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La conquista del territorio, la colonización del pensamiento

Martes, 13 de octubre de 2026 00:00
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Otra vez el Gobierno nacional se equivoca. El 12 de octubre no es el Día de la Raza. Tampoco fue, en su dimensión histórica fundamental, el encuentro de dos culturas, ni el descubrimiento de América. Esas denominaciones, aunque diferentes entre sí, comparten una operación: desplazar el centro de la discusión, suavizar las relaciones de poder y convertir uno de los procesos más violentos de la historia moderna en una efeméride susceptible de celebración.

En la Argentina, desde 2010, la fecha se denomina oficialmente Día del Respeto a la Diversidad Cultural. El cambio representó un avance frente a la vieja concepción racial, pero ninguna modificación nominal, por sí sola, resuelve la discusión histórica. Porque una cosa es reconocer la diversidad cultural y otra, muy distinta, explicar qué ocurrió cuando una civilización se impuso sobre otras mediante la conquista militar, la dominación económica y la colonización de sus formas de comprender el mundo.

El 12 de octubre de 1492, no descubrió un continente vacío ni inauguró la historia americana. Llegó a territorios habitados por sociedades con lenguas, conocimientos, instituciones, creencias, sistemas agrícolas y formas propias de organización. En Mesoamérica florecían civilizaciones de extraordinaria complejidad; en los Andes, el Tahuantinsuyo articulaba un extenso territorio; en el actual territorio argentino existían numerosos pueblos con historias y estructuras sociales diversas. América no esperaba que Europa le otorgara existencia. Tenía historia antes de que los europeos la incorporaran a sus mapas y a sus proyectos de expansión.

Lo que para Europa fue el encuentro con territorios desconocidos, para sus habitantes significó la llegada de una fuerza extranjera que, progresivamente, disputaría sus tierras, sus riquezas, su autonomía y su futuro. Tampoco alcanza hablar de encuentro de culturas. Hubo contactos, intercambios, alianzas y mestizajes, pero ocurrieron dentro de relaciones profundamente asimétricas. No se sentaron dos sociedades en igualdad de condiciones para intercambiar sus experiencias. Hubo expediciones armadas, sometimiento de poblaciones, destrucción de estructuras políticas, imposición de tributos, evangelización obligatoria en numerosos territorios y apropiación de recursos. Hubo, también, resistencias indígenas, rebeliones y estrategias de supervivencia que impiden narrar la historia como una simple desaparición de los pueblos originarios.

La conquista fue un proceso prolongado, heterogéneo y disputado, pero su dirección general estuvo marcada por la expansión del poder colonial. No fueron episodios aislados, sino momentos de una expansión que combinó fuerza militar, alianzas locales, epidemias, conflictos internos y mecanismos de subordinación. La colonización no se limitó a conquistar territorios: necesitó organizar la producción, controlar el trabajo y convertir las riquezas americanas en recursos para el poder imperial. La plata de Potosí, descubierta en 1545 en el actual territorio boliviano, se convirtió en una pieza decisiva de la economía colonial. La mita minera, un sistema de trabajo obligatorio que movilizó a miles de indígenas hacia los yacimientos. La riqueza que circulaba por las rutas imperiales tenía detrás una historia de coerción, agotamiento y desarticulación de comunidades.

A ello se sumaron la extracción de oro y otros minerales, las plantaciones, los tributos y la expansión de grandes propiedades. Buena parte de los territorios conquistados quedaba organizada para abastecer las necesidades de las metrópolis. El llamado desarrollo europeo no puede explicarse únicamente por la explotación americana, pero tampoco puede comprenderse cabalmente sin considerar los recursos, el trabajo forzado y las redes comerciales que el dominio colonial puso a su disposición.

La conquista territorial tuvo, además, una dimensión menos visible y no menos profunda: la colonización del pensamiento. Para consolidar su dominio, el poder colonial necesitó establecer qué conocimientos eran legítimos, qué creencias debían abandonarse y qué lenguas podían ocupar los espacios de autoridad. La evangelización, las instituciones coloniales y la educación contribuyeron a imponer categorías europeas sobre sociedades que poseían sus propias maneras de interpretar la naturaleza, la comunidad, el tiempo y la existencia. Muchos saberes indígenas fueron perseguidos, descalificados o subordinados; otros sobrevivieron mediante la transmisión oral, la adaptación y la resistencia. La colonización no consistió solamente en apropiarse de lo que los pueblos tenían, sino también en disputarles el derecho a definir quiénes eran y qué valor poseían sus conocimientos.

En el presente, América Latina conserva una contradicción central: posee una extraordinaria riqueza natural y humana, pero continúa dependiendo en gran medida de la exportación de materias primas, de la tecnología producida en otros centros y de decisiones financieras que exceden sus fronteras. El litio, el cobre, los hidrocarburos, los alimentos y el agua vuelven a colocar a América Latina en el centro de intereses estratégicos globales. La pregunta histórica reaparece bajo nuevas formas: ¿seremos capaces de transformar nuestros recursos en desarrollo propio o volveremos a ocupar el lugar de proveedores de riqueza para centros de poder que concentran la tecnología, el financiamiento y las decisiones?

La dependencia contemporánea no es idéntica al colonialismo del siglo XVI, pero ciertas asimetrías históricas persisten y deben analizarse sin simplificaciones. También persiste una forma de subordinación intelectual cuando nuestras universidades, políticas públicas y modelos de desarrollo consideran universal aquello que se produce en los centros de poder y relegan los conocimientos elaborados en nuestras propias sociedades.

Descolonizar el pensamiento no significa rechazar todo lo europeo ni sustituir una ortodoxia por otra: significa dejar de aceptar que el lugar de origen de una idea determine su autoridad y recuperar la capacidad de producir conocimiento desde nuestras realidades. El 12 de octubre debería servir para interrogar esa continuidad. No para negar los intercambios culturales, el mestizaje o la complejidad de la historia, sino para evitar que esas realidades se utilicen como argumentos que oculten la violencia, el despojo y la desigualdad. Una memoria histórica rigurosa no necesita mitificar a los pueblos originarios ni convertir a Europa en una entidad uniforme y eterna; necesita reconocer los hechos, sus contradicciones y sus consecuencias.

Cinco siglos después, la pregunta, entonces, no es cómo celebrar aquel 12 de octubre, sino qué hacemos hoy con la historia que nos constituye. Porque mientras América Latina no pueda decidir soberanamente qué produce, cómo lo produce, para quién lo hace y qué conocimientos necesita para construir su futuro, la independencia seguirá siendo una tarea inconclusa. La conquista pertenece al pasado; sus consecuencias, no. Y una sociedad que no examina críticamente su pasado corre el riesgo de llamar progreso a la repetición de su dependencia.

*Miguel Angel Falcón Padilla. Doctor en Filosofía.

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