La última cumbre de la Otan en Ankara no debe leerse por sus discursos, sino por sus contratos. Los líderes hablaron de seguridad, Ucrania, Rusia, Irán, defensa colectiva y libertad de navegación.
Pero cuando se corre la cortina diplomática, aparece una verdad más cruda: la Otan 3.0 (la nueva doctrina estratégica diseñada para que los países europeos asuman el liderazgo y la responsabilidad principal en la defensa convencional de su propio continente) es la conversión del miedo en presupuesto permanente, del conflicto en oportunidad industrial y de la inseguridad global en mercado garantizado para los fabricantes de la guerra.
La declaración oficial de Ankara sostuvo que Europa y Canadá, junto con Estados Unidos, asumirán mayor responsabilidad en la defensa de la Alianza.
También se habló de capacidades nucleares, convencionales, defensa antimisiles, espacio, ciberseguridad, inteligencia, ataques de precisión, sistemas no tripulados, inteligencia artificial y una nube de guerra interoperable. Es decir, se trata de construir una infraestructura militar integral para una guerra larga, tecnificada y sostenida. La misma declaración comprometió 70.000 millones en equipamiento, asistencia y entrenamiento militar para Ucrania en 2026, con el compromiso de sostener al menos un nivel equivalente en 2027.
Allí aparece una primera capa: Ucrania se está transformando en una plataforma militar avanzada del sistema euroatlántico. No rodea territorialmente a Rusia, pero sí participa de un cerco estratégico más amplio: Finlandia y Suecia dentro de la Otan, Polonia y los países bálticos rearmados, Alemania desplegándose hacia el este, el Mar Báltico cada vez más controlado por aliados occidentales y Ucrania atacando más profundo dentro del territorio ruso. Rusia ya no enfrenta únicamente a Kiev; enfrenta una economía militar atlántica en formación.
La segunda capa es Europa: el discurso europeo dice que el rearme es necesario para sostener a Ucrania, disuadir a Rusia y reducir la dependencia de Estados Unidos.
Pero esa autonomía es relativa; Washington exige que Europa pague más, produzca más y asuma más defensa convencional, pero no entrega el mando estratégico.
Estados Unidos descarga costos, pero conserva la arquitectura nuclear, la inteligencia, las tecnologías críticas, las licencias, los sistemas de mando y buena parte del negocio industrial. La propia Casa Blanca llamó a esta etapa "NATO 3.0" y la presentó como un paso hacia más reparto de cargas y autosuficiencia aliada, pero al mismo tiempo destacó que el aumento del gasto beneficiará a la industria de defensa estadounidense.
Partiendo de esa base, la cumbre no puede entenderse sin seguir la ruta del dinero: más de US$50.000 millones en acuerdos de defensa e industriales; Lockheed y Rheinmetall avanzan en la producción de misiles Atacms en Alemania; Northrop Grumman aparece con drones de vigilancia marítima MQ-4C Triton; Saab con aviones GlobalEye; Airbus con transporte y reabastecimiento; Raytheon con misiles; Boeing con bombas guiadas; Anduril con misiles Barracuda-500 para Polonia. La seguridad se declama en las cumbres, pero se factura en los contratos.
También se anunció que los aliados invertirán más de US$40.000 millones en capacidades anti-drones durante los próximos cinco años, junto con un mercado específico para compras rápidas de sistemas compatibles con la Otan.
Ese dato es central: la guerra de Ucrania enseñó que los drones son una nueva gramática del campo de batalla. La Otan está construyendo el mercado de la próxima generación de guerras.
Turquía entendió perfectamente ese momento; Erdogan quiso mostrarse como un país imprescindible: controla accesos entre el Mar Negro, el Mediterráneo, Medio Oriente y el Cáucaso; tiene el segundo ejército más grande de la Otan; posee una industria militar en expansión; y busca volver a entrar en los grandes circuitos occidentales de defensa. Ankara reclama levantar restricciones entre aliados, recuperar margen con los F-35, negociar defensa aérea y convertir su ubicación geográfica en poder político. Turquía dice: si me necesitan para Rusia, Ucrania, el Mar Negro, Medio Oriente, migraciones y energía, no pueden tratarme como un socio incómodo.
El frente de Irán mostró otra fractura, porque la declaración de Ankara sostuvo que el régimen de los Ayatolas no debe obtener armas nucleares y reclamó libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Pero una cosa es defender la navegación y otra convertir la guerra contra Irán en una guerra de la Otan. Estados Unidos empuja hacia ese borde; Alemania, Francia, Italia y España saben que una guerra abierta en Ormuz no sería una operación quirúrgica, sino una crisis energética, marítima, comercial y militar de alcance global. Para Washington, Irán es una oportunidad de disciplinamiento estratégico. Para muchos europeos, es una guerra que puede incendiar la periferia energética de Europa sin resolver Ucrania.
España se transformó en el caso testigo, y el problema no es solo que Pedro Sánchez no acepte dócilmente la meta del 5% del PIB en defensa.
El problema más grave para Trump es que España se negó a prestar sus bases para una guerra contra Irán. Por eso amenazó con cortar el comercio con España. Madrid no solo discute cuánto gastar; discute quién decide la guerra.
Mientras tanto, Europa enfrenta otra contradicción moral; dice que no quiere inmigración descontrolada, que África es un foco de inestabilidad, que el Sahel, el Mediterráneo y las rutas migratorias son amenazas a su seguridad. Pero cuando aparece la opción de destinar recursos masivos al desarrollo, al empleo joven, a la energía, al agua, a la salud, a la educación técnica y a la infraestructura productiva en África subsahariana, el dinero se vuelve escaso. La ayuda oficial al desarrollo de los donantes del Comité de Ayuda al Desarrollo cayó 23,1% en 2025, la mayor contracción anual registrada.
Sin duda una Europa que invirtiera en estabilidad, energía, alimentos, infraestructura y empleo juvenil atacaría causas, en cambio una Europa que solo invierte en defensa administra consecuencias.
Ankara fue, entonces, mucho más que una cumbre militar, fue una fotografía de época. Estados Unidos exige obediencia y compras y Europa busca autonomía, pero compra bajo arquitectura estadounidense. Entonces Turquía convierte su geografía en negociación, Ucrania se integra al sistema militar occidental, España marca un límite frente a Irán, Rusia recibe la señal de una guerra larga y África queda otra vez fuera de la prioridad real. Corolario, las empresas de defensa celebran sin necesidad de aparecer en la foto oficial.
Con la estrategia Otan 3.0 se reorganiza la defensa de Occidente, convirtiendo la ansiedad europea frente a Rusia, Irán, Ucrania, la inmigración y Trump en contratos garantizados.
Por lo tanto, moderniza una vieja maquinaria imperial con lenguaje democrático, presupuesto público, inteligencia artificial, satélites, sistemas no tripulados, poder de fuego infinitamente mayor y el mismo insumo de siempre: carne humana.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).