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Hay noticias que parecen jurídicas hasta que uno empieza a pensarlas. Entonces dejan de ser jurídicas y se vuelven políticas. Y si uno insiste un poco más, terminan siendo filosóficas. El reciente fallo de la Corte Suprema sobre el régimen de tierras pertenece, precisamente, a esa categoría.Conviene aclararlo de entrada para no construir una columna sobre una confusión: 1) La Corte Suprema de "Justicia" no resolvió todavía, pero deja ver desde la ventanilla del avión, ese anuncio que aparece en todas la películas norteamericanas: "For Sale"; en venta. 2) Especifiquemos que la Corte es solo una institución, hablemos con claridad, Rosatti, Rosenkrantz, Lorenzetti. Pero detrás de esa discusión técnica aparece una pregunta bastante menos técnica y bastante más incómoda: ¿qué significa ser dueño de una parte de la Argentina?
La tierra, dejó de ser la tierra para convertirse en el centro de poder de la humanidad, por ello, cuando fuimos capaces de entender su importancia para someter, nuestra propia historia no fue más que eso; una interminable puja por el control territorial. Alejandro Magno, extendió los límites de la Macedonia antigua hasta la India. Los romanos discutieron el dominium y conquistaron media Europa. Bajo el mismo concepto, llegaron las monarquías y con ellas la conquista y la colonización. Las guerras, en buena medida, fueron discusiones inmobiliarias resueltas que siempre se resolvieron "jugando a la batalla": porque la tierra no se fabrica. No se importa. No se repone. Y, sobre todo, no se reemplaza.
El colonialismo clásico entendió perfectamente esa cuestión. Primero llegaban las armas; después, la bandera; luego el administrador y finalmente el propietario. Era una metodología bastante poco sofisticada, pero eficaz. El colonialismo contemporáneo, en cambio, puede ser mucho más elegante. Ya no necesita necesariamente soldados, cañones ni gobernadores. Puede llegar con una transferencia bancaria, una sociedad anónima, una escribanía y una sonrisa de inversor. No hace falta conquistar un territorio si se puede comprar.Y ahí aparece Peter Thiel, el multimillonario estadounidense vinculado al mundo tecnológico y financiero, cuyo interés inversor en la Argentina y la Patagonia alimentó una discusión que excede largamente a su persona. No hace falta convertirlo en villano ni atribuirle intenciones que no estén comprobadas. De hecho, sería un error. Pero ya se cuestiona la posibilidad de este señor de comprar, nada más y nada menos, toda la región de Tierra de Fuego. El problema no es Thiel. El problema es el principio.Porque si una persona, una empresa o un fondo extranjero tienen suficiente dinero, ¿hasta dónde llega su derecho a comprar el territorio de otro país?
La respuesta liberal parece sencilla: si alguien quiere vender y alguien quiere comprar, ambos ejercen libremente su voluntad. Perfecto. Una casa se vende. Un departamento se vende. Una fábrica se vende. Un campo se vende. Pero una nación no es una inmobiliaria gigantesca. Porque detrás de una hectárea puede haber agua. Puede haber minerales. Puede haber bosques. Puede haber caminos. Puede haber una frontera. Puede haber una reserva estratégica. Puede haber una historia. Y, sobre todo, puede haber algo que no aparece en ninguna escritura: el interés de quienes todavía no nacieron. Ese es el punto que suele desaparecer cuando todo se reduce a una operación económica.
Y entonces aparece la paradoja de las Malvinas. Argentina sostiene, con razón histórica y jurídica, que las islas forman parte de su territorio y reclama su soberanía. Recordamos la guerra, nuestros muertos, la ocupación británica y las resoluciones internacionales.Pero hay una pregunta que debería incomodarnos: ¿A quién le importan las Malvinas si nuestra idea de soberanía termina en la puerta de una escribanía?; ¿podemos reclamar una isla ubicada a miles de kilómetros y, al mismo tiempo, aceptar alegremente que nuestro territorio continental se transforme en una mercancía disponible para quien tenga más dólares? Permítanme lectores creer solamente en la infinidad del universo, y no en estupidez humana, como decía Albert Einstein.
Es una contradicción bastante argentina: defender la patria en el discurso mientras discutimos cuánto cuesta la hectárea. Porque también existe una forma silenciosa de perder territorio. No tiene desembarcos. No tiene uniformes. No tiene cañones. Tiene contratos. Y aquí, inevitablemente, aparece Jujuy. La Patagonia parece suficientemente lejana como para convertir cualquier discusión en una epopeya geopolítica. Jujuy, en cambio, está acá. Tiene frontera internacional, litio, minerales, agua, recursos naturales, rutas estratégicas y una ubicación que cualquier mapa serio debería mirar con atención. Entonces la pregunta deja de ser una provocación y se convierte en un ejercicio elemental de lógica: si mañana alguien tuviera dinero suficiente y quisiera comprar una parte considerable de Jujuy, ¿qué argumento utilizaríamos para decirle que no, si previamente aceptamos que el territorio es, simplemente, una mercancía?
No estoy diciendo que mañana alguien vaya a comprar Jujuy. No hay ninguna razón seria para afirmar semejante cosa. Estoy preguntando algo bastante más importante: ¿queremos vivir en un país donde esa posibilidad dependa exclusivamente de cuánto dinero tenga el comprador y de qué diga el próximo decreto? ¿Que van hacer los legisladores, los partidos políticos. . . todos?. . . ¿van a vender. . . o defender la historia y la cultura de Jujuy?
La soberanía no consiste solamente en tener una bandera, un himno, un Congreso y un ejército.También consiste en conservar la capacidad de decidir qué cosas de una sociedad pueden venderse y cuáles no. La historia tiene una particularidad inquietante: los imperios cambian de método y, con el tiempo, también cambian de vocabulario. Antes se decía conquista y colonización; más tarde apareció la palabra inversión.Y hoy, muchas veces, alcanza con decir mercado. La pregunta verdadera es mucho más incómoda: ¿cuánta Argentina estamos dispuestos a convertir en propiedad privada antes de descubrir que, jurídicamente, todavía tenemos un país, pero políticamente empezamos a tener apenas territorio?
Porque una cosa es vender una propiedad. Otra muy distinta es empezar a vender, pedazo por pedazo, las condiciones materiales de nuestra soberanía.Y quizá algún día descubramos la paradoja final: que no perdimos la patria en una guerra, ni ante un ejército extranjero, ni frente a una bandera enemiga. La perdimos legalmente, con todos los papeles en regla. Y eso sí sería una tragedia verdaderamente argentina.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.