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¿Qué guardamos cuando guardamos?, es la pregunta

Miércoles, 17 de junio de 2026 00:00

"Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma". - Carl Gustav Jung.

En el marco de celebrar mi cumpleaños, en la resonancia de agradecer cada experiencia y cada ser que me ha acompañado en el camino, me encuentro transitando uno de esos rituales silenciosos que suelen pasar desapercibidos para los demás, pero que tienen una enorme profundidad para quien los vive.

Entre cierres y aperturas. Entre balances y nuevos comienzos. Entre aquello que termina y aquello que todavía no tiene nombre. Me detengo a mirar a mi versión 2025. Intento reconocer todo lo aprendido. Lo que floreció. Lo que dolió. Lo que tuve que atravesar. Lo que me transformó.

Y en medio de ese proceso me encuentro con mi hogar. Con sus cosas, espacios, rincones, objetos. Entonces comienzo a ordenar, limpiar, reacomodar. A tirar, vender, regalar. A hacer vacío. A crear espacio para lo nuevo. Y mientras mis manos se ocupan del afuera, algo dentro mío también comienza a moverse. Porque el afuera se permea del adentro. Y el adentro encuentra formas de expresarse en el afuera.

Entonces aparece una pregunta. Una pregunta simple e inmensa. ¿Qué guardamos cuando guardamos? Sí. Yo fui de las que guardaba aquella servilleta de una primera salida enamorada. El papel del chocolate que me regalaron la primera vez que nuestras miradas se cruzaron. Guardaba fugacidades hechas eternidad.

Ella guardaba los objetos de la abuela, de la bisabuela. Los acomodaba con cuidado, como quien acomoda recuerdos. Es que para ella los objetos le contaban historias. Le devolvían voces. Le acercaban abrazos. Le recordaban que había existido amor antes de ella. Eran objetos sanos. Objetos rotos. Eran lo que eran y también lo que ya no eran. Eran transformación. Eran memoria. Eran la capacidad profundamente humana de encontrar significado en las cosas. Porque hay cosas que desaparecen de la realidad y continúan viviendo en nosotros.

Ella guardaba pequeñas herencias invisibles. Pedacitos de tiempo. Fragmentos de vidas. Guardaba fugacidades hechas eternidad. Él guardaba imágenes. Imágenes que nunca hubiera querido ver, ni podía olvidar. Momentos capaces de partir una historia en dos. Y aquellas imágenes encontraron un lugar donde quedarse. Entonces comenzó a cerrar puertas. De golpe perdió la confianza. Después la de la entrega. Luego la de la sorpresa. Por un pasado tiñó todo un futuro.

Comenzó a acercarse solamente a aquello que podía pagar, pues así él llevaba el control. Sólo lo que podía calcular, aquello a lo que podía poner a distancia. Así la vida no volvería a sorprenderlo. Así nadie podría herirlo donde alguna vez había quedado expuesto. Sin darse cuenta, no sólo había guardado recuerdos. Había guardado una forma de mirar el mundo. Porque los seres humanos no acumulamos únicamente objetos. También acumulamos historias. Interpretaciones. Conclusiones.

Promesas silenciosas que nos hacemos en medio del dolor. A veces guardamos la narrativa de otras voces. A veces guardamos el afecto que un objeto nos evoca. A veces guardamos la previsión por si algún día hace falta. A veces guardamos por sensación de carencia. A veces porque sentimos que la vida nos arrebató demasiado pronto algo que todavía no estábamos preparados para soltar.

Y entonces aparece esa angustia frente a lo vulnerable. Frente a lo finito de la existencia. Frente a lo incontrolable de lo inevitable. Y como una compensación silenciosa intentamos conservar. Conservar cosas, recuerdos, personas, versiones de nosotros mismos. Como si al retener pudiéramos protegernos de la pérdida.

Como si el control pudiera negociar con la impermanencia. Pero la vida tiene otros planes. Porque la vida es movimiento. Es transformación. Es flujo. Y entonces aparece otra pregunta. ¿Qué soltamos cuando soltamos? Porque tampoco toda forma de soltar es libertad. Hay quienes sueltan porque aprendieron a confiar. Y hay quienes sueltan porque no pueden retener. Hay quienes sueltan para crecer. Y hay quienes sueltan para no sentir.

A veces soltamos lo que no hemos podido digerir. A veces soltamos por miedo a quedar atrapados. A veces soltamos antes de que la vida pueda quitárnoslo. Quizás la mejor imagen sea la de la digestión. Tomamos algo de la experiencia. La transformamos. La incorporamos. Y luego dejamos ir aquello que ya cumplió su función. Ni aferrarnos a todo. Ni expulsarlo todo. Transformarlo. Tal vez esa sea una de las tareas más profundas de la vida adulta.

Jung sostenía que aquello que no hacemos consciente termina gobernando nuestra vida. Quizás por eso ordenar una casa puede convertirse en mucho más que una tarea doméstica. Quizás mientras vaciamos un cajón estamos revisando una etapa. Quizás mientras regalamos una prenda estamos despidiendo una versión de nosotros mismos. Quizás mientras tiramos papeles viejos estamos haciendo lugar para algo que todavía no conocemos.

Y entonces comprendo algo. No estamos soltando una silla vieja. No estamos soltando una caja. No estamos soltando una taza. Muchas veces estamos soltando una identidad. Una historia. Una forma de habitar el mundo.

Porque a veces no guardamos una silla vieja. Guardamos una versión de nosotros mismos que ya no existe. Y quizás crecer tenga menos que ver con acumular y más que ver con elegir. Elegir qué permanece. Qué se transforma. Qué se agradece. Y qué puede partir. Porque honrar el pasado no significa vivir en él. Porque recordar no es quedarse detenido. Porque amar no es aferrarse. Y porque la vida, después de todo, no es una colección de cosas. Es un fluir.

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

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