PUBLICIDAD

No olvidemos soñar...

Viernes, 24 de abril de 2026 00:00

Hay algo en los sueños que no envejece. Aunque el cuerpo cambie, aunque la vida nos atraviese con responsabilidades, rutinas, pérdidas o certezas, hay una parte nuestra que sigue mirando hacia adelante con una chispa encendida. Esa chispa es la que nos invita a imaginar, a proyectar, a desear. Es la que nos recuerda, en silencio o a veces con insistencia, que todavía hay algo más, que aún hay caminos por recorrer, experiencias por vivir, versiones de nosotros mismos que esperan ser descubiertas.

Sin embargo, en algún punto del camino, muchos aprendimos a postergar los sueños. No de golpe, no de manera evidente, sino en pequeños gestos cotidianos. Cuando elegimos lo seguro por sobre lo que nos entusiasma. Cuando dejamos para "más adelante" aquello que nos ilusiona. Cuando nos convencemos de que ya es tarde, de que no es el momento, de que hay otras prioridades más urgentes. Y así, sin darnos cuenta, los sueños empiezan a quedar guardados en un rincón, acumulando polvo junto a las excusas.

A veces creemos que soñar es un lujo, algo reservado para quienes tienen tiempo, recursos o una vida resuelta. Pero en realidad, soñar es una necesidad profundamente humana. No se trata solo de imaginar grandes logros o metas extraordinarias, sino de sostener una mirada viva hacia el futuro. Soñar es permitirnos desear, es habilitarnos a sentir entusiasmo, es abrir una puerta interna hacia lo posible. Cuando dejamos de soñar, algo en nosotros se apaga. La vida puede seguir funcionando, sí, pero pierde color, pierde sentido, pierde dirección. Nos volvemos más automáticos, más previsibles, más encerrados en lo conocido. Y aunque desde afuera todo parezca estar en orden, por dentro puede aparecer una sensación de vacío difícil de nombrar. Porque no es solo lo que hacemos lo que nos sostiene, sino también lo que esperamos, lo que imaginamos, lo que anhelamos.

Muchas veces, el miedo tiene mucho que ver con esto. Miedo a fracasar, a equivocarnos, a no estar a la altura. Miedo a lo que otros puedan pensar, a salirnos del molde, a desarmar estructuras que ya conocemos. Y entonces, para protegernos, dejamos de soñar. Como si al no desear, evitáramos la posibilidad de frustrarnos. Pero en ese intento de cuidarnos, terminamos limitándonos más de lo necesario.

Otras veces, lo que nos aleja de los sueños no es el miedo, sino el cansancio. La vida cotidiana puede ser exigente, absorbente, demandante. Entre obligaciones, responsabilidades y urgencias, el espacio para imaginar parece reducirse cada vez más. Y sin embargo, es justamente en esos momentos donde más necesitamos reconectar con aquello que nos inspira, que nos moviliza, que nos da sentido. No se trata de abandonar lo que tenemos ni de cambiar todo de un día para el otro.

Soñar no implica necesariamente dar grandes saltos, sino empezar por pequeños movimientos internos. Permitirse pensar en aquello que nos gustaría, aunque no sepamos cómo alcanzarlo todavía. Darnos el permiso de desear sin juzgarnos, sin minimizarlo, sin descartarlo de antemano. Los sueños no tienen una única forma. Para algunos pueden ser proyectos concretos: un viaje, un emprendimiento, un cambio laboral. Para otros, pueden ser más sutiles: vivir con más calma, fortalecer vínculos, dedicarse tiempo propio, animarse a expresar lo que sienten. No hay sueños más importantes que otros. Lo que importa es que sean genuinos, que nazcan de un lugar verdadero, que conecten con lo que cada uno necesita y desea. También es importante reconocer que los sueños pueden cambiar. Lo que en otro momento nos entusiasmaba, quizás hoy ya no tiene el mismo sentido. Y eso no significa que hayamos fallado, sino que hemos crecido, que nos hemos transformado. Aferrarnos a sueños antiguos por inercia puede ser tan limitante como dejar de soñar. Por eso, es necesario revisarlos, actualizarlos, permitir que evolucionen junto con nosotros. Hay algo muy valioso en compartir los sueños. Ponerlos en palabras, decirlos en voz alta, escribirlos, conversarlos. Cuando los sacamos del pensamiento y los llevamos al mundo, empiezan a tomar otra forma. Se vuelven más reales, más cercanos, más posibles. Y además, al compartirlos, abrimos la puerta a que otros nos acompañen, nos inspiren, nos impulsen.

