Hay noches en Jujuy en las que la juventud parece tener luz propia. Las carrozas avanzan por las calles como criaturas nacidas del sueño, los estudiantes trabajan durante meses para fabricar con cartón, pintura, hierros y paciencia aquello que durante unas horas parecerá imposible, y una provincia entera vuelve a recordar que alguna vez también fue joven.
La Fiesta Nacional de los Estudiantes tiene esa virtud extraordinaria: consigue que una comunidad se mire en sus hijos y, por un instante, vuelva a creer que el futuro puede construirse con las manos. Por eso su historia merece ser defendida. Pero defender una tradición no significa convertirla en una pieza de museo. También las fiestas, como las personas, tienen derecho a crecer.
Y quizá haya llegado el momento de mirar de otro modo aquello que durante décadas llamamos "reina". La palabra parece inocente cuando se pronuncia entre carrozas, flores y música. Sin embargo, las palabras tienen memoria. Reina no es simplemente una joven bonita: es quien reina. Soberana es quien posee soberanía. Detrás de esas palabras persiste, aunque la fiesta haya despojado a la ceremonia de toda intención política, una antigua arquitectura del poder: alguien observa, alguien juzga, alguien distingue y alguien recibe una corona. Tal vez sea tiempo de preguntarnos por qué una fiesta de estudiantes necesita todavía representar la belleza mediante una pequeña monarquía y, sobre todo, por qué hemos aceptado durante tanto tiempo que esa belleza pudiera determinarse como si fuese una verdad objetiva. Porque allí comienza la paradoja.
Durante generaciones, la reina ideal pareció tener una geografía determinada. Alta. Delgada. Blanca. Preferentemente rubia o con determinados rasgos europeos. Sonrisa perfecta, cabello cuidadosamente dispuesto, movimientos elegantes, cuerpo ajustado a una proporción que nadie sabe exactamente quién estableció, pero que todos aprendimos a reconocer. No hay ninguna culpa en la muchacha que posee esos rasgos. El problema está en otra parte: en haber convertido un modelo particular en una medida universal; en haber confundido una posibilidad de belleza con la belleza misma.
Como si la hermosura pudiera tener una raza, como si pudiera medirse en centímetros, como si una mujer fuese más bella cuanto más se pareciera a una fotografía fabricada por una cultura que, además, suele vendernos esa fotografía como si fuera natural.
Pero la belleza nunca fue natural, es histórica. Cambia con los siglos, con las culturas, con los pueblos y hasta con los ojos de quien mira. Lo que una época consideró sublime, otra lo encontró extraño. El rostro que ayer fue rechazado mañana puede convertirse en símbolo. La belleza, en definitiva, no vive solamente en el cuerpo observado: vive también en la mirada que observa. Por eso resulta casi una contradicción someterla a una planilla de evaluación: ¿Cómo camina? ¿Cómo sonríe? ¿Cómo lleva el cabello? ¿Cómo mira? ¿Cómo se desplaza? ¿Cómo se viste?, Y un jurado, finalmente, decide.
No es extraño que la sociedad intente ordenar aquello que por naturaleza es subjetivo. Necesitamos clasificar, comparar, elegir. Pero hay algo profundamente inquietante cuando pretendemos transformar la belleza en una competencia y a una adolescente en un objeto de observación. Porque la belleza no es una carrera contra otra mujer. No existe un cronómetro para la hermosura. No hay llegada ni podio. Y ningún jurado puede convertir en verdad universal aquello que, en esencia, pertenece a la intimidad de cada mirada.
Más grave aún es la antigua asociación entre belleza y bondad. Durante siglos inventamos princesas hermosas y brujas horribles, héroes de rostros nobles y villanos marcados por la fealdad. Aprendimos, casi sin darnos cuenta, a sospechar que la belleza exterior era una especie de certificado moral. Pero la vida se encargó de desmentirnos. La bondad no tiene cintura, altura ni color de piel. La generosidad no necesita una sonrisa perfecta. La crueldad puede habitar un rostro bellísimo y la ternura aparecer en uno que ningún jurado hubiera elegido.
Quizá allí exista una enseñanza más importante para una fiesta que celebra a los jóvenes: enseñar que una persona no vale por aquello que consigue provocar en un espejo. Y Jujuy tiene razones particulares para hacerse esa pregunta. Somos una tierra mestiza, atravesada por pueblos originarios, migraciones, mezclas, historias andinas y latinoamericanas. Nuestra identidad no cabe en el catálogo de una belleza importada. Sin embargo, durante mucho tiempo miramos hacia afuera para decidir cómo debíamos mirar hacia adentro. Construimos, casi sin advertirlo, una especie de belleza "americana/europea": blanca, estilizada, fotogénica, comercial, reconocible, repetible. Una belleza diseñada para la pantalla que terminó convirtiéndose en aspiración para la vida real.
Por eso son tan significativos los pequeños desplazamientos que comienzan a producirse cuando una joven de otra estatura, otro cuerpo, otros rasgos, otro origen étnico o diferente color de piel aparece en el lugar donde antes parecía no haber espacio para ella. Que una mujer negra haya sido elegida en una instancia departamental jujeña importa más allá del resultado, porque cuando un rostro que durante años hubiera sido considerado ajeno al canon entra en escena, no necesariamente cambia la belleza: cambia el que mira. Y ese cambio es enorme. La inclusión no debería consistir en permitir que alguien diferente ingrese al viejo modelo. Debería consistir en comprender que el viejo modelo era demasiado pequeño. No se trata de sustituir a la rubia por la morena, a la delgada por la robusta, a la alta por la baja. Se trata de dejar de creer que necesitamos una forma determinada para reconocer belleza. La diversidad no es una concesión que hacemos a quienes no se parecen a nosotros. Es el reconocimiento de que nunca fuimos iguales.
Y entonces aparece el paje, esa figura masculina que acompaña a la reina y que también participa, aunque de manera diferente, de la representación estética de la fiesta. Allí hay una oportunidad para hablar seriamente de paridad de género. Porque si pretendemos construir una celebración contemporánea, quizá debamos preguntarnos por qué una es coronada y el otro acompaña; por qué una representa la belleza y el otro apenas la escolta; por qué seguimos reproduciendo, incluso jugando, papeles que pertenecen a un mundo de jerarquías mucho más antiguo que nuestros estudiantes.
Tal vez la verdadera revolución de la fiesta no consista en cambiar una corona por otra, sino en comprender que ninguna corona debería decirle a una generación quién es más hermosa.
La Fiesta Nacional de los Estudiantes seguirá siendo hermosa mientras conserve sus carrozas, sus noches interminables, sus estudiantes agotados, sus familias, sus escuelas y esa maravillosa capacidad de Jujuy para hacer de una calle un lugar de encuentro. Pero podría ser todavía más hermosa si alguna vez comprendiera que la tradición no se honra repitiendo eternamente sus formas, sino animándose a preguntarse qué significan. Porque acaso la pregunta más bella que puede hacerse una fiesta que celebra la juventud no sea quién merece una corona; sino: ¿por qué seguimos necesitándola para reconocer la belleza?
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.