Un país que estuvo en el centro de la primera globalización vuelve a encontrarse sentado sobre algunos de los recursos estratégicos del siglo XXI. El desafío es decidir qué hará con ellos. Bolivia no nació en la periferia del mundo. Durante el siglo XVI, Potosí fue uno de los mayores complejos industriales de su tiempo. La plata del Cerro Rico atravesó el Atlántico, alimentó los circuitos monetarios europeos y llegó hasta Asia. Aquella riqueza convivió con la mita, la explotación indígena y enormes costos humanos, pero convirtió a un territorio ubicado a más de 4.000 metros de altura en una pieza de la primera globalización.
Cinco siglos después, Bolivia vuelve a encontrarse frente a recursos capaces de insertarla en transformaciones mundiales: litio, plata, zinc, estaño, antimonio, tungsteno, hierro, gas, tierras agrícolas, energía solar y una posición geográfica que la conecta con Brasil, Paraguay, Argentina, Chile y Perú. Potosí dejó una advertencia histórica: poseer riqueza no garantiza desarrollo.
El Censo 2024 registró 11.365.333 habitantes. El 38,7% declaró identificarse con alguna nación o pueblo indígena originario campesino o afro boliviano y casi siete de cada diez bolivianos viven ya en ciudades. El país conserva además una ventaja demográfica: 65,6% de su población tiene entre 15 y 64 años y 27% es menor de 15. Es una sociedad todavía joven, aunque la proporción de niños disminuye rápidamente.
Ese bono demográfico constituye una oportunidad que no será permanente. Si Bolivia consigue transformar jóvenes en técnicos, profesionales, emprendedores y trabajadores productivos, puede ampliar su capacidad económica. Si no logra hacerlo, una parte importante de esa población seguirá vinculada a actividades de baja productividad e informalidad.
La economía atraviesa una situación delicada: el Banco Mundial situó el PIB de 2025 (el valor total de todo lo que produce un país en un año) en alrededor de US$64.800 millones. Las reservas internacionales alcanzaban en julio de 2026 unos US$3.632 millones, pero aproximadamente 85% correspondía a oro y sólo unos US$472 millones eran divisas líquidas. El gobierno de Rodrigo Paz negoció con el Fondo Monetario Internacional un programa por US$1.900 millones durante tres años para recomponer reservas y ordenar las cuentas públicas.
La informalidad muestra probablemente uno de los problemas estructurales más profundos. Estimaciones citadas por el FMI ubican cerca del 85% del empleo fuera de la formalidad y calculan que alrededor del 84% de las empresas opera total o parcialmente al margen de los registros formales. Esto no significa que esas actividades sean ilegales. Significa que millones de trabajadores y pequeños negocios funcionan con menor acceso al crédito, seguridad social, tecnología, capacitación y posibilidades de escalar.
Bolivia, sin embargo, produce y exporta mucho más de lo que suele sugerir su imagen externa. En 2025 vendió al mundo alrededor de US$9.700 millones. La plata aportó cerca de US$1.731 millones; el zinc, US$1.420 millones; el oro, US$1.183 millones; el gas natural, US$1.077 millones; el estaño, US$504 millones. La soja y sus derivados agregaron cientos de millones adicionales.
Santa Cruz de la Sierra genera alrededor de 30% del producto nacional y constituye el principal polo agroindustrial. Allí se concentran soja, maíz, arroz, caña de azúcar, ganadería, industria alimentaria y buena parte de la actividad empresarial del oriente boliviano. Esa estructura contrasta con el occidente minero y muestra que el país posee más de un motor productivo.
La minería continúa siendo uno de sus grandes activos. A los minerales ya nombrados se agregan aproximadamente 23 millones de toneladas de recursos identificados de litio según el Usgs (Servicio Geológico de los Estados Unidos).