A veces, lo que necesitamos no es tener todo claro, sino animarnos a dar el primer paso. Los sueños no se construyen de una vez y para siempre, sino en el camino. Con avances y retrocesos, con dudas y aprendizajes, con momentos de entusiasmo y otros de incertidumbre. Lo importante es no perder de vista aquello que nos mueve, aquello que nos conecta con algo más profundo.

También es cierto que no todos los sueños se concretan tal como los imaginamos. Pero eso no les quita valor. Soñar no es solo llegar a un resultado, sino todo lo que se despierta en el proceso. Las habilidades que desarrollamos, las personas que conocemos, las experiencias que vivimos, las partes de nosotros mismos que descubrimos. Todo eso forma parte del camino, y muchas veces es incluso más valioso que la meta en sí.

No nos olvidemos de soñar, porque en los sueños habita una parte esencial de nuestra vitalidad. Son una fuente de energía, de creatividad, de sentido. Nos conectan con lo que queremos, con lo que nos importa, con lo que nos hace sentir vivos. Nos invitan a salir de lo automático, a cuestionar lo dado, a abrirnos a nuevas posibilidades.

Quizás hoy no sepamos exactamente qué queremos, y está bien. No siempre los sueños aparecen de manera clara. A veces se manifiestan como una inquietud, como una sensación de que algo más es posible, como un deseo difuso que todavía no tiene forma. Escuchar esas señales ya es un primer paso. Darles lugar, no ignorarlas, permitir que crezcan. Y si en algún momento sentimos que hemos dejado de soñar, también es posible volver a empezar. No hay una edad para hacerlo, no hay un momento perfecto, no hay condiciones ideales que deban cumplirse. Siempre podemos reconectar con esa parte nuestra que imagina, que desea, que proyecta. A veces será necesario soltar creencias limitantes, otras veces revisar nuestras prioridades, otras simplemente darnos el permiso. Soñar también implica confiar. Confiar en que podemos intentar, en que podemos aprender, en que podemos atravesar lo que venga. No se trata de tener garantías, sino de animarnos a transitar la incertidumbre con apertura. Porque en esa incertidumbre también hay vida, también hay crecimiento, también hay descubrimiento.

Tal vez no se trate de soñar en grande o en pequeño, sino de no dejar de hacerlo. De sostener ese movimiento interno que nos impulsa hacia adelante. De recordar que siempre hay algo más por explorar, por crear, por vivir. De no resignarnos a una vida que solo cumple, sino abrirnos a una vida que también siente, que también desea, que también se expande. No nos olvidemos de soñar, porque cuando lo hacemos, algo dentro nuestro se ordena, se enciende, se alinea. Porque los sueños no son solo un destino, sino una forma de estar en el mundo. Una manera de habitar la vida con más presencia, más sentido, más autenticidad. Y quizás, en el fondo, soñar sea también una forma de amor. Amor por nosotros mismos, por lo que somos y por lo que podemos llegar a ser. Amor por la vida, por sus posibilidades, por su misterio. Amor por ese camino que todavía no conocemos, pero que está esperando ser recorrido. Que no se nos olvide entonces. Que, aun en medio de lo cotidiano, podamos hacerle un lugar a los sueños. Aunque sea pequeño, aunque sea de a poco, aunque sea en silencio. Porque en ese espacio, muchas veces, empieza todo. Namasté. Mariposa Luna Mágica. (gotasygotitasjujuy@gmail.com).

Temas de la nota

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Temas de la nota

Últimas noticias

PUBLICIDAD