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En el carnaval tampoco "vale todo"

El consentimiento, la educación sexual integral y las políticas públicas son claves para desnaturalizar conductas.
Lunes, 26 de octubre de 2026 00:00
FOTO DE ARCHIVO | CELEBRACIÓN CARNAVALERA EN LA QUEBRADA DE HUMAHUACA
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El colectivo ruge cuando bordea el cauce seco del río Xibi Xibi. Agustina viaja pegada a la ventanilla, acomodándose la misma remera sencilla con la que horas antes salió de la facultad en el centro de San Salvador de Jujuy. Mira sus manos, que todavía tiemblan, y el paisaje urbano que empieza a desdibujarse en la penumbra de las ocho de la noche. Minutos atrás, en la parada vacía de la calle Gorriti, un flaco de 25 años la sujetó del brazo, la abrazó por la fuerza, le bloqueó el paso y se negó a soltarla. "Soltame, soltame", le dijo ella forcejeando contra un cuerpo más grande que el suyo.

El colectivo llegó justo a tiempo. Cuando las puertas se cerraron y el vehículo arrancó, Agustina exhaló el aire que tenía atascado en el pecho. Sintió alivio, pero también una mezcla amarga de confusión y desamparo. No era la primera vez que un límite claro terminaba pisoteado con la excusa de la fiesta, del cortejo o una supuesta oferta de una relación romántica.

En febrero, la provincia de Jujuy se transforma. Las comparsas desentierran al diablo, los surtidores de chicha y cerveza no descansan, y las calles de la Quebrada de Humahuaca se inundan de serpentina, talco y coplas. Suele pulular desde siempre una consigna festiva, que se repite sin pensar: eso de que "en Carnaval vale todo". El alcohol detona la agresión y el coqueteo se convierte en acoso.

ESPUMA Y BAILE | FESTEJOS CARNESTOLENDOS

En el corazón de Humahuaca, a más de 3.000 metros de altura, el viento de la tarde suele golpear las escalinatas de piedra del Monumento a los Héroes de la Independencia. Corría el año 2019 cuando la cantautora folclórica Maryta de Humahuaca se sentó allí a descansar, mate en mano, tras haber participado en la filmación de una intervención colectiva junto a otras mujeres del pueblo.

Aquel día, la ronda de mates se convirtió de pronto en una catarsis involuntaria. Una a una, las chicas del pueblo comenzaron a relatar lo que les pasaba durante los festejos de febrero, desde los agarrones desubicados en medio de la multitud, los besos forzados de entalcados pseudo pretendientes, o la persecución de hombres envalentonados en el anonimato de las comparsas.

-Pasa como si fuera parte del Carnaval -recuerda Maryta-. Pero todas esas cosas nos parecían raras.

Escuchar a las chicas la transportó de inmediato a su propia adolescencia, cuando aún se presentaba con su nombre de cuna, Marita Caparrós, y todavía no pisaba los grandes escenarios. Comprendió entonces que ella misma había naturalizado esos abusos amparados por ideas muy arraigadas en la provincia. Consignas que se repiten durante la fiesta entre risas, como "en Carnaval somos todos solteros" o dejando entrever que todos "andan buscando".

-Esos discursos terminan justificando abusos y agresiones que nada tienen que ver con la alegría que implica el Carnaval. Primero es el acoso, y después puede llegar la violencia sobre nuestros cuerpos -dice ahora Marita.

De aquella mezcla de bronca e impotencia que sintió después de la ronda de mates nació en 2020 "Enfiestadita", una canción que se transformó en un grito desafiante. Con un ritmo pegadizo y una letra clara, el estribillo de Maryta vino a romper el mito de la impunidad festiva. "Si no quiero, no me toques; si no quiero, no me beses" - dice la letra.

-Ninguna mujer pierde el derecho a decidir sobre su cuerpo por estar de fiesta o por haber tomado alcohol -sentencia-. La canción busca poner el consentimiento por delante.

Cuando se lanzó, circuló con fuerza por redes sociales y fue adoptada por colectivos feministas de todo el país para concientizar en festividades populares. Pero en su propia tierra, el costo para Maryta fue alto: excepto por el apoyo de las organizaciones locales, los escenarios oficiales se le empezaron a cerrar.

-Hasta el día de hoy me siento completamente censurada por escribir canciones que dicen verdades que al patriarcado le duelen -confiesa con amargura, pero sin arrepentimiento-. La experiencia reforzó mi convicción de seguir utilizando la música como una herramienta de transformación social. El Carnaval puede seguir siendo una celebración de identidad, pero el respeto tiene que ser parte de la fiesta.

Para intervenir sobre esas situaciones existe desde hace varios años la campaña "Carnaval sin Violencias" creada y desarrollada por el Gobierno de Jujuy. La propuesta lleva la prevención al territorio, en cada lugar donde hay una gran celebración y trabaja con algunos de los actores de la celebración, las comparsas, agrupaciones, fortines, municipios y comisiones municipales.

Franco Dorado, director de Políticas Culturales y Comunicación del Consejo Provincial de Mujeres, Igualdad y Diversidades, cuenta que la campaña consiste en la firma de un compromiso por parte de las comparsas, a lo que luego se le suma el dictado de talleres a los integrantes para poder identificar situaciones de violencia y saber qué hacer frente a ellas. Más de 100 comparsas, agrupaciones y fortines ya adhirieron a la iniciativa.

La campaña también sale al encuentro del público. Hay stands informativos en corsos y distintos eventos, materiales de difusión y acciones de comunicación. La intención es que la prevención no quede encerrada en una oficina ni aparezca solamente después de una denuncia, sino que forme parte de la propia celebración.

Los números ayudan a entender por qué esa tarea resulta necesaria. Durante 2025, los 19 Centros de Atención Integral a Mujeres en Situación de Violencia de Género registraron 17.373 atenciones correspondientes a 2.583 mujeres. En las primeras intervenciones, el 48 por ciento de las situaciones estuvo relacionado con violencia psicológica, el 40 por ciento con violencia física y el 5 por ciento con violencia sexual. Entienden que este último porcentaje puede crecer durante el acompañamiento, cuando algunas situaciones son reconocidas o visibilizadas.

En el Carnaval además existe un elemento que la campaña incorpora a su mirada preventiva: el consumo masivo de alcohol, que puede agravar situaciones de violencia. Por eso, hablar de una celebración libre de violencias no significa solamente evitar una agresión física sino también darse cuenta o prestar atención a esas conductas que, a veces, se naturalizan y pueden llegar a ser el comienzo de una experiencia de acoso.

Esta campaña jujeña propone que la música, el baile y la tradición no sean una excusa para invadir. Que la celebración también tenga límites. Esto implica o enseña, que pedir respeto no sea una interrupción de la fiesta, sino un límite necesario. 

Martina tiene 21 años y estudia Nutrición en la universidad. Cuando tenía 13 y estaba en primer año de la secundaria, el hermano mayor de una amiga las invitó a una fiesta en una casa del populoso barrio Alto Comedero. La casa era sencilla, la música sonaba fuerte y un grupo de chicos más grandes comenzó a presionar a las dos adolescentes para que tomaran shots de whisky puro. Martina nunca había tomado alcohol.

-Uno a veces quiere consumir lo mismo como para pertenecer, viste, y ser aceptada - dice hoy Martina con una sonrisa leve, defensiva, como si aún buscara disculparse por la ingenuidad de sus 13 años.

Los varones las alentaban entre risas. En un momento, Martina terminó bailando con el dueño de casa. Lo que siguió después se volvió una pesadilla difusa. El chico la llevó hasta su habitación.

-Dicen que cuando estás bajo los efectos del alcohol no podés dar consentimiento. Y bueno, sucedió esto de estar en una pieza con él... Yo le había dicho que no, que no quería nada. Él no aceptó. Siguió en todo eso de querer estar conmigo. Y no solamente él, después quiso llamar a un amigo más. Yo estaba muy mal, ya al borde de dormirme de tanto alcohol que había tomado.

Sin fuerzas y mareada, Martina, luchó como pudo.

-Apareció el miedo y hubo un forcejeo. Como sea, pude defenderme, cambiarme, porque ya estaba completamente sin ropa. Pero pude cambiarme y salir corriendo de esa pieza. Después vino la escalera... No podía caminar con normalidad. Bajaba gateando, tratando de salir de aquella casa.

Al verla, su amiga salió con ella a la calle y ambas subieron a un taxi. Esa noche durmieron juntas, pero Martina no pudo llorar. El impacto la dejó congelada. No le contó a sus padres. Ni siquiera volvió a hablar del tema con su amiga. Por culpa y vergüenza, se alejó de ella para siempre.

-Uno hasta se siente avergonzado. Es feo sentir vergüenza si no fue mi culpa.

Durante años, Martina cargó con ese recuerdo en soledad. Tiempo después, yendo al colegio a las siete de la mañana vestida con el uniforme escolar, un policía que viajaba a su lado en el colectivo le puso la mano sobre las piernas por debajo de su saco. Ella se paralizó. Sólo atinó a bajarse en la siguiente parada.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que Martina pudiera hablar con otras mujeres, para darse cuenta y ponerle nombre a lo que había vivido y quitarse la mochila de la culpa.

