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¿Por qué nos cuesta tanto frenar sin sentir culpa?

Martes, 08 de septiembre de 2026 22:38

Quizás pienses que me equivoqué. Que debiera haber escrito el vértigo de la prisa. Pero no.

Quiero hablar del vértigo de la pausa.

Porque estamos tan acostumbrados y programados para la prisa, que muchas veces aquello que verdaderamente nos inquieta no es correr, sino detenernos.

Vivimos corriendo porque, si no, "no llegamos".

Aunque pocas veces nos preguntamos: ¿realmente no llegaríamos o hemos aprendido a creer que sólo corriendo podremos hacerlo?

Hay una especie de programa cultural de hiperproductividad que se ha instalado silenciosamente en nuestra manera de vivir. Hacer. Resolver. Producir. Contestar. Cumplir. Llegar. Volver a empezar. Con la contradicción interna de éxito y a la vez la angustia del mito de Sísifo. "Con una contradicción inquietante: la promesa del éxito y, al mismo tiempo, algo de la condena de Sísifo. Empujar la piedra hasta la cima, verla caer y volver a empezar".

Y, en algún punto del camino, comenzamos a confundir productividad con valor personal.

Por eso descansar puede generarnos culpa, dificultad. El cortisol nos acuna con un heavy metal.

El descanso no es peligroso, pero detenernos confronta una identidad que aprendió a reconocerse haciendo. "Además, si paramos, corremos el riesgo de sentir. Y para una identidad que aprendió que nada debe salirse de control, detenerse puede sentirse peligroso. Entonces aparece una asociación silenciosa: el vacío es peligroso".

Correr para permanecer

Lewis Carroll construyó hace más de 150 años una de las metáforas más extraordinarias para pensar nuestra época.

En Alicia a través del espejo, Alicia corre junto a la Reina Roja. Corre cada vez más rápido, esforzándose por avanzar, hasta descubrir algo desconcertante: después de semejante carrera, prácticamente continúan en el mismo lugar.

En aquel mundo hay que correr muchísimo simplemente para permanecer donde uno está. ¿No se parece inquietantemente a nuestra vida?

Agendas llenas. Mensajes pendientes. Trabajo. Familia. Obligaciones. Objetivos. Pantallas. Notificaciones. Corremos.

Y cuando finalmente llegamos a casa, puede ocurrir algo paradójico: el cuerpo se sienta, pero la mente continúa corriendo.

Repasamos lo que faltó. Anticipamos lo de mañana. Contestamos conversaciones imaginarias. Recordamos aquello que olvidamos hacer. Organizamos mentalmente el día siguiente. El cuerpo llegó. Nosotros todavía no.

Quizás uno de los grandes problemas contemporáneos no sea solamente cuánto hacemos, sino la dificultad para abandonar internamente el estado de hacer.

Permanecer alerta

Nuestro organismo posee extraordinarios sistemas para responder a las demandas del ambiente.

Frente a exigencias, incertidumbre o amenaza, el sistema nervioso puede aumentar el estado de alerta. Participan circuitos cerebrales vinculados con la atención, la detección de relevancia y la respuesta al estrés, junto con sistemas neuroendocrinos como el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal y la liberación de cortisol.

Esto es saludable cuando necesitamos responder a una situación. El problema aparece cuando la excepción se convierte en domicilio.

Cuando vivimos permanentemente pendientes de lo próximo, el organismo puede comenzar a comportarse como si siempre hubiera algo que resolver.

El problema no es activarnos. El problema es perder la capacidad de regresar.

Porque un cerebro saludable no permanece en una única frecuencia ni un sistema nervioso sano está diseñado para vivir indefinidamente en máxima exigencia. Necesitamos alternancia.

En estados de relajación despierta, disminución de la demanda externa o atención más abierta suele adquirir relevancia la actividad alfa. En determinados estados de somnolencia, meditación profunda y procesamiento interno pueden aparecer con mayor presencia ritmos theta.

No necesitamos convertir estas ondas en una receta de bienestar.

Necesitamos comprender algo más importante: nuestro cerebro también necesita espacios en que no tenga que perseguir nada.

El miedo al vacío

¿Y qué sucede cuando finalmente frenamos? A veces aparece ansiedad. Inquietud. Culpa. O esa extraña sensación de que deberíamos estar haciendo algo.

"Aparece el aburrimiento. Y entonces, incluso mientras conversamos o cenamos, TikTok está ahí, como invitado principal a la mesa".

Y allí aparece el verdadero vértigo. Porque la prisa no solamente nos permite llegar. También puede impedirnos encontrarnos. Mientras estamos ocupados hay preguntas que pueden esperar. ¿Qué estoy sintiendo?

¿Me gusta la vida que estoy construyendo? ¿Por qué estoy tan cansado? ¿Qué vínculo estoy sosteniendo por costumbre? ¿Qué deseo hace años que postergo? ¿Quién soy cuando no estoy resolviendo algo para alguien?

El silencio puede resultar incómodo porque, cuando disminuye el ruido exterior, aumenta la posibilidad de escuchar el interior.

¿Estarías dispuesto a regalarte un poco de vacío, de descanso?

¿Y si comenzáramos a registrar el descanso no como el premio que recibimos después de haber sido suficientemente productivos, sino como parte del cuidado y del valor de estar vivos?

No descansar porque "me lo gané", sino simplemente porque me lo merezco.

Hacer silencio porque necesito escucharme. Detenerme porque también en la pausa sucede la vida.

Quizás el vacío no sea ausencia. Quizás sea espacio. El espacio necesario para que aparezca algo que el ruido no nos permitía escuchar.

El desafío

Ojalá alguna vez te atrevas a desafiar tu identidad de prisa.

A cuestionar esa normalidad que convirtió el agotamiento en compromiso y la velocidad en sinónimo de éxito. Y descubrir que una vida valiosa no necesariamente es aquella en la que hicimos más cosas, sino aquella que verdaderamente pudimos habitar.

Eladia Blázquez escribió una expresión pequeña e inmensa: "merecer la vida...". Tal vez honrarla empiece justamente allí.

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop–Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones.

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