando el teléfono. Ni la conversación que postergamos. Ni el abrazo que dimos apurados. Ni esa edad de nuestros padres. Ni nuestra propia edad.
Quizás una de las grandes paradojas humanas sea que sabemos que el tiempo es limitado y, sin embargo, vivimos como si tuviéramos una cuenta infinita.
Eckhart Tolle construyó buena parte de su obra alrededor de una idea aparentemente sencilla y profundamente difícil de practicar: la vida sólo puede ser experimentada en el presente.
Pero nuestra mente tiene otros planes. Viaja. Recuerda. Anticipa. Calcula. Compara. Ensaya conversaciones que todavía no sucedieron y reconstruye conversaciones que terminaron. Nos promete que estaremos bien cuando algo cambie.
Y allí aparece otra trampa: creer que para vivir de determinada manera primero tienen que darse determinadas condiciones. Cuando tenga dinero, pareja. Cuando me jubile. Cuando baje de peso, consiga ese trabajo, los chicos sean grandes. Cuando tenga mi casa. Cuando finalmente esté en paz.
¿Cuánto de nuestra vida nos vamos robando por un futuro que probablemente ni siquiera sea como lo imaginamos?. ¿Cuántas de esas cosas que creemos postergadas por falta de dinero podrían empezar hoy, de otra manera, con el mismo dinero o incluso sin él?
A veces no nos falta solo un recurso. Nos sobra una idea. La idea de cómo deberían suceder las cosas. Creemos que existe un único camino para llegar a determinado lugar y entonces quedamos atrapados frente a una puerta cerrada sin advertir que quizá había una ventana, otra puerta, otra persona, otra posibilidad.
La mente puede ser extraordinaria para resolver problemas y bastante torpe para reconocer cuándo convirtió su propia solución en una cárcel. También heredamos otra creencia: que aquello que vale necesariamente requiere sacrificio. Hacer más. Aguantar más. Exigirnos más. Llegar más lejos.
Y mientras perseguimos la vida que imaginamos, perdemos la vida que ya tenemos. No hablo de romantizar las dificultades. Hay pobreza, enfermedad, guerras, injusticias. Hay condiciones que no se transforman respirando profundo ni pensando positivo. Negarlos sería otra forma de desconectarnos de la realidad. Hablo de otra cosa. De habitar el presente con conciencia. "Con fe, esa certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve, como expresa la Carta a los Hebreos".
Elegir la gratitud por este instante bendito presente. Porque frente a la adversidad hay algo todavía peor que perder cosas: quedarnos sin nosotros mismos.
Quizás por eso una práctica tan elemental como respirar conscientemente puede convertirse en un pequeño acto de regreso a casa, a nosotros mismos. Probemos. El aire entra. Por unos segundos no hace falta resolver nada.
Sentimos cómo ingresa a este cuerpo extraordinario que trabaja para mantenernos vivos sin pedirnos permiso. Inspirar - Sostener - Exhalar. Y quizá imaginar que no entra solamente aire.
¿Qué querés dejar entrar hoy? Una posibilidad. Una conversación. Una ayuda. Una idea nueva. Algo que hasta ayer no habías considerado.
Sostener. Ese pequeño instante en el que no entra ni sale aire no es un vacío inerte. Mientras hacemos una breve pausa, el corazón sigue latiendo, la sangre circula y el oxígeno continúa llegando. Aunque por un instante no hagamos nada, la vida sigue sucediendo.
No todo necesita de nuestra intervención para continuar. A veces podemos simplemente sostener. Habitar. Confiar. Exhalar. Soltar. ¿Qué pasaría si pudiéramos hacer con algunas experiencias lo mismo que hacemos con el aire?
Tomar lo que necesitamos. Habitarlo. Y, cuando sea tiempo, dejarlo ir. El cuerpo conoce ese movimiento desde que nacimos. No porque respirar mágicamente transforme nuestra realidad. Sino porque cuando interrumpimos por un instante el automatismo, recuperamos algo fundamental: presencia.
Tal vez la riqueza tenga también esa dimensión el tiempo de la presencia. Mirar a alguien que amamos. Tomarnos un café sin estar llegando mentalmente a la próxima reunión. Caminar, Reír, escuchar música, cerrar los ojos al sol. Estar durante algunos minutos exactamente donde estamos. Quizás el cielo no esté solamente arriba ni el infierno abajo.
A veces construimos pequeñas versiones de ambos en la manera en que habitamos nuestros días. Y quizás una vida diferente no empiece cuando cambien todas nuestras circunstancias. Por eso hoy no quiero preguntarte qué vas a hacer con tu futuro.
Quiero preguntarte algo mucho más pequeño. ¿Qué parte de tu vida estás postergando que podría empezar hoy? Porque el presente no es la sala de espera de nuestra vida. Es nuestra vida.
(*) Psicóloga, magíster en Salud Pública y coach ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones.