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Desarrollo o extracción: el desafío a crecer con conciencia

Miércoles, 06 de mayo de 2026 00:36

Entre la promesa de crecimiento y la necesidad de desarrollo real, Jujuy vuelve a situarse en una pregunta clave: ¿es posible generar riqueza sin empobrecer territorios, vínculos y vidas? Una reflexión sobre los modelos que nos trajeron hasta aquí. . . y los que estamos llamados a crear. ¿A qué le llamamos progreso? ¿A extraer más. . . o a vivir mejor? ¿A crecer. . . o a desarrollarnos?

Este fin de semana, mientras en la puna jujeña se habla de litio, inversión y futuro, hay una pregunta más profunda que merece ser habitada: ¿Qué tipo de humanidad estamos construyendo cuando hablamos de desarrollo?

El viejo paradigma: cuando crecer era arrasar. Durante décadas -y en muchos casos, siglos- el modelo extractivo se sostuvo sobre una lógica clara: tomar de la tierra sin preguntarle a quién pertenecía, ni qué dejaba atrás.

Minería, petróleo, recursos naturales. . . La promesa fue siempre la misma: enriquecimiento, expansión económica, crecimiento sostenido. Palabras que, en muchos casos, se presentaron como sinónimo de progreso. Sin embargo, la realidad muchas veces mostró otra cara: territorios empobrecidos, comunidades desplazadas, riqueza concentrada. No fue solo un modelo económico. Fue una forma de ver el mundo. Una forma donde la tierra era recurso, y las personas. . . muchas veces, también.

Porque detrás de esas decisiones hay historias concretas. Rostros. Cuerpos. Vidas. Personas que trabajan en condiciones alejadas de sus afectos, con niveles de exigencia altos, con soledad, con desarraigo, con costos emocionales que no siempre entran en las estadísticas. Personas que muchas veces reciben menos que en las grandes ciudades, aunque entreguen más de sí. Y ahí aparece una verdad incómoda: no todo crecimiento es desarrollo.

El paradigma de la sustentabilidad: una promesa en construcción. Hoy algo está cambiando. Se habla de desarrollo sostenible, de empleo local, de educación, de impacto social. Se plantea que la riqueza debe distribuirse, que el territorio debe crecer con sus comunidades. Y sin embargo. . . la historia nos invita a ser lúcidos.

Porque en cada transformación humana hubo discursos potentes. . . y realidades que no siempre estuvieron a la altura de esas palabras. Y aun así -en ese entramado imperfecto de intereses, poder y búsqueda- el cambio ocurrió.

Mientras escribo, se me viene a la mente la película Seven Years in Tibet (Siete años en el Tíbet). Quizás porque en esa historia aparece con claridad una tensión que también nos habita: entre lo que fue y deja de ser, entre el poder y la espiritualidad. La imagen que aparece es la de un Dalái Lama niño, viendo desmoronarse su mundo frente a la invasión y la traición, y aun así no responde desde la violencia ni desde la resistencia ciega. No porque no duela. No porque no haya pérdida. Sino porque encarna otra forma de poder: la de no reproducir la lógica que destruye. Una cultura que no se impone. . . sino que transforma incluso en medio de su caída. Y en ese gesto, redefine lo que entendemos por poder.

Porque hay momentos en la historia -y en los pueblos- donde resistir no es endurecerse, sino elegir con conciencia qué vale la pena preservar. . . y qué necesita transformarse.

Las culturas cambian. Los paradigmas mutan. Algunas formas mueren. Otras nacen. No sin tensión. No sin contradicción.

Crecer no es desarrollarse. El expresidente uruguayo José Mujica lo expresó con una claridad incómoda: "Pobres no son los que tienen poco, sino los que necesitan infinitamente más". Y en esa frase hay una clave.

Porque crecer -en números, en producción, en exportación- no garantiza desarrollo. El desarrollo no puede ser en contra de la vida. No puede ser en contra de la felicidad. No puede construirse sobre territorios que se vacían. . . aunque las estadísticas crezcan.

La alquimia necesaria: del recurso al vínculo. Hay algo que necesitamos decir con claridad: el dinero y el valor no son neutros. Amplifican la conciencia desde la que se generan. Y esto no aplica solo a las personas. Aplica también a los modelos productivos, a las decisiones políticas y a las formas en que una sociedad define su rumbo.

Porque no es lo mismo: extraer desde la urgencia y el lucro inmediato; hacerlo desde una visión de equilibrio, reciprocidad y futuro. No es lo mismo generar riqueza, que crear vida con esa riqueza. Ahí aparece una palabra incómoda... y profundamente necesaria: Ética.

¿Un tercer paradigma? Quizás no se trata solo de elegir entre extracción y sustentabilidad. Quizás estamos siendo llamados a algo más profundo. Un tercer paradigma. Uno donde la tierra no sea solo recurso, sino vínculo; la economía no sea solo crecimiento, sino sentido; y el desarrollo no se mida solo en dólares, sino en bienestar real. Un paradigma donde producir no implique destruir, y donde generar riqueza no implique empobrecer lo invisible. Un paradigma donde la pregunta no sea solo: ¿Cuánto podemos sacar? Sino: ¿Qué estamos construyendo mientras lo hacemos?

Entre lo posible y lo real. No se trata de ingenuidad. Se trata de conciencia. Porque la historia ya nos mostró que los cambios no son puros, ni perfectos, ni inmediatos. Sin embargo, también mostró algo más: cuando la conciencia se expande, los sistemas -tarde o temprano- cambian. La pregunta no es si el mundo va a transformarse. La pregunta es: ¿Desde qué lugar vamos a ser parte de esa transformación? ¿Desde la repetición. . . o desde la creación? Tal vez el verdadero desarrollo no sea llegar más lejos, sino aprender a habitar mejor. No producir más. . . sino producir con sentido. No crecer sin límite. . . sino crecer con conciencia. Porque en el fondo, no se trata solo de lo que extraemos de la tierra. Se trata de lo que estamos dispuestos a cultivar como humanidad.

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop- Ficop 3903). Integro psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Mi enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

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