Hay años en que agosto llega antes de agosto. Este 2026 fue uno de ellos. Los vientos llegaron ya en julio y lo hicieron de un modo impactante. Naturaleza, sí. Pero también previsibilidades humanas no gestionadas. Árboles vencidos, techos arrancados, cortes masivos de energía, polvo suspendido en el aire. En pocos minutos, aquello que parecía firme podía dejar de estarlo.
Y lo abrupto, lo impredecible, lo que no podemos controlar, siempre trae conversaciones. Algunas son colectivas: qué pasó, qué podría haberse previsto, qué estructuras fallaron. Otras son mucho más íntimas.Porque de eso que nos sucede a todos también podemos ir hacia lo particular y preguntarnos: ¿Qué se mueve en mí cuando la naturaleza me sacude? ¿Cuáles fueron tus sensaciones frente al viento? ¿Miedo? ¿Inseguridad? ¿Fascinación? ¿Impotencia? ¿Necesidad de controlar? ¿La sensación de ser muy pequeño frente a algo inmensamente mayor?
El viento mueve cosas. Pero también viene a movernos a nosotros. Y quizás por eso agosto tiene tanto sentido en esta tierra.
En la sabiduría de los pueblos andinos, la naturaleza y el ser humano no aparecen como realidades separadas. La tierra no es solamente el suelo que pisamos. Es Pachamama: una trama de vida de la que formamos parte y con la que existe reciprocidad. Agosto es un mes profundamente ligado a esa relación. Es tiempo de agradecer, de devolver, de pedir permiso, de preparar la tierra y de disponerse para un nuevo ciclo.
Me gusta pensar que hay algo profundamente sabio en que sea agosto. Todavía sentimos el invierno, aunque este año haya sido menos frío. La primavera aún no llegó. Sin embargo, algo ya empieza a moverse. Agosto es ese entre. Mitad de camino. Un umbral. Un tiempo en el que algo terminó de soltarse y algo nuevo todavía no tomó forma. Y quizás eso sea lo más difícil de las transiciones: habitar por un tiempo un lugar en el que ya no somos exactamente quienes fuimos y todavía no sabemos del todo quiénes estamos siendo. Los puentes tienen algo de eso. Para alcanzar la otra orilla, en algún momento hay que dejar de pisar la anterior.
La biología conoce muy bien estos procesos. La vida no es estática. Los organismos se regulan, se adaptan, reorganizan sus recursos frente a los cambios del ambiente. Nuestro cerebro también lo hace. Eso que llamamos neuroplasticidad es, justamente, su capacidad de modificarse a partir de la experiencia. Aprender algo nuevo supone que no todo permanezca igual.Y quizás ahí la naturaleza vuelva a enseñarnos. Los árboles saben soltar. No discuten con la estación.No intentan pegar nuevamente la hoja a la rama. Nosotros sí. A veces intentamos conservar versiones de nosotros mismos que ya cumplieron su función. O procuramos que personas, lugares, trabajos, vínculos o circunstancias que fueron parte de nuestra vida sigan siendo exactamente como fueron.
Forzamos a calzar lo que ya no calza. Intentamos cambiar al otro. Nos aferramos a una forma conocida porque, aunque duela, lo conocido suele darnos una cierta ilusión de seguridad. Y aparece el viento. Elemento maestro. Un agente externo que toca algo interno. Algo más grande que nosotros, que nuestras ideas, nuestros planes, nuestros miedos y nuestros apegos. El viento no se lleva todo. Y esa imagen me resulta particularmente potente. Hay árboles que se inclinan y permanecen. Hay ramas que caen. Hay techos que resisten y otros que vuelan. Hay estructuras que soportan la fuerza y otras cuya fragilidad recién se vuelve visible cuando algo las sacude.
Entonces quizás la pregunta no sea solamente: ¿qué destruyó el viento? sino¿qué nos muestra? Los enormes cortes de energía que vivimos este año hablan de la fuerza de la naturaleza, pero también pueden abrir otras preguntas. Hablan de políticas, de planificación, de estructuras, de responsabilidades individuales y colectivas. De aquello que depende de nosotros y de aquello que definitivamente no.
Porque frente a lo incontrolable no todos transitamos de la misma manera. Importa desde dónde nos encuentra. Importa qué construimos antes de la tormenta. Y esto también vale para nuestra vida.Las crisis muchas veces revelan. Dejan a la vista aquello que veníamos sosteniendo con esfuerzo. Las estructuras debilitadas. Los vínculos que hacía tiempo pedían una conversación. Los límites que no pusimos. Las decisiones postergadas. Las formas de vivir que quizás ya no nos representan. ¿Sobre qué está construida mi vida? ¿Sobre una base segura o sobre una base de maquillajes? En psicología hablamos de base segura para referirnos, originalmente, a aquella experiencia vincular desde la cual podemos explorar el mundo sabiendo que existe un lugar al cual regresar.
Con los años también podemos construir algo de esa seguridad dentro nuestro. Y lo hacemos con miedo, en medio de pérdidas, de vientos. . . ¿Quiénes somos cuando la crisis nos atraviesa?¿Qué sale de nosotros cuando perdemos el control?¿Qué versión nuestra aparece?¿La que ama o la que necesita retener?¿La que puede pedir ayuda o la que se endurece?¿La que escucha o la que reacciona?¿La que confía o la que necesita controlarlo todo para sentirse segura? Quizás no somos solamente quienes creemos ser cuando el camino está en calma. También somos aquello que emerge cuando el viento nos despeina los planes. Y allí aparece para mí otros aprendizajes de este agosto: la vulnerabilidad, el poder fluir, soltar, elegir.
La vida misma llegó con un soplo.Y algún día, también con un soplo, se irá. Recordarlo no le quita belleza. Se la devuelve. Porque cuando comprendemos que la vida es efímera, quizás dejamos de postergar tanto. El abrazo. El perdón. Las gracias. La conversación pendiente. El límite necesario. El comienzo. Agosto todavía no es primavera.Y quizás ahí esté su enseñanza. No hace falta estar floreciendo todo el tiempo. Hay momentos para recogernos. Agosto, tiempos de transición, de agradecer lo que es y trascender.
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.