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Qué viene después de la última apuesta

Pensamos que el objetivo era dejar de jugar. Hoy sabemos que ese es apenas el primer paso.

Domingo, 23 de agosto de 2026 00:00
DEFINICIÓN | NUESTROS HIJOS NO NECESITAN ADULTOS PERFECTOS. NECESITAN ADULTOS DISPONIBLES.

Hay una pregunta que escucho con frecuencia. "¿Cuándo voy a poder estar tranquilo de que esto terminó?". Es una pregunta comprensible. Después de meses de preocupación, discusiones, mentiras, angustia o deudas, cualquier madre o cualquier padre quisiera escuchar una respuesta sencilla. "Ya pasó". Pero la realidad suele ser distinta. Porque la recuperación no empieza el día en que una persona deja de apostar. Empieza el día en que vuelve a encontrar razones para no necesitar hacerlo. Y esa diferencia cambia completamente la manera de entender el camino que comienza.

Durante mucho tiempo pensamos que el objetivo era dejar de jugar. Hoy sabemos que ese es apenas el primer paso. Porque nadie puede construir una vida únicamente dejando de hacer algo.

Toda ausencia necesita ser reemplazada por una presencia. Por nuevos proyectos. Por vínculos. Por rutinas. Por desafíos. Por ilusiones. Por un sentido.

El juego nunca ocupa solamente tiempo. Muchas veces ocupa silencios. Calma ansiedades. Disimula frustraciones. Promete resolver en segundos aquello que la vida tarda mucho más en construir. Por eso, cuando desaparece, deja un espacio vacío.

Y ese espacio no puede llenarse únicamente con prohibiciones.

Necesita volver a llenarse de vida. Muchas familias se angustian cuando aparece un retroceso. Sienten que todo el esfuerzo fue inútil. Pero recuperarse nunca fue caminar en línea recta. Todos aprendemos así. Nos equivocamos. Volvemos a empezar. Descubrimos herramientas nuevas. Maduramos. Pedimos ayuda. Y seguimos. Lo importante no es no volver a tropezar nunca. Lo importante es que ya no tenga que levantarse solo.

También cambia el lugar de la familia. Al principio suele ocupar un rol de control. Después necesita aprender otro mucho más difícil. Acompañar sin perseguir. Estar presente sin invadir. Confiar sin dejar de cuidar. Muchas familias creen que ayudar consiste únicamente en vigilar. Revisar el teléfono. Controlar las transferencias. Preguntar constantemente dónde estuvo. Con quién salió. Qué hizo. En algunos momentos esos controles pueden ser necesarios. Pero ninguna familia puede vivir para siempre convertida en una oficina de investigación. Porque la confianza no se reconstruye controlando. Se reconstruye lentamente. Con hechos. Con pequeños acuerdos. Con conversaciones. Con tiempo. Y con mucha paciencia.

Quizás una de las tareas más difíciles sea aceptar que los adultos tampoco podemos controlar todo. No podremos evitar cada frustración. Ni cada tristeza. Ni cada error. Y eso no significa que hayamos fracasado. Educar nunca consistió en eliminar todos los riesgos. Consistió en preparar a nuestros hijos para atravesarlos. Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de esta época.

Ayudar a nuestros adolescentes a tolerar la frustración. A esperar.

A pedir ayuda. A descubrir que no todo puede resolverse de inmediato. Porque vivimos en un mundo que ofrece respuestas instantáneas para casi todo.

Pero el crecimiento sigue necesitando tiempo. La confianza sigue necesitando tiempo. Los vínculos siguen necesitando tiempo. Y ninguna aplicación podrá acelerar ese proceso.

Hay algo que quienes acompañan procesos de recuperación aprenden muy pronto. Las personas no dejan atrás una conducta solamente porque alguien les explique sus consecuencias. Empiezan a hacerlo cuando encuentran algo que vale más que esa conducta. Una amistad. Un deporte. Un proyecto. Una pasión. Un trabajo. Una familia. Un propósito.

Por eso recuperarse no consiste únicamente en dejar de apostar.

Consiste en volver a descubrir quién soy cuando esa conducta deja de ocupar el centro de mi vida. Volver a recuperar intereses. Amistades. Proyectos. Motivos para entusiasmarse. Y, poco a poco, volver a confiar en uno mismo.

Nuestros hijos no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos disponibles. Disponibles para escuchar antes de corregir. Para preguntar antes de suponer. Para acompañar antes de señalar. Para permanecer incluso cuando el camino se vuelve difícil. Porque la recuperación no ocurre de un día para otro. Se construye. En una conversación. En una comida compartida. En una tarde de club. En una salida a caminar. En un abrazo. En un "estoy orgulloso de vos" dicho en el momento justo.

Porque dejar de apostar puede marcar el final de una etapa. Pero construir una vida en la que ya no sea necesario hacerlo... esa sí es la verdadera recuperación. Y de eso hablaremos la próxima semana. Porque después de reconstruir una vida aparece un desafío todavía mayor: ¿cómo educamos a nuestros hijos en un mundo donde las pantallas, los algoritmos y la gratificación inmediata forman parte de su vida cotidiana?

(Autoría María Spengler, licenciada en Educación Física y técnica en Gestión y administración en juegos de azar).

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