Hay verdades subterráneas que caminan por debajo del asfalto y de los documentos oficiales. Fechas marcadas en el calendario que, sin embargo, laten atravesadas por un temblor antiguo. La fundación formal de una ciudad nunca es un acto de tinta y espada; neutral.
Como nos muestran la historia, la sociología y la antropología, el acto fundacional de la colonia -como ocurrió el 19 de abril de 1593 con la fundación definitiva de San Salvador de Jujuy por Francisco de Argañaraz y Murguía- fue mucho más que la creación de una ciudad: fue el encuentro, el conflicto y la transformación de dos maneras profundamente distintas de comprender el territorio, el poder, el tiempo y la existencia.
Durante mucho tiempo, el relato oficial presentó la fundación como el inicio de la historia de la ciudad, dejando en un segundo plano que este territorio que habitamos, ya estaba habitado por pueblos con complejas formas de organización social, redes de intercambio, conocimientos agrícolas, espiritualidad y una profunda relación con la tierra.
La fundación de San Salvador de Jujuy tampoco puede comprenderse aislada de su contexto. Antes de 1593 hubo otros intentos españoles de establecer una ciudad en la región, frustrados por la resistencia de los pueblos originarios y las dificultades para consolidar el dominio del territorio. La persistencia respondía también a una lógica estratégica: Jujuy ocupaba un lugar clave en el corredor que comunicaba el Alto Perú con el Tucumán y protegía las rutas hacia Potosí, uno de los centros económicos más importantes del Imperio español. Comprender ese contexto no implica justificar la colonización; implica entender las lógicas políticas, económicas y militares que atravesaban aquel tiempo.
Por un lado, el proyecto colonial buscaba cartografiar, fijar límites, administrar, poseer y reorganizar el territorio según una nueva lógica de poder. Por el otro, existía un tejido vivo que ya latía en los cerros, en los valles y en la memoria comunitaria, sin necesidad de ser nombrado por coronas ajenas para existir.
Quizá por eso la historia de los territorios también dialoga con la historia de las personas.
¿Cuántas veces nos ocurre algo semejante?
Como Jujuy, podemos habitar una inmensa riqueza interior sin alcanzar a reconocer plenamente la magnitud de lo que somos. No porque carezcamos de valor, sino porque el valor propio no siempre coincide con la mirada que aprendimos a tener sobre nosotros mismos.
Jujuy era un territorio estratégico. Rico en recursos, en cultura, en diversidad y en conexiones. Precisamente por esa riqueza despertó el interés de quienes comprendieron el poder que aquel lugar representaba.
Algo parecido sucede, a veces, con nosotros. Esperamos que alguien nos nombre, nos valide, nos elija o nos reconozca para descubrir aquello que siempre estuvo allí. Sin advertirlo, terminamos entregando nuestro poder a quien supo ver nuestro valor antes que nosotros. No porque ese otro nos haya creado, sino porque olvidamos que aquello que reconoció ya habitaba en nosotros.
Tal vez una de las formas más profundas de descolonización sea precisamente esa: dejar de esperar que alguien venga a decirnos quiénes somos para comenzar a reconocernos desde nuestra propia historia.
Sin embargo, la trama de la existencia es vasta y compleja. En su esencia más profunda, la vida no conoce razas ni fronteras; conoce seres humanos. Se entreteje en el cotidiano sin clasificar permanentemente hilos buenos o malos, vencedores o vencidos, sino enlazando experiencias que, con el tiempo, terminan dando forma a nuevas realidades.
El dolor, la contradicción y la posibilidad de integración. El ser humano habita la contradicción. Desde la psicología profunda y la Gestalt, el dolor histórico y el dolor personal no constituyen un error del sistema ni una marca inmodificable. Son, muchas veces, el umbral de una transformación.
Cuando un territorio es colonizado -ya sea geográficamente o en los mapas invisibles de nuestras creencias, mandatos y herencias- aparece una herida de escisión.
Dos mundos que chocan, se resisten y, con el paso del tiempo, generan nuevas formas culturales, tensiones, mestizajes y memorias compartidas.
Lo que es nombrado adquiere presencia en la conciencia. Sin embargo, el tiempo avanza y con él también cambian nuestras formas de comprender la realidad. Aquello que ayer fue definido desde una lógica de conquista, de supervivencia o de dolor, hoy puede ser renombrado desde una conciencia más amplia.
La identidad jamás permanece inmóvil. Pretender que las identidades sean estáticas es desconocer que toda vida se encuentra en permanente transformación.
Desde la epistemología sistémica sabemos que los sistemas vivos tienen la capacidad de reorganizarse después de las crisis.
Quizá también podamos mirar nuestra historia desde otra lógica.
La Chakana, símbolo ancestral de los pueblos andinos, nos recuerda que la realidad no se reduce a una única dirección. Norte, sur, este y oeste no existen para enfrentarse, sino para orientar una totalidad. Del mismo modo, nuestros hemisferios cerebrales no compiten entre sí: se complementan. Cuando una mirada domina por completo a la otra, perdemos profundidad. Cuando ambas dialogan, emerge una comprensión más amplia.
Tal vez con la historia ocurra algo semejante. No necesitamos elegir entre una memoria u otra. Necesitamos aprender a sostenerlas e integrarlas para comprender la complejidad de lo humano.
Como sostenía Humberto Maturana, vivimos en el lenguaje. En él coordinamos acciones, construimos sentidos y, en cierto modo, "traemos mundos a la mano". El lenguaje no se limita a describir la realidad; participa activamente en su creación. Cada vez que encontramos nuevas palabras para narrar nuestro pasado, también abrimos nuevas posibilidades para habitar el presente.
Trascender el dolor histórico y el dolor personal no significa olvidar lo ocurrido ni negar las heridas. Significa dejar de habitar exclusivamente la lógica de la división.
Cuando logramos mirar los archivos de nuestra historia sin quedar atrapados en el automatismo de la repetición, aparece la posibilidad de una conciencia más amplia. Ya no se trata de permanecer en dolor, resentimiento, ni en el lamento perpetuo, sino de reconocer que somos el resultado vivo de una compleja alquimia de sangres, culturas, memorias, resistencias y encuentros.
Ningún pueblo hereda únicamente la gloria ni únicamente la herida. Hereda también la responsabilidad de decidir qué hará con esa memoria.
La historia madura cuando deja de preguntarse solamente quién fundó un territorio y comienza a preguntarse quiénes ya lo habitaban, qué memorias permanecieron silenciadas y qué futuro queremos construir con todas ellas.
Tal vez no se trate de cambiar la historia. Tal vez se trate de ampliar la mirada desde la que decidimos contarla. Porque cada vez que una sociedad se anima a nombrar aquello que durante siglos permaneció invisibilizado, no reescribe el pasado. Amplía su conciencia. La tierra de Jujuy parece recordarnos exactamente eso: que incluso después de las fracturas más profundas, siempre existe la posibilidad de construir una memoria más íntegra, una identidad más consciente y un futuro donde las diferencias no necesiten borrarse para poder encontrarse.
¿Qué partes de nuestra historia personal y colectiva seguimos nombrando con las palabras de ayer? ¿Qué memorias aún esperan ser reconocidas para dejar de repetirse? ¿Qué pasaría si, en lugar de elegir entre una historia y otra, nos animáramos a ampliar la mirada para descubrir que ambas forman parte de quienes somos?