Uyuni representa tanto la promesa como la dificultad. Posee una de las mayores concentraciones de litio conocidas, pero sus salmueras presentan una elevada relación entre magnesio y litio que complica y encarece la separación. Durante años el Estado intentó industrializar el recurso bajo un esquema de fuerte control público. Mientras Bolivia discutía cómo hacerlo, Argentina y Chile ganaban producción, experiencia, proveedores e inversiones.
Las nuevas tecnologías de extracción directa pueden modificar parte de esa ecuación, pero el desafío sigue siendo industrial. Tener litio debajo del salar no equivale a producirlo de manera competitiva.
El gas ofrece la lección inversa. Bolivia llegó a producir cerca de 60 millones de metros cúbicos diarios durante los años de auge. En 2025 produjo alrededor de 27,34 millones. La caída de reservas y exploración redujo exportaciones y debilitó una fuente central de divisas. Vivir durante años de un recurso sin invertir suficientemente en su reposición termina convirtiendo una fortaleza en vulnerabilidad.
En el este aparece otra apuesta: Mutún. El complejo siderúrgico de Puerto Suárez está diseñado para producir unas 200.000 toneladas anuales de acero y sustituir una parte importante de las importaciones bolivianas. Su ubicación, próxima a Brasil y a los corredores que conectan Atlántico y Pacífico, le otorga una importancia industrial y logística mayor que la de una simple mina de hierro.
También existe una Bolivia digital que pocas veces entra en estas descripciones. En 2024, el 76,3% de los hogares tenía acceso a internet; en áreas rurales la cobertura alcanzaba 53,9%. La expansión de pagos interoperables mediante QR creó una infraestructura financiera que puede ser particularmente útil en una economía con altísima informalidad. Digitalizar pagos, crédito y actividad empresarial puede facilitar una formalización que no dependa exclusivamente del control fiscal.
Junto a esta economía funciona otra que el país tampoco puede ignorar. Bolivia produce legalmente hoja de coca para usos tradicionales, pero su territorio también integra una de las principales geografías sudamericanas del narcotráfico. La Unodc (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), contabilizó 34.000 hectáreas de coca en 2024. El valor potencial de la hoja seca fue estimado en US$618 millones y el potencial técnico de producción de cocaína se ubicó, según el criterio aplicado, entre 143 y 223 toneladas. No existe una cifra confiable sobre cuánto dinero genera el narcotráfico. Su naturaleza clandestina hace imposible medirlo como una actividad económica convencional. Las investigaciones disponibles muestran redes locales conectadas con organizaciones extranjeras; entre ellas el Primeiro Comando da Capital y el Comando Vermelho brasileños. Bolivia funciona tanto como área productora como territorio de tránsito hacia Brasil y desde allí hacia otros mercados.
Su geografía vuelve a mostrar dos caras: las mismas fronteras que pueden integrar minería, agricultura y comercio regional también pueden facilitar contrabando y narcotráfico cuando el Estado no consigue controlarlas.
El gobierno actual recibió, por lo tanto, un país con enormes recursos y limitaciones igualmente considerables. Su propuesta busca recuperar inversión privada, revisar el funcionamiento de empresas estatales, normalizar relaciones con organismos financieros y volver a colocar al crecimiento en el centro. El resultado dependerá de algo más difícil que modificar leyes: lograr que una sociedad atravesada por profundas diferencias regionales, históricas y sociales acepte una nueva etapa sin sentir que pierde derechos o identidad. Bolivia no necesita negar su herencia indígena para reconocer su pasado hispánico, ni abandonar la soberanía sobre sus recursos para atraer tecnología y capital. Tampoco puede seguir confundiendo control estatal con desarrollo.
Potosí pertenece a la historia de la primera globalización. Uyuni, Mutún, Santa Cruz, el gas, la energía solar y los corredores sudamericanos pertenecen a la economía que se está formando. Cinco siglos después, Bolivia vuelve a sentarse sobre recursos que el mundo necesita. Esta vez, la medida del éxito será cuánto desarrollo logra dejar dentro de su territorio.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy.