En pandemia la piel se nos erizó en términos de incertidumbre. Había irrumpido algo que no esperábamos, y transitamos ese impacto a escala planetaria, desde los países más desarrollados hasta los más vulnerables. Aparecieron múltiples conductas y sentires. Sin embargo, aquel estado de imprevisibilidad, lejos de diluirse con el tiempo, pareciera haber quedado instalado en lo cotidiano como una sombra permanente.
¿Qué le pasa al cuerpo cuando el afuera se vuelve indescifrable? ¿En qué lugar de la espalda se guarda la incertidumbre de no saber qué pasará mañana?
Nos atraviesa un escenario de cambio constante: la aceleración global, la fragilidad económica nacional y la sensación de pérdida de control experimentada como fenómeno colectivo.
¿Qué resulta de combinar un entorno externo que tambalea con las respuestas biológicas primarias de alerta continua o congelamiento? Sobrevivir en estado de amenaza permanente agota la biología y fragmenta los vínculos. Es allí donde resulta imprescindible detenernos y preguntarnos: ¿cómo sostener la calma sin negar la realidad?
Sostener la calma no significa caer en un "positivismo tóxico" ni cerrar los ojos ante las dificultades objetivas.
La calma es un estado de autorregulación del sistema nervioso (a través de la vía vagal ventral) que nos permite percibir la amenaza sin que esta desorganice nuestro organismo. Negar la realidad es una disociación; aceptarla es asentir a lo que es para, desde allí, responder con claridad estratégica en lugar de reaccionar movidos por el pánico.
Aceptar el "aquí y ahora" implica validar las emociones presentes (el miedo, el enojo, el cansancio) sin taparlas. La emoción es energía en movimiento (e-motion); cuando se la nombra y se la valida, deja de somatizarse como síntoma en el cuerpo.
¿Cómo convivir, entonces, con la incertidumbre?
En primer lugar, es necesario mirarla no como un enemigo que viene a destruirnos, sino validarla como parte de la existencia. Aunque nos desconcierte, la incertidumbre siempre ha sido la dimensión de la realidad íntimamente ligada a la libertad. En esto llamado vida, nos encontramos arrojados ante la nada y el devenir. Y es precisamente en ese salto al vacío y al caos donde nace la creación. La percepción de amenaza cambia su naturaleza cuando los recursos individuales y colectivos se entrelazan.
Para transitarla cotidianamente, podemos aprender a reducir el foco a lo aprehensible (Locus de control interno): no podemos controlar la macroeconomía ni los giros globales, pero sí decidir cómo nos administramos hoy, cómo tratamos a quienes nos rodean y qué hábitos sostenemos.
Practicar el anclaje somático: cuando la mente proyecta escenarios catastróficos hacia el futuro, el cuerpo responde como si estuvieran ocurriendo ahora mismo. El contacto con el suelo, la respiración pausada y la presencia física le devuelven al sistema nervioso la señal de seguridad en el presente.
Diferenciar entre urgencia y gravedad: en contextos inestables, el cerebro tiende a procesar cualquier imprevisto como una emergencia vital. Filtrar racionalmente qué exige atención inmediata y qué puede esperar protege nuestra energía biológica.
Cultivar la resiliencia comunitaria: encontrar sostén en el entretejido social. Ningún árbol sostiene el viento solo; son las raíces entretejidas bajo la tierra las que evitan que el bosque caiga. La resiliencia no es una virtud solitaria ni un esfuerzo individual, es una capacidad relacional.
Es momento de recordar todas las crisis que ya atravesamos, a veces con escasos recursos y un gran ingenio; a veces con esa fe que mueve montañas o con la fuerza del arte que transforma, la música y la alegría. El pueblo jujeño sabe de épocas complejas y de reconstrucción. La memoria comunitaria -la minga, el encuentro, la red vecinal y el cuidado mutuo- nos recuerda que la verdadera fuerza siempre residió en el grupo.
Y no menos importante: aprender el valor de pedir ayuda.
Te dejo este ejercicio práctico: el ancla de la realidad que libera y te reencuentra con tu poder.
Te invito a tomar lápiz y papel para realizar este ejercicio de clarificación interna. Escribí cuatro columnas en una hoja:
Columna 1- Lo que no depende de mí (ejemplo, la inflación, los cambios políticos, las decisiones o actitudes de los demás).
Columna 2 - Lo que sí puedo accionar hoy (ejemplo, mis límites, mi descanso, consultar al médico, pedir apoyo a alguien querido).
Columna 3 - Con qué recursos cuento o puedo desarrollar (¿con qué personas, redes u organismos cuento hoy para apoyarme?).
Columna 4 - El aprendizaje que deja la experiencia (¿cómo esta situación enriquece mi vida? ¿Qué no sabía antes sobre mí que ahora sé? Pasada la tormenta, ¿cómo veo la vida? ¿Cambiaron mis prioridades?). Inhalá profundo y observá la primera columna: dejá ir conscientemente la exigencia de resolver lo incontrolable.
Mirá la segunda y tercera columna: elegí una sola acción pequeña posible y llevala a cabo hoy mismo.
Agradece. Agradece por lo más reciente, por lo que pasó en los últimos años y también agradece por aquello que aun no podés ver como agradecible. La vida tiene extraños modos de operar. Todo esta diseñado para llevarnos a un nuevo nivel. La diferencia no yace en la realidad, sino en la mirada del observador.
No fuimos hechos para cargar el mundo sobre la espalda, ni para atravesar las tormentas en soledad. Pedir ayuda no es rendirse; es la forma más sabia y valiente de declarar que la vida nos importa. En el tejido con los otros, la incertidumbre deja de ser un abismo y se convierte en un territorio a caminar acompañados.
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.