Hay fenómenos culturales que merecen ser observados no por lo que dicen ser, sino por lo que realmente revelan acerca de la sociedad que los consume. Gran Hermano pertenece a esa categoría. Se presenta como un simple programa de entretenimiento, una competencia entre desconocidos encerrados en una casa bajo la mirada permanente de las cámaras. Sin embargo, detrás de esa apariencia inofensiva se esconde algo mucho más profundo y perturbador: la transformación de la degradación humana en espectáculo masivo y la conversión de los peores impulsos de nuestra naturaleza en una mercancía destinada a generar audiencia.
Lo que ocurre dentro de esa casa difícilmente pueda definirse como un juego. Allí la confianza es una debilidad, la lealtad un error estratégico y la solidaridad una conducta sospechosa. El participante exitoso no suele ser el más inteligente, el más culto ni el más creativo. El sistema premia a quien manipula mejor, a quien construye alianzas circunstanciales para destruir a otros, a quien comprende que la agresión genera más repercusión que la convivencia. Las humillaciones públicas, los insultos, las campañas de desprestigio, las acusaciones permanentes, los conflictos artificiales e incluso situaciones tan miserables como el robo de alimentos o la exclusión deliberada de determinados participantes son consumidos por millones de espectadores como si constituyeran una forma superior de entretenimiento.
La pregunta verdaderamente importante no es qué sucede dentro de la casa. La pregunta es por qué una parte tan significativa de la sociedad disfruta observándolo. Porque Gran Hermano no inventa la crueldad, el egoísmo ni el resentimiento. Esos elementos han acompañado a la humanidad desde siempre. Lo que hace el programa es convertirlos en espectáculo y otorgarles una legitimidad cultural que resulta inquietante. Lo que antes generaba vergüenza hoy genera rating. Lo que antes era considerado una bajeza moral hoy se presenta como una estrategia válida para alcanzar el éxito. La degradación humana dejó de ser un problema para convertirse en un producto.
Quizás por eso el programa funciona como un espejo extraordinariamente preciso de nuestra época. Vivimos en una sociedad donde la agresión suele producir más impacto que los argumentos, donde la descalificación obtiene más atención que las ideas y donde la destrucción simbólica del adversario parece generar una satisfacción que el debate racional ya no consigue despertar. Las redes sociales han terminado por consolidar esta lógica. Millones de personas participan diariamente de una gigantesca versión digital de Gran Hermano donde se juzga, se condena, se ridiculiza y se expulsa simbólicamente a quienes piensan diferente. La cultura de la cancelación, el linchamiento virtual y la indignación permanente no son fenómenos aislados: forman parte de un mismo clima cultural que encuentra en estos programas su expresión más visible.
La Argentina atraviesa desde hace años una profunda crisis económica, política e institucional. Sin embargo, existe una crisis menos visible y probablemente más peligrosa: la crisis de los vínculos sociales. Hemos comenzado a perder la capacidad de escucharnos. La diferencia se transforma rápidamente en enemistad y la crítica es interpretada como una agresión personal. La convivencia democrática requiere aceptar que el otro puede pensar distinto sin convertirse por ello en un enemigo. Sin embargo, la lógica dominante parece indicar exactamente lo contrario. Como en la casa televisiva, el objetivo ya no consiste en convivir con el otro sino en derrotarlo, desacreditarlo o expulsarlo.
Jujuy tampoco permanece al margen de esta realidad. Aunque nuestra provincia conserva tradiciones comunitarias que todavía resisten el individualismo extremo de las grandes ciudades, también aquí comienzan a percibirse señales preocupantes. Las discusiones públicas se vuelven cada vez más agresivas, las redes sociales se transforman en escenarios de enfrentamientos permanentes y la política adopta con frecuencia formas de confrontación que dificultan la construcción de consensos. Mientras tanto, los grandes problemas de la sociedad -la educación, la salud, el empleo, la pobreza y las oportunidades para los jóvenes- quedan relegados detrás de una sucesión interminable de conflictos estériles que producen ruido, pero no soluciones.
El verdadero éxito de Gran Hermano no reside en los puntos de audiencia que consigue cada temporada. Su éxito consiste en haber naturalizado una visión del ser humano donde el egoísmo aparece como una virtud, la manipulación como una habilidad admirable y la humillación ajena como una fuente legítima de diversión. El programa no creó estos valores, pero contribuye a difundirlos, legitimarlos y convertirlos en parte del paisaje cotidiano.
Tal vez por eso la cuestión ya no sea televisiva sino cultural. Lo preocupante no es que exista un programa dispuesto a exhibir la miseria humana. Lo preocupante es que exista una sociedad dispuesta a celebrarla. Porque cuando la crueldad deja de escandalizar, cuando la humillación se convierte en entretenimiento y cuando la degradación moral produce admiración en lugar de rechazo, el problema ya no está dentro de una casa llena de cámaras. El problema comienza a instalarse fuera de ella, en la sociedad que la observa, la consume y termina reconociéndose en su reflejo.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.