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La nueva carrera de las máquinas

Lunes, 31 de agosto de 2026 00:00

La próxima disputa internacional no se jugará solamente en mares, rutas comerciales, chips, petróleo o minerales críticos. También se jugará en las fábricas. La robótica dejó de ser una herramienta industrial para convertirse en una medida de poder. El país que produzca, programe, mantenga y adapte máquinas inteligentes tendrá más capacidad para fabricar, exportar, defenderse, sustituir importaciones y sostener productividad. El que llegue tarde comprará el futuro diseñado por otros.

La dimensión del cambio ya es visible. Según la Federación Internacional de Robótica, en 2025 se instalaron 575.000 robots industriales en el mundo y el stock operativo global alcanzó 4.663.698 unidades. Asia concentró el 74% de las nuevas instalaciones, mientras China absorbió por sí sola el 54% del total mundial, con 295.045 nuevos robots instalados. Los cinco grandes mercados -China, Japón, Estados Unidos, Corea del Sur y Alemania- reunieron el 80% de las instalaciones globales. La carrera no está distribuida de manera pareja: está concentrada en los países que ya entendieron que la automatización es una nueva infraestructura de soberanía. La competencia es por controlar todo lo que permite que esas máquinas funcionen: semiconductores, sensores, cámaras, motores, reductores de precisión, controladores, software industrial, inteligencia artificial, baterías, conectividad, datos, ciberseguridad y materiales críticos. Un robot no es una pieza aislada, es una cadena de valor completa. Detrás de cada máquina hay metalurgia, electrónica, energía, programación, diseño, mantenimiento, logística, patentes, proveedores y talento técnico. Allí se define qué países producen tecnología y cuáles apenas la importan. Japón, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Corea del Sur y China concentran buena parte del corazón industrial de esta disputa. Empresas como Fanuc, ABB, Yaskawa, Kuka, Kawasaki, Mitsubishi Electric, Universal Robots y nuevos jugadores chinos organizan el mapa de la automatización global. No compiten solo por vender equipos; compiten por fijar estándares, capturar datos productivos, integrar fábricas, controlar mantenimiento y dominar plataformas industriales. La dependencia del siglo XXI además de financiera y energética, también será robótica.

Europa intenta responder con una idea distinta a la automatización pura. La Comisión Europea plantea la Industria 5.0 como una transformación industrial centrada en tres pilares: una industria más humana, sostenible y resiliente. Esa mirada busca evitar que la tecnología sea solo eficiencia fría. Coloca en el centro la calidad del trabajo, las habilidades, la sostenibilidad, la transformación organizacional y la inversión pública y privada. La quinta revolución industrial no debería ser una fábrica sin personas, sino una fábrica donde las personas trabajen con máquinas más inteligentes.

El problema es que esa visión convive con una advertencia incómoda. Bill Gates afirmó que esta ola tecnológica será distinta a las anteriores porque la inteligencia artificial no reemplaza solamente fuerza física: empieza a igualar cognición humana en tareas definidas, trabaja las 24 horas y puede golpear primero al trabajo de oficina y luego al trabajo manual cuando avance la robótica humanoide. Según su diagnóstico, las revoluciones anteriores crