Corría el año 1821 y el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata vivía horas críticas. Mientras el general Martín Miguel de Güemes sostenía la guerra gaucha contra los realistas en el norte, en Salta las disputas internas con sus opositores y el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, abrían una peligrosa grieta política. Lejos de desaprovechar la oportunidad, desde Mojo, en el Alto Perú, el brigadier realista Pedro Olañeta observaba con lupa cada movimiento gracias a una eficaz red de espionaje. La lucha entre criollos, sumada a la ausencia de figuras clave como el marqués de Campero —preso y camino a España— o el coronel Álvarez Prado —herido en Tupiza—, fue el combustible que encendió su ambición. Olañeta decidió entonces lanzar una nueva invasión a Jujuy.
El 10 de marzo de 1821, las tropas realistas iniciaron su avance hacia el sur. Sin embargo, no todo fue sencillo. La resistencia gaucha, fiel a su estilo de guerra de desgaste, hostigó la columna invasora en Humahuaca, Laguna Colorada, San Lucas, Valle Grande, Uquía y Tilcara, demorando su marcha. Recién el 15 de abril, el coronel Juan Guillermo de Marquiegui logró penetrar en Jujuy, pero no pudo consolidar la posición ante los ataques incesantes de los jefes independentistas De la Quintana, De la Corte, Iriarte y Arenas. El pueblo jujeño, lejos de rendirse, rechazó a los invasores, forzando a Marquiegui a replegarse hasta la posta de León, donde se atrincheró a la espera de refuerzos de Olañeta.
Mientras tanto, en Salta, Güemes había partido a enfrentar a Aráoz, dejando al frente del gobierno al general José Ignacio de Gorriti, un jujeño de férrea determinación. Apenas asumió, Gorriti delegó el mando en el Cabildo el 24 de abril y, sin vacilar, reunió a todas las milicias disponibles en Jujuy, Palpalá, Los Alisos y Perico: unos 600 hombres bien montados. Con ellos marchó al norte y acampó en la margen sur del río Yala, mientras sus gauchos exploraban el campamento realista.
Marquiegui, soberbio y confiado en su superioridad, no previó un ataque inmediato. Fue un error fatal. En la madrugada del 27 de abril de 1821, las milicias patriotas cayeron como un látigo sobre el campamento de León. El combate se prolongó por más de un día, feroz y sangriento. A pesar de la sorpresa inicial, los realistas se defendieron con valor, pero la embestida jujeña fue incontrolable. Al final del enfrentamiento, se rindieron 4 jefes, 12 oficiales y cerca de 400 soldados, entre ellos el propio Marquiegui. Cañones, municiones, caballos y víveres pasaron a manos patriota. El eco de la victoria retumbó en la Quebrada.
Pero la gloria tuvo un precio amargo. Humillado, Olañeta no tardó en planear su venganza. Meses después, desplegó una nueva invasión, esta vez sigilosa, por el camino del Despoblado, al mando del teniente coronel José María Valdez, apodado el “Barbarucho”. Esa fatídica emboscada, el 17 de junio de 1821, segó la vida del general Martín Miguel de Güemes. El Día Grande de Jujuy quedó así grabado a fuego en la historia independentista: una victoria arrebatada al invasor, pero también el preludio de la inmensa pérdida del caudillo que supo defender la fronza norte con la vida.