Hay momentos en la vida en los que nos damos cuenta de que estamos tan ocupados resolviendo lo que nos preocupa, atendiendo lo que falta o esperando lo que todavía no llega, que nos olvidamos de algo tan sencillo y tan importante como disfrutar lo disfrutable.
Y cuando digo disfrutar lo disfrutable, me refiero a esa hermosa capacidad de reconocer aquello que nos hace bien, nos alegra, nos acaricia el alma, y permitirnos vivirlo plenamente, sin apuros, sin culpas y sin estar pensando permanentemente en lo que vendrá después. Porque muchas veces tenemos delante nuestro una oportunidad de felicidad y, sin embargo, estamos tan pendientes de otras cosas que no logramos verla.
¿Cuántas veces nos encontramos diciendo "cuando termine esto, voy a disfrutar", "cuando tenga más tiempo, voy a descansar", "cuando se acomoden las cosas, voy a estar bien"? Y así, casi sin darnos cuenta, vamos colocando nuestra felicidad siempre un poquito más adelante, en un futuro que imaginamos mejor, tranquilo, parecido a lo que deseamos.
Mientras tanto, la vida sucede aquí, en este día que tenemos, en ese mate, esa conversación que nos hace bien, el abrazo que recibimos, el sol que entra por la ventana, la música que nos emociona o la posibilidad de caminar sin apuro. La vida no deja de ser valiosa porque existan problemas, ni pierde su belleza porque atravesemos momentos difíciles. Podemos estar preocupados y, aun así, disfrutar una tarde, extrañar a alguien y agradecer la compañía de otra persona, tener asuntos pendientes y permitirnos una pausa.
Aprender a disfrutar lo disfrutable no se trata de forzarnos a sonreír cuando tenemos ganas de llorar, sino de reconocer que la vida es mucho más amplia que aquello que nos preocupa, y que dentro de ella también existen momentos que merecen ser recibidos. Se trata de estar presentes, de tomar contacto con lo que está ocurriendo y permitirnos sentir aquello que nos nutre. Porque disfrutar no es solamente hacer cosas agradables; también es darnos cuenta de que las estamos viviendo.
Podemos estar frente a un paisaje hermoso y tener la cabeza llena de pendientes, compartir una comida con amigos y estar pensando en una discusión de ayer. Nuestro cuerpo ocupa un lugar, pero nuestra atención está en otro lado. ¿Qué nos impide disfrutar? A veces, la costumbre de vivir apurados. Otras veces, la culpa. Hay personas que sienten que no tienen derecho a descansar mientras alguien que aman está sufriendo, o que disfrutar demasiado puede ser una falta de consideración frente a las dificultades de otros. También puede aparecer el miedo a que algo bueno termine, y entonces preferimos no entregarnos demasiado a la alegría para no sufrir después.
La vida tiene sus ciclos, sus encuentros y despedidas, sus comienzos y finales. Y justamente porque todo cambia, vale la pena aprender a recibir lo bueno mientras está presente. No podemos detener el tiempo, pero sí podemos habitarlo de otra manera. Una tarde hermosa no pierde su valor porque llegue la noche. Un abrazo no necesita ser eterno para dejarnos una huella. Una alegría puede ser breve y, aun así, transformadora. Tal vez una de las dificultades más grandes que tenemos para disfrutar sea que hemos aprendido a valorar más lo extraordinario que lo cotidiano.
Esperamos el viaje especial, la celebración importante, la noticia que cambie todo, el gran logro. Y mientras esperamos esos momentos, dejamos pasar cientos de pequeñas oportunidades que también podrían hacernos bien. La casa que nos cobija, la persona que nos acompaña, la amistad que permanece, la posibilidad de aprender algo nuevo, la lluvia que refresca, el perfume de una flor o la charla inesperada. Todo eso puede parecer pequeño, pero cuando aprendemos a reconocerlo, descubrimos que la vida está llena de regalos que no siempre vienen envueltos. Y disfrutar también requiere permitirnos recibir.
Hay quienes saben dar, ayudar, acompañar y sostener a otros, pero cuando llega el momento de recibir algo bueno, se sienten incómodos. Les cuesta aceptar un elogio, descansar sin justificarlo o dejarse cuidar. Como si el valor de su existencia dependiera de todo lo que hacen por los demás. También merecemos vivir experiencias agradables simplemente porque somos personas, porque estamos aquí, porque nuestra vida tiene valor.
No tenemos que ganarnos el derecho a disfrutar. Podemos hacerlo sin sentir que estamos siendo egoístas. La madurez no debería quitarnos la capacidad de jugar, de reírnos, de emocionarnos o de sorprendernos. Cada etapa tiene sus posibilidades, sus ritmos y sus placeres. A veces alcanza con permitirnos una tarde sin apuro, una charla que nos haga reír, una canción que nos invite a bailar, una película que nos emocione o un paseo por un lugar conocido que de pronto miramos con otros ojos. Porque si toda nuestra atención está puesta en llegar, corremos el riesgo de no disfrutar el recorrido. Y la vida no es solamente el lugar al que queremos llegar. Es también cada paso, cada aprendizaje, cada pausa y cada persona que encontramos.
Aprender a disfrutar lo disfrutable requiere presencia, pero también valentía. La valentía de detenernos en medio de la exigencia y decir "esto me hace bien", permitiéndonos vivirlo. Y si estamos atravesando un momento de dolor, recordemos que disfrutar no traiciona nuestro sufrimiento. Podemos llorar y después tomar un café con alguien que queremos, sentir tristeza y agradecer una puesta de sol, estar preocupados y permitirnos una carcajada. No es una contradicción, es la complejidad hermosa de ser humanos.
Por eso, hoy quiero invitarnos a observar qué cosas disfrutables están presentes en nuestra vida y a no dejarlas pasar automáticamente. A hacer una pausa cuando algo nos haga bien. A agradecerlo, a saborearlo, a compartirlo si podemos. A no esperar una fecha especial para celebrar, ni una autorización para descansar, ni una circunstancia perfecta para sentirnos vivos. Que podamos disfrutar de lo que tenemos sin dejar de trabajar por lo que soñamos, cuidar a otros sin olvidarnos de nosotros mismos, reconocer que merecemos momentos agradables. Y quizás, al final del día, descubramos que no necesitamos que haya ocurrido algo extraordinario para sentir que fue un buen día.
Tal vez alcance con haber compartido una sonrisa, una charla, una caminata, un abrazo o un instante de paz. Que la felicidad no nos encuentre siempre distraídos, apurados o esperando algo mejor. Que podamos abrir los ojos, mirar alrededor y decir: "Esto también es vida. Esto también merece ser disfrutado". Y que aprendamos, cada día un poquito más, a disfrutar lo disfrutable, porque el presente no es un ensayo de la vida: es la vida misma, y merece ser vivida con amor, gratitud y plena presencia.
Namaste. Mariposa Luna Mágica. (gotasygotitasjujuy@gmail.com)