-Llegó un punto donde dije: "Bueno, basta". No era mi culpa y no quiero sentirme más así. Ahí te das cuenta de que el acoso no es solamente cuando tomás alcohol, o cuando vas a un boliche, o por cómo estás vestida. Reaccioné a los 13 años de la forma en que pude.

El relato de Martina resonó meses después en la vida de su prima Agustina, de 18 años. Ambas suelen compartir los carnavales en un pequeño pueblo de la Quebrada de Humahuaca, donde la festividad todavía conserva un ambiente familiar.

El último verano, mientras Agustina estaba en la casa de su abuela materna rodeada de sus primas, aparecieron tres "diablos". Llevaban trajes de colores chillones, espejos, lentejuelas y la tradicional máscara con cuernos que oculta por completo el rostro de quien la usa. La música sonaba, el talco volaba y los diablos sacaron a bailar a las chicas. Para Agustina, era sólo un momento más del festejo.

Al día siguiente, una solicitud de mensaje llegó a su cuenta de Instagram. El usuario no tenía foto de rostro, pero le escribió: "Qué bien que bailaste anoche". Había reconocido a Agustina por un video que ella subió a sus historias. Era uno de los diablos. Tenía 25 años y vivía en Salta.

Agustina prefirió no responder, pero él insistió. Días después, durante el ritual del desentierro en el mojón del cerro, las notificaciones no paraban de llegar a su celular: "Te estoy viendo", "Estás muy linda", "Bailás muy lindo".

-Yo miraba y miraba para todos lados y no veía a nadie -recuerda Agustina-. Él estaba ahí y podía verme, pero yo no sabía quién era.

El acoso siguió durante varias semanas. En los mensajes, él la llamaba "amor", "corazón" o "el amor de mi vida", como si existiera una relación entre ellos. Le pedía encontrarse para besarla. Ella le repetía una y otra vez que no quería nada. Hasta que un día, cansada de la insistencia, aceptó un encuentro rápido en una confitería céntrica de la capital jujeña porque creía que decirle "no" en la cara podía poner fin a sus mensajes.

Llegó el día y fue a reunirse con él después de la facu. La situación fue tensa. Ella apenas probó bocado por los nervios. Después, dijo que se iba y él ofreció acompañarla a la parada del colectivo. Llegaron a la calle Gorriti y él la sujetó con fuerza para impedir que subiera al transporte. Intentó besarla a la fuerza mientras ella le suplicaba que la soltara.

Al subir al colectivo se sintió agobiada pero a salvo. Allí recién pudo enviar un audio a un amigo para contarle el episodio. Esa misma noche, el agresor le envió otro mensaje pidiéndole disculpas, pero agregó: "Si la vida quiere que volvamos a encontrarnos, sería para estar juntos para siempre". Agustina lo bloqueó de todas sus redes. Poco después pudo poner en palabras lo que le pasó: le contó a sus primas.

¿Se naturaliza, se aprende?

¿Cómo se desmonta una cultura donde el abuso está naturalizado bajo la pirotecnia de la fiesta? La respuesta empieza a tejerse lejos del ruido del Carnaval, en las aulas y en las salitas de atención primaria de la salud.

Sandra Santos es trabajadora social y forma parte del equipo del Centro de Salud del barrio San Martín, en la capital jujeña, además de desempeñarse en el Centro de Prevención, Asesoramiento y Testeo (Cepat). Todos los días camina los pasillos de escuelas primarias y secundarias de barrios populosos como El Chingo o Belgrano. Su labor no se limita a repartir folletos sobre métodos anticonceptivos o infecciones de transmisión sexual, ella busca abrir "espacios de escucha" donde los adolescentes puedan reflexionar sobre la autoestima, el deseo y en ello "el consentimiento".

-Las chicas saben que, aunque estén de novias, en pareja o incluso casadas, si las fuerzan a tener relaciones, eso está mal. Saben que tiene que haber consentimiento- explica Sandra.

Para la profesional, el consentimiento no es una lección teórica que se dicta de memoria, sino una noción que se construye desarmando los mitos del amor romántico. En los talleres se trabaja a partir de preguntas directas: "¿Qué espero de un noviazgo? ¿Qué entiendo por amor? ¿Quiénes son mis referentes afectivos?".

-No empezamos desde términos que puedan generar posiciones defensivas, sino hablando de relaciones saludables, de cuidado, de respeto y de decisiones personales. La Ley de Educación Sexual Integral (ESI) nos da el marco para abordar esto desde lo afectivo y lo social, no solo desde lo biológico.

Un cambio significativo que Sandra observa en los últimos años es la incorporación activa de los varones en la conversación.

