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"Volver a los 17, después de vivir un siglo, es cómo descifrar signos, sin ser sabio competente" dice la canción de Violeta Parra en relación al "rejuvenecimiento" que muchas veces se da frente a ciertas circunstancias, cuando afrontamos la última etapa de nuestras vidas. Se acelera el ritmo, no hay tiempo que perder, los últimos pétalos de la margarita de la vida caen sin cesar.
Es difícil pensar, o al menos recordar, cómo nos imaginábamos el futuro en aquellos años juveniles, que sin demasiados elementos al alcance, debíamos imaginarnos lo que estaba por venir, al menos el rol que queríamos jugar en un enigmático mundo a abordar. Momentos complejos que nos tocaron vivir, de incertidumbre política, con una temática ambiental incipiente en nuestros espacios territoriales y con un objetivo central enfocado en conocer la naturaleza, como etapa previa a interpretarla y ver cómo podíamos gestionarla en tal caso.
La palabra "ecología" comenzaba a resonar en los claustros académicos quizás desde una mirada más teórica que práctica. No se hablaba aún de "calentamiento global", ni de "gases de efecto invernadero", aunque sí resonaba la "crisis de biodiversidad" en varias partes del globo, principalmente en alejadas islas tempranamente colonizadas por humanos y sus mascotas. Flujos energéticos, ecosistemas, control poblacional, ahorro energético y un mundo que aún se lo veía grande, difícil de abarcar, de sintetizar.
Nuestra visión profesional se fue adaptando, nuevos desafíos aparecieron incesantemente, diversas crisis globales nos fueron abordando, de los misiles, del petróleo, de la biodiversidad, del clima, del Covid, hasta llegar a la beligerancia actual de un mundo que pensábamos se había tranquilizado por siempre.
Las crisis no se resuelven, se van transformando, con mayor o menor virulencia dependiendo en mayor grado de lo que priorizamos, de lo que estratégicamente nos conviene. Los "principios" pueden esperar si es necesario. Y por supuesto de nuestras "crisis endémicas", las nuestras, las sistemáticamente reiteradas, las económicas, las políticas, que parecieran estar para quedarse, ya que cuentan con "buena salud". "Mal pero acostumbrados" reza el dicho popular que nos interpela.
Pero lo que más lo afecta a uno al mirar hacia atrás, es el tremendo tiempo que nos llevó alcanzar ciertas metas académicas e institucionales para intentar hacer la diferencia. Un proceso importante e ineludible, pero demasiado oneroso en materia de tiempo involucrado. Uno quisiera tener las oportunidades de influencia de hoy, con las fuerzas, con el vigor de antaño. Pero la vida es así, mucha inversión con resultados inciertos en un contexto cambiante al que debemos permanentemente adaptar y redireccionar las formas y herramientas. Si bien es frustrante, es el tiempo de la maduración de ciertos contextos que nos lleva a "apurar el tranco" para dejar la impronta sobre diversos quehaceres. Lo importante como se dice es el esfuerzo constante, el de toda la vida, sin claudicar, sin perder el entusiasmo "aunque vengan degollando".