En derredor de la Estación de Biología Laguna de Vilama, construida en la Puna jujeña a partir de un premio internacional que recibió el doctor Alejandro Pietrek en el 2020, se están llevando adelante dos proyectos de investigación de plantas altoandinas: la yareta y la atapilla. Están a cargo del Laboratorio de Ecología Aplicada a la Conservación de la Universidad Nacional de Salta (Unsa), el Ibigeo, colaboradores que son investigadores del Conicet y de la Universidad de Duke en Estados Unidos y con ayuda financiera de la ong WCS Argentina.
"Hay dos estudios que son distintos, pero arrancaron con la misma persona que es un colaborador de la Universidad de Duke, William Morris, quien venía estudiando desde hace mucho tiempo plantas alpinas o de ambientes altoandinos. Estudiaba la demografía, las poblaciones de estas plantas y las respuestas al cambio climático", explicó Pietrek uno de los líderes junto al doctor Andrés Talamo. Agregó que "nosotros teníamos ganas de hacer algo parecido en los ambientes altoandinos que son vulnerables al cambio climático".
Y entonces decidieron usar como modelo "una planta que es muy conocida para la gente en la Puna, la yareta. Es un recurso, muchas veces en épocas como esta de invierno, porque es una planta resinosa que ofrece combustible fácil y aparte es enorme". Las más grandes viven hasta 3.000 años y el crecimiento es sobre todo subterráneo.
Los investigadores están censando en febrero "50 individuos en una transecta latitudinal en la Estación Biológica Vilama pero después tenemos otros 50 en Mendoza, con otros grupos con los que colaboramos, 50 en Bariloche y 50 en Tierra del Fuego", explicó el especialista.
Sucede que "uno puede pensar que el cambio climático, si lo vemos como un aumento de temperatura, puede hacer que especies que están acostumbradas a climas más fríos tengan que desplazarse a mayores altitudes o a mayores latitudes; porque por ahí desaparecen en el Norte su distribución donde hace más calor y se van desplazando al sur", fundamentó respecto al trabajo conjunto. "Lo que estamos viendo a distintas latitudes y a distintas altitudes es cómo el clima está impactando en esta especie", precisó. El proyecto empezó en el 2023 en Vilama cuya laguna está en los departamentos Rinconada y Susques -lugares que custodia la comunidad Kolla de Lagunillas del Farallón- , y en el 2024 en el resto de las provincias.
El investigador del Leac-Unsa e Ibigeo-Conicet detalló que "nos fijamos cuántos frutos producen por año, cómo crecen; sacamos fotos y a partir de ellas construimos un mosaico y un modelo 3D de la planta. Lo que hacemos es ver cuánto creció usando estas técnicas y vemos también la supervivencia de las plantas".
Respecto a lo relevado Pietrek dijo que "en Vilama en estos tres años lo primero que vimos es que es extremadamente variable la producción de frutos: hay plantas que algunos años producen frutos y otros no y lo que vimos es que también el crecimiento es poco en general entre año a año, lo que tiene sentido sobre todo en plantas muy longevas. Pero que evidentemente hay algo que está haciendo variar la producción de frutos y la fecundidad de las plantas".
Añadió que "cuando tengamos los primeros 5 años de datos nos toca ver qué variables climáticas nos están prediciendo esa variación en la producción de frutos".
Dos estudiantes de Biología de la Unsa los están ayudando a contar las semillas y los óvulos no fecundados en cada fruto. Para tener una idea de la tarea, si se colectaron 4 o 5 frutos por planta son 200 y cada fruto puede tener 3.000 semillas.
Atapilla, la polinizan ratones
El doctor Pietrek destacó que “la otra planta que estudiamos es la atapilla, una de las pocas plantas con flores grandes que sí son polinizadas por ratones”, a casi 5.000 metros de altura, haciéndolo un sistema muy único. Justamente están investigando la biología o la ecología de la polinización de la atapilla: con qué especies interactúa y cómo impactan en sus poblaciones.
El especialista relató que “la idea de estudiar la atapilla surgió porque estábamos con este investigador (William Morris) y él vio que las flores de esta planta apuntaban al suelo. Entonces nos dijo: esto es un síndrome de polinización de roedores. Básicamente son formas que tienen las plantas para adaptarse a la polinización de roedores”.
Entonces las flores apuntan para abajo y producen mucho néctar que las hace atractivas. Empezaron con unos muestreos piloto en el 2024 pero la campaña de mayor envergadura la hicieron en febrero pasado, en que pusieron 40 cámaras trampa, cada una en una planta, “para ver qué especies las polinizan, cuántas visitas reciben estas plantas y en este caso hay flores de distinto color: naranjas y amarillas. Ver si la coloración u otras características -como por ejemplo la producción de néctar que también medimos, y la concentración- influyen en quienes la visitan”. Las cámaras durante 7 jornadas grabaron a los animales que las visitaron.
El investigador acotó que “la otra pregunta lógica es ¿qué pasa con la producción de frutos?, ¿el número de visitas influye en la producción de frutos y semillas? O ¿que la polinice un ratón es distinto a que la polinice un picaflor?”, considerando que el picaflor andino -que vive a más de 4.000 metros de altura- es otro de los polinizadores.
El proyecto es atractivo porque “la idea de que una planta sea polinizada por roedores es un poco rara porque uno piensa que poliniza un picaflor, una abeja. No es tan común que la polinice un ratón y uno puede pensar que también es una adaptación a las alturas”. Esto ante la menor cantidad de aves o polinizadores en semejantes altitudes y en climas tan fríos con noches duras.
Pietrek sumó que “otra cosa interesante es que mientras los ratones polinizan sobre todo en las primeras horas de la mañana, en las últimas de la noche y durante la noche; los colibríes lo hacen durante el día; entonces no hay superposición, de esa manera la planta se garantiza ser polinizada por distintos polinizadores durante distintos momentos del día”. La atapilla, que florece entre noviembre-diciembre y febrero, es un recurso por ejemplo para los picaflores o los pájaros porque no tienen mucho más para consumir néctar en un lugar donde las temperaturas son bajas y la amplitud térmica muy grande. Ambos proyectos permiten llenar vacíos de información en un ambiente jujeño que está experimentando un cambio muy acelerado.