-El método anticonceptivo ya no se ve como una responsabilidad exclusiva de la mujer, sino de la pareja. En los talleres los varones preguntan, participan y hasta vienen acompañando a sus novias al centro de salud.

Las adolescencias tienen derecho a acudir a la consulta médica de manera autónoma. En este espacio, reciben información sobre su salud sexual y reproductiva, y pueden hacer las consultas que tengan en un marco de cuidado y respeto. El desafío, según Santos, es lograr que el centro de salud deje de percibirse como un lugar al que sólo se va cuando se está enfermo y se convierta en un espacio de contención.

-Tratamos de que el chico tome al centro de salud como una herramienta de ayuda. Si detectamos situaciones que nos exceden, derivamos a psicología, desarmando también la idea de que ir al psicólogo es solo para problemas graves.

El acoso no siempre se llega a denunciar

Los testimonios de mujeres que atravesaron experiencias de acoso a veces permiten ponerle palabras a una problemática que muchas veces está allí, aunque no siempre sea percibida, incluso por las propias chicas. En algunos casos, haber tenido una clase de Educación Sexual Integral (ESI) alcanzó para reconocer aquello que incomodaba y ponerle un nombre a una insistencia, un comentario, un mensaje o una conducta que hasta ese momento podía parecer menor.

Sucede que las estadísticas no siempre alcanzan a mostrar algunas situaciones que pueden comenzar con comentarios, mensajes, insinuaciones o conductas persistentes y que, en algunos casos, pueden escalar hacia formas más graves de violencia. Pero pueden dar una idea de hasta dónde pueden llegar si escalan.

En Jujuy, la violencia de género representa una parte importante de las situaciones que llegan al sistema de Justicia. Durante 2026, el Ministerio Público de la Acusación (MPA) registró 6.547 denuncias relacionadas con violencia de género, violencia intrafamiliar y delitos sexuales.

De ese total, 3.836 fueron por violencia de género, lo que representa el 58,6 por ciento, casi seis de cada diez casos. Le siguieron la violencia intrafamiliar, con 2.047 denuncias (31,3 por ciento), y los delitos sexuales, con 664 (10,1 por ciento).

Los registros también muestran que se concentra en ciertas regiones de la provincia. El departamento Dr Manuel Belgrano, donde está la capital jujeña, reúne 3.024 denuncias, el 46,2 por ciento del total. Le siguen El Carmen, Ledesma, San Pedro y Palpalá, que son del Valle, con lo cual estos cinco departamentos concentran el 88 por ciento de los casos.

Si bien este informe no identifica específicamente cuántas denuncias corresponden a situaciones de acoso, los datos permiten dimensionar de una forma más amplia las violencias de género en la provincia. Es que cuando hablamos de acoso hay que entender que puede presentarse de distintas formas y en diferentes ámbitos, y no siempre llega a ser denunciado o identificado como una situación de violencia, a menos que escale en una concreta y de más gravedad.

Mientras las comparsas preparan sus trajes y el alcohol vuelve a correr en los mojones de la Quebrada, el mensaje de trabajadoras como Sandra, el grito musical de Maryta de Humahuaca y la voz de chicas como Martina y Agustina trazan un límite. El Carnaval seguirá siendo una fiesta popular de encuentro de alegría, coplas y color; pero la consigna del "vale todo" no se puede repetir ni en broma. Para que la fiesta sea completa es clave que todos sepan que el "sí" tiene que ser verdaderamente libre, y que se tiene que respetar siempre el "no", a cualquier edad.

Celebramos distinción

La nota "En carnaval ni en la vida, vale todo", de la periodista jujeña Liliana Alfaro, fue seleccionada como ganadora de Jujuy del Premio Estímulo "Contar para cuidar", una propuesta impulsada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa) en Argentina, con apoyo financiero de Canadá.

El reconocimiento es parte del ciclo de formación "Narrar en territorios", una iniciativa orientada a promover herramientas narrativas para comunicar sobre el bienestar y el cuidado de adolescentes, con especial atención a las realidades locales y a temas sensibles que requieren un abordaje responsable. La iniciativa forma parte de #EmpowerED, una estrategia global que busca fortalecer las capacidades de adolescentes y jóvenes para que puedan tomar decisiones libres e informadas sobre sus vidas.

El premio distinguió dos producciones periodísticas, una de Jujuy, de Liliana Alfaro, y otra de Misiones, titulada "El puño que retiene al futuro", de Violeta Bondarenco Pernigotti. Ambas notas fueron editadas por Natalia Arenas, periodista y editora de Revista Anfibia, quien acompañó el proceso de aprendizaje y edición de los trabajos seleccionados.

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