PUBLICIDAD

Malvinas: basta de esperar la carroza

Lunes, 07 de septiembre de 2026 00:00

Mientras parte de los medios de prensa argentinos presenta las declaraciones de Donald Trump como la antesala de un apoyo estadounidense al reclamo sobre Malvinas, conviene separar expectativa de realidad. Washington no reconoció la soberanía argentina. Trump dijo que está revisando su posición.

Lo importante es por qué Malvinas aparece ahora: en abril de 2026 trascendió un correo interno del Pentágono que evaluaba medidas de presión contra aliados de la Otan considerados insuficientemente comprometidos con las operaciones estadounidenses contra Irán. Entre las alternativas figuraba reconsiderar el respaldo diplomático a la posición británica sobre Malvinas.

La relación quedó después expuesta públicamente. Consultado por una periodista británica sobre si Estados Unidos ayudaría al Reino Unido ante un nuevo conflicto por las islas, Trump evitó comprometerse y recordó la falta de apoyo británico en Irán.

El mensaje es claro: Trump no necesita reconocer la soberanía argentina para presionar a Londres. Le alcanza con quitarle la certeza de que el respaldo estadounidense será automático.

La denominada "relación especial" entre Washington y Londres ha sido uno de los pilares de la política exterior británica. Si Estados Unidos transforma Malvinas en una variable negociable, Reino Unido pierde previsibilidad diplomática.

Irán, la Otan y el gasto militar europeo forman parte de la misma lógica. Trump exige mayor compromiso de sus aliados y, al mismo tiempo, mayor inversión en defensa. En 2025, los miembros de la Otan adquirieron más de 54.000 millones de dólares en equipamiento militar estadounidense. Seguridad, alineamiento político e industria forman parte del mismo tablero.

Reino Unido tampoco actúa aislado. A pesar del Brexit, mantiene una fuerte coordinación estratégica con Francia y Alemania. El gobierno laborista de Andy Burnham no posee con Trump una afinidad ideológica natural y debe conciliar su relación con Washington con sus intereses europeos y su propia realidad interna.

Javier Milei tomó rápidamente la oportunidad abierta por Estados Unidos. El endurecimiento discursivo sobre Malvinas y las medidas vinculadas con la explotación petrolera volvieron a colocar al Atlántico Sur en la agenda. El proyecto Sea Lion recuerda que Malvinas no es sólo memoria y soberanía: también es petróleo, pesca, plataforma continental, proyección antártica y control marítimo.

La dimensión electoral argentina existe, aunque no debería dominar el análisis. Malvinas tiene una capacidad singular para atravesar divisiones partidarias y desplazar temporalmente la discusión hacia soberanía y política exterior. La oportunidad no fue creada por Buenos Aires, pero el Gobierno puede capitalizarla.

El riesgo es convertir todo esto en una versión geopolítica de Esperando la carroza: mirar exclusivamente hacia Washington aguardando un apoyo que todavía no llegó.

Argentina dispone de otros instrumentos y el primero es Europa: el Brexit cambió el escenario. Reino Unido ya no forma parte de la Unión Europea y España mantiene abierta su propia controversia con Londres por Gibraltar. Madrid ha defendido la negociación bilateral y puede convertirse en un interlocutor natural para Argentina.

Italia debería ocupar un lugar similar porque las relaciones humanas entre ambos países son excepcionales. Argentina recibió durante generaciones a españoles e italianos que escapaban de guerras, pobreza y crisis europeas. Del mismo modo Francia también forma parte de esa historia mediante inmigración, cultura, educación e inversiones.

Ese pasado no genera una deuda automática. Pero sí constituye capital político y cultural que Argentina nunca transformó plenamente en capacidad diplomática. Y existe un actor todavía menos explorado: los argentinos que también son ciudadanos europeos.

Italianos, españoles, franceses, alemanes, portugueses y ciudadanos de otros países de la Unión forman parte política y jurídicamente de Europa. Muchos votan, participan de asociaciones, tienen representación parlamentaria o mantienen vínculos directos con partidos e instituciones.

El compromiso con Malvinas no debería agotarse en actos conmemorativos dentro de Argentina. También puede expresarse democráticamente dentro de los países de los que esos argentinos son ciudadanos. La cuestión es pasar de la afinidad cultural a la incidencia política.

Argentina debería trabajar para que legisladores, partidos, eurodiputados, asociaciones y gobiernos europeos incorporen una pregunta sencilla: ¿por qué la Unión Europea no debería respaldar explícitamente la reanudación de las negociaciones entre Argentina y Reino Unido conforme a las resoluciones de Naciones Unidas?

"El objetivo no es que España, Italia o Francia reconozcan mañana la soberanía argentina. Una meta más realista es conseguir que Bruselas pase de 'tomar nota' de la posición de la región a reclamar expresamente que se reanuden las negociaciones".

Antes de preguntarnos qué puede hacer Washington por Malvinas, Argentina debería preguntarse cuánto poder diplomático todavía no utilizó en Madrid, Roma, París y Bruselas.

Pero eso sí, la verdadera prueba del supuesto giro estadounidense llegará cuando Washington transforme sus palabras en actos: cambio de lenguaje diplomático, respaldo a la negociación bilateral y posiciones concretas favorables a Argentina. Hasta entonces, celebrar un apoyo estadounidense es prematuro.

Malvinas volverá a tener peso internacional cuando el apoyo externo deje de ser una expectativa y se convierta en presión diplomática organizada.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD