Hay situaciones que arden. No encuentro otra palabra. Arden. Un despido que sentimos injusto. Una separación en la que uno queda sosteniendo casi todo mientras el otro responde: "No tengo dinero", pero tampoco ofrece tiempo, presencia ni cuidados. Un conflicto familiar. Una traición. Una promesa incumplida. Alguien que no asume la responsabilidad que le corresponde. Y entonces aparece esa frase, casi inevitable: "No es justo". Todos, en algún momento, hemos sentido esa mezcla de amargura, enojo e impotencia frente a algo que creemos que no debería haber sucedido de esa manera. Y muchas veces tenemos razón.
Porque no se trata de negar la realidad ni de transformar cualquier atropello en una cuestión de "actitud positiva". Hay acciones que vulneran derechos. Hay irresponsabilidades. Hay faltas de cuidado, de reciprocidad y de ética. Y frente a ellas corresponde poner límites, reclamar, buscar orientación o hacer lo necesario para protegernos.
Pero existe otro problema, menos visible. A veces, además de atravesar una situación injusta, quedamos emocionalmente atrapados en ella. Y entonces lo injusto comienza a doler dos veces. Duele por lo que ocurrió. Y vuelve a doler cada vez que nuestra mente regresa a preguntarse: "¿Cómo pudo hacerme esto?", "¿por qué yo?", "¿por qué nadie responde?", "¿por qué tengo que hacerme cargo de todo?".
Seguimos esperando que la realidad sea como creemos que debería haber sido. Y mientras esperamos esa reparación, podemos empezar a perder algo todavía más importante: nuestro propio eje.
Una ecuación con demasiadas cosas mezcladas. Imaginemos por un momento nuestra experiencia como una gran ecuación. En la vida real aparece todo entreverado: los hechos, nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestra historia, los miedos, las heridas antiguas, lo que hizo el otro, lo que imaginamos que hará, nuestros derechos y aquello que necesitamos resolver.
¿Qué pasaría si pudiéramos poner, por un momento, cada cosa entre paréntesis? (Los hechos) ¿Qué ocurrió concretamente? (Mis emociones) ¿Qué siento frente a lo ocurrido? (Mis interpretaciones) ¿Qué estoy pensando y concluyendo a partir de esto? (Mi historia) ¿Qué experiencia anterior se despertó con esta situación? (Mis necesidades) ¿Qué necesito resolver ahora? (Mis recursos) ¿Con qué cuento? ¿Qué posibilidades todavía no estoy viendo?
Separar no significa fragmentarnos. Significa ordenar para poder actuar. No es lo mismo atravesar una separación que atravesarla mientras se despiertan, además, antiguas memorias de abandono. No es lo mismo que alguien no me elija que sentir que eso demuestra que nunca soy elegible. No es lo mismo perder un trabajo que concluir: "No valgo", "fracasé", "a mi edad nadie volverá a contratarme". El acontecimiento pertenece al presente. La herida puede venir de mucho más lejos. Y cuando ambos tiempos se superponen, el dolor actual puede adquirir dimensiones enormes. Podemos abrazar nuestra historia, reconocer la herida y ocuparnos de ella sin permitir que sea ella quien interprete toda nuestra realidad presente.
Volver al lugar donde sí tenemos poder. Hay cosas que no podemos modificar. No podemos obligar a alguien a ser responsable, amoroso, justo o recíproco. No podemos cambiar lo que ocurrió. Y muchas veces tampoco podemos conseguir inmediatamente la reparación que consideramos justa. Pero podemos comenzar a distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no. Y esta distinción, aunque parezca pequeña, puede devolvernos una enorme cantidad de energía. Porque mientras permanezco intentando que el otro comprenda, cambie, reconozca, repare o actúe como considero que debería hacerlo, mi vida puede quedar detenida alrededor de una respuesta que no controlo.
Volver a nuestro eje no significa resignarnos. Significa preguntarnos: frente a esta realidad, ¿dónde está hoy mi poder? ¿Necesito poner un límite? ¿Tomar una decisión? ¿Dejar de sostener una conversación circular? En reclamar aquello que corresponde. En aceptar algo que no puedo modificar. En dejar de esperar una respuesta. O simplemente en decidir que aquello que ocurrió no ocupará para siempre el centro de mi vida.
Cuando la crisis mueve el mapa. Hay momentos en los que una crisis parece solamente pérdida. Algo se rompe, termina o deja de ser como era. Y, sin embargo, el devenir tiene lógicas que muchas veces no alcanzamos a comprender mientras estamos en medio de la tormenta. Una separación puede llevarnos a descubrir capacidades que desconocíamos. Un despido puede hacernos revisar una vida laboral que hacía tiempo había dejado de representarnos. Una decepción puede mostrarnos dónde necesitamos establecer nuevos límites. Una etapa de soledad puede impulsarnos, con el tiempo, a construir vínculos diferentes. Esto no significa agradecer el dolor ni romantizar la adversidad. Lo injusto sigue siendo injusto. Lo doloroso sigue doliendo. Pero aquello que nos ocurrió no necesariamente tiene que decidir aquello que vendrá.
Tal vez allí aparezca una de las formas más profundas de la resiliencia: no en negar la herida, sino en evitar que la herida se convierta en destino. La vida tiene otras lógicas. A veces, aquello que hoy vivimos como un final, con el tiempo descubrimos que también estaba abriendo un comienzo que todavía no podíamos ver. Hay algo de rueda en la existencia. Algo termina. Algo se transforma. Algo vuelve a nacer.
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.