"Adonde ira, veloz y fatigada / la golondrina, que por el cielo va / por si en el viento, se hallará extraviada /buscando abrigo y no lo encontrara. /Junto a mi lecho, la pondré su nido / en donde pueda la estación pasar /También yo estoy en la región perdido / ¡Oh, cielo santo! Y sin poder volar. / Dejé también, mi patria idolatrada / esa mansión, que me vio nacer /Mi vida es hoy, errante y angustiada / y ya no puedo, a mi mansión volver./ Ave querida, amada peregrina / mi corazón, al tuyo acercaré. / Voy recordando, tierna golondrina / Recordaré, mi patria y lloraré".
Esta bella habanera, muy ligada a las despedidas y cuyos autores mejicanos en 1862 fueron, Narciso Serradel y Aniceto Kamocois, es todo un símbolo y las versiones más conocidas fueron la del cantante Vicente Fernández y El Mariachi Vargas de Tecalitlan.
Ahora bien, existe una remota historia de dicha canción que se remonta hacia fines del s XV, cuando los Reyes Católicos desalojaron de Granada el último jefe árabe Boabdil, una vez vencido sin presentar batalla, les entregó la llave de la fortaleza militar. Estos le ordenaron que con sus súbditos, momentáneamente (60 años), se ubicaran en la región montañosa, conocida como Las Alpujarras, en la Sierra Nevada, "Al sur de Granada" (Novela de Gerald Brenan). Se dice que al mirar desde lejos y por última vez a su amada Granada, lloró desconsoladamente a lo que su Madre le increpó muy duramente: "Lloras como una mujer, lo que no supiste defender como un hombre". De modo que gran parte de la letra a modo de metáfora y arriba señalada, provendría de lamentos de Boabdil al dejar su Patria, como un símbolo del castigo más cruel que puede imponérsele a un hombre: el destierro.
Yéndonos mucho más atrás en el tiempo tenemos el legendario Mito de Ícaro, que narra la historia de un frustrado escape de la Isla de Creta, el brillante inventor el Arq Dédalo, construyó dos pares de alas para su hijo Ícaro, de plumas, unidas por hilo y cera de abejas, para que ambos, pudiesen huir en pos de la libertad. El consejo de su padre fue no volar demasiado bajo para que el agua no mojara las altas ni, demasiado alto para que el sol no derritiese la cera. Ícaro desoyendo los consejos de su padre y deslumbrado por el ascenso elevó más y más, su vuelo hacia el cielo. El calor intenso del sol fundió la cera, las alas se desprendieron y el joven se precipitó al vacío, muriendo ahogado en el mar. Si bien dicha leyenda es una clásica advertencia sobre la arrogancia, la desobediencia y los límites humanos, en la misma también campea el deseo eterno y frustrado del hombre por volar.
"Voy caminando en la tierra / lo miro al cóndor volar / Bien haiga bicho dichoso / tus alas me habrías de dar". Esta copla anónima del noroeste argentino, sería otra versión simplificada y más nuestra, del Mito de Ícaro.
"Yo, poeta popular, provinciano pajarejo/ fui por la vida buscando la vida: /pájaro a pájaro conocí la tierra donde volaba el fuego / la precipitación de la energía/ y mi desinterés quedó premiado/ porque aunque nadie me pagó por eso /recibí aquellas alas en el alma / y la humanidad no me detuvo". En este poema del Chileno Pablo Neruda, vuelve a ponerse de manifiesto la relación, hombre-pájaro como un ideal y válido transporte para andar el mundo.
Y vuelvo a las golondrinas a través de esta emblemática canción de Jaime Dávalos y Eduardo Falú,"... Veleros de las tormentas se van las nubes, / en surcos de luz dorada se pone el sol / y como sílabas negras, las golondrinas / dicen adiós... dicen adiós...". Tomé este fragmento de la misma porqué debo decir que desde un principio ese unir a las golondrinas en vuelo, a "sílabas negras", me pareció todo un hallazgo poético.
Y aquí, alguien que no envidia a las aves y su capacidad de volar: "Aves que pasa cantando / a mí no me das ejemplo / yo también tengo dos alas / y vos y cantando lo mesmo/. Las tuyas serán vistosas /las mías, como de cuervo / no son las plumas que sirven /Pa'dir alto y pa'dir lejos...". Este fragmento del poema del Uruguayo Romildo Risso, musicalizado en tiempo de milonga por Atahualpa Yupanqui, nos muestra otra faceta de la relación hombre - pájaro.
Y en el devenir de las aves vuelo va, vuelo viene el humor, también tiene sus aleteos: "De las aves que vuelan / me gusta el chancho / por su bello plumaje / y por su canto...-".
Y que Boabdil, Ícaro, J Dávalos, R Risso, P Neruda, piensen lo que quieran.