La visita de Donald Trump a China hace unos días atrás, junto a empresarios tecnológicos estadounidenses no fue un viaje diplomático más. Fue una señal geopolítica de enorme profundidad. Después de años de guerra comercial, amenazas arancelarias y restricciones tecnológicas, el hecho de que el presidente de la mayor potencia mundial decidiera viajar personalmente a Beijing demuestra algo que ambas potencias ya entendieron: la confrontación no puede manejarse únicamente desde el conflicto.
La imagen de la visita dejó además una escena reveladora. Parte de la delegación tecnológica estadounidense evitó llevar dispositivos personales de comunicación por temor al espionaje y hackeo del sistema chino. El dato parece anecdótico, pero resume perfectamente el clima del siglo XXI: las dos mayores potencias del planeta negocian mientras se consideran mutuamente amenazas estratégicas.
Durante su primer mandato, Trump impulsó una ofensiva arancelaria histórica contra China. El objetivo era frenar el crecimiento industrial y tecnológico de su rival y limitar su avance en sectores estratégicos. Pero desde el inicio de su segundo gobierno, el discurso se endureció todavía más, porque China es hoy el principal desafío estructural al liderazgo global estadounidense.
Estados Unidos necesita contener a China, pero no puede romper completamente con ella. Y China necesita seguir creciendo sin provocar una confrontación total con Occidente. Las cadenas industriales, el comercio global y la tecnología están demasiado integrados como para permitir una ruptura absoluta sin consecuencias devastadoras para el mundo entero. Por eso el viaje de Trump se presenta como parte de una estrategia de gestión de las tensiones sin dejar de perseguir sus intereses.
Esas tensiones son alimentadas, entre otros motivos, por cómo Washington observa el acercamiento entre China y Rusia desde el comienzo de la guerra en Ucrania. Aunque Beijing evitó involucrarse militarmente de forma directa, Occidente considera que China funciona como respaldo económico y tecnológico clave para Moscú frente a las sanciones occidentales.
A eso se suma el vínculo cada vez más fuerte entre China e Irán, especialmente en materia energética. Beijing depende enormemente del petróleo y gas del Golfo Pérsico. Cualquier crisis en el estrecho de Ormuz afecta directamente la estabilidad de China. Por eso el gigante asiático intenta sostener relaciones pragmáticas con actores enfrentados entre sí, aun cuando eso incomode a Washington.
Otro punto verdaderamente sensible para Beijing es Taiwán, la cual, no es solamente una isla autónoma. Es una cuestión histórica, identitaria y estratégica pendiente desde la guerra civil que las separó. Para el presidente Xi Jinping y el Partido Comunista, la reunificación con Taiwán es un pilar fundamental del Sueño Chino y del proyecto de rejuvenecimiento nacional. El mandatario considera este objetivo como una "inevitabilidad histórica" y una tendencia imparable, vinculado estrechamente a la modernización y el poderío global del país.
Sin embargo, Taiwán también se transformó en uno de los principales instrumentos de presión utilizados por Occidente para contener a China. Estados Unidos y Gran Bretaña sostienen apoyo político y militar a la isla bajo el argumento de proteger la democracia taiwanesa y garantizar el equilibrio regional. Desde la mirada china, en cambio, ese respaldo funciona como un mecanismo de contención geopolítica. Pero detrás de toda esa disputa existe una razón todavía más profunda: los chips.
Taiwán ocupa un lugar central en la producción mundial de semiconductores avanzados. Empresas como TSMC fabrican componentes esenciales para inteligencia artificial, sistemas militares, satélites, automóviles, teléfonos y prácticamente toda la infraestructura tecnológica moderna. Para Estados Unidos, además la isla es una pieza clave en su estrategia de contención para evitar la expansión china en el Pacífico: el Estrecho de Taiwán es una de las rutas comerciales más transitadas del mundo; cualquier conflicto allí interrumpiría el flujo global de mercancías y energía.
En ese sentido me pregunto: ¿Qué ocurriría con el mundo si Taiwán dejara de producir esos chips? Y la respuesta es una verdad incómoda: toda la economía global entraría en crisis inmediata.
Y cabe destacar en este punto, un concepto importante en las relaciones internacionales, desarrollado en 2012 por Graham Allison, para entender este momento histórico: la "Trampa de Tucídides", en referencia a la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, que sostiene que cuando una potencia emergente amenaza el liderazgo de una potencia dominante, el riesgo de guerra estructural aumenta peligrosamente. El propio Xi Jinping hizo referencia varias veces a esta idea para advertir sobre el peligro de que Estados Unidos y China entren en una lógica de confrontación inevitable.
En concreto, la visita de Trump le sirvió a China para proyectarse ante el mundo como un rival geopolítico de pleno derecho y en igualdad de condiciones con los Estados Unidos, sin la necesidad de ceder ante las presiones globales de Washington. Aunque el encuentro sirvió para estabilizar momentáneamente una relación bilateral muy tensa tras la imposición previa de aranceles, el gigante asiático priorizó la demostración de su estatus de superpotencia por encima de las grandes concesiones. La agencia estatal Xinhua hace referencia al nuevo concepto que rige las relaciones entre ambas potencias como la "estabilidad estratégica constructiva". Es decir, una apuesta a ciertos niveles de cooperación para encauzar la rivalidad dentro de márgenes previsibles que eviten una escalada abierta. Ahora bien, con esta visita el beneficio estadounidense se cristaliza en el compromiso chino para adquirir 200 aeronaves comerciales de la empresa Boeing, la renovación de licencias de exportación a mataderos de Estados Unidos para la venta de carne vacuna y la promesa de comprar 25 millones de toneladas anuales de soja. Además, ambos gobiernos pactaron crear un organismo supervisor para coordinar la reducción mutua de aranceles en unos 30.000 millones de dólares.
Mientras las grandes potencias reorganizan el tablero global, la gran pregunta es ¿qué lugar ocupará América Latina en un mundo cada vez más tensionado por la competencia estratégica?
La historia demuestra que las guerras más peligrosas no comienzan cuando alguien quiere destruir el mundo. Comienzan cuando las grandes potencias dejan de confiar unas en otras... y empiezan a prepararse para lo peor. Y quizás ese proceso ya haya comenzado.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).