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Gremio de Atsa y el después del silbato mundialista

Martes, 21 de julio de 2026 00:00

Hay un instante que nunca aparece en las repeticiones. No es el gol decisivo, ni el abrazo interminable de los campeones, ni la copa elevándose hacia el cielo. Es el momento en que el estadio comienza a quedarse vacío. Las luces se apagan lentamente, las tribunas recuperan el silencio y la multitud vuelve a la vida de siempre. El Mundial termina, la pasión puede esperar cuatro años más, pero la realidad recién empieza.

Durante un mes, el planeta discutió tácticas, alineaciones, estadísticas y hazañas. Parecía que el destino del mundo dependía de una pelota. Sin embargo, apenas sonó el último silbato, la vida volvió a recordarnos que existen otros campeonatos. Mucho menos visibles, infinitamente más largos y, probablemente, mucho más trascendentes.

Son los campeonatos cotidianos, los que se juegan en un hospital antes del amanecer, en una guardia que nunca termina, en una sala de internación donde alguien sostiene una mano mientras el resto de la ciudad duerme, en el esfuerzo silencioso de quienes eligieron cuidar la vida ajena aun cuando la propia también carga preocupaciones.

Mientras el mundo despedía otra Copa del Mundo, en Jujuy también concluía un proceso democrático que, aunque distante de los grandes escenarios deportivos, merece una lectura mucho más profunda que la de un simple resultado electoral. La conducción por cuatro años más de la licenciada Viviana López al frente de Atsa, su triunfo no es solo una continuidad dirigencial, habla de una construcción colectiva, de una organización que ha logrado consolidarse y de una gestión que entendió que representar trabajadores implica mucho más que negociar salarios.

En tiempos donde las instituciones atraviesan una profunda crisis de credibilidad, sostener la confianza constituye un mérito que no puede minimizarse. La legitimidad no se consigue el día de la elección. Se construye durante años. Se gana recorriendo hospitales, escuchando reclamos, acompañando conflictos, defendiendo derechos y comprendiendo que detrás de cada recibo de sueldo existe una familia, una vocación y una historia personal.

Los grandes equipos de fútbol enseñan exactamente eso. Ninguna selección llega a una final por inspiración de una tarde. Las vueltas olímpicas son la consecuencia visible de miles de entrenamientos invisibles. Detrás de cada campeón hay disciplina, planificación, liderazgo y un grupo convencido de que los triunfos importantes nunca pertenecen a un solo individuo. Las organizaciones también funcionan de esa manera.

Atsa ha recorrido un camino donde la defensa de los trabajadores convivió con otro desafío igual de importante: apostar al crecimiento profesional de la sanidad. Porque proteger a quienes cuidan también significa ofrecerles herramientas para crecer, abrir espacios de formación y fortalecer una profesión que constituye uno de los pilares del sistema de salud. Allí adquiere especial relevancia el trabajo de instituciones dedicadas a la formación de enfermeros profesionales, como el Instituto Superior "Miriam Gloss". En esas aulas no solamente se enseñan técnicas clínicas. Se forman mujeres y hombres que algún día deberán tomar decisiones en los momentos más delicados de la vida de una persona. Cada promoción que egresa representa una inversión silenciosa para toda la sociedad. La educación, muchas veces relegada por la urgencia de los conflictos cotidianos, termina siendo una de las políticas más transformadoras que puede acompañar una organización comprometida con el futuro.

Quizá por eso las elecciones sindicales nunca deberían analizarse únicamente desde la lógica de los ganadores y los perdedores. Lo verdaderamente importante es preguntarse qué proyecto logró convencer a la mayoría y por qué. Cuando un respaldo se renueva elección tras elección, difícilmente pueda explicarse sólo por una campaña. Detrás existe una forma de conducir, una presencia permanente y una relación construida con quienes todos los días sostienen el funcionamiento del sistema sanitario.

Vivimos una época fascinada por lo inmediato. Todo parece medirse por el impacto de una noticia, por la velocidad de una tendencia o por la intensidad de un aplauso. Pero las instituciones serias se edifican exactamente al revés: con paciencia, con continuidad y con la convicción de que las transformaciones profundas casi nunca producen estruendo. El Mundial dejó un campeón. La historia registrará un resultado, una fecha y una fotografía destinada a recorrer el mundo.

Las elecciones de Atsa dejan algo diferente. Dejan la responsabilidad de seguir representando a miles de trabajadores cuyo partido comienza cada mañana cuando todavía no salió el sol. Ellos no juegan noventa minutos. No esperan la ovación de una tribuna. Su tarea consiste en cuidar vidas, aliviar dolores y sostener un sistema que nunca puede detenerse. Las copas descansan para siempre dentro de una vitrina. La confianza, en cambio, debe volver a ganarse cada día. Y quizá esa sea la diferencia más profunda entre el fútbol y la vida: los mundiales terminan. El campeonato de cuidar a quienes cuidan nunca conoce el pitazo final.

(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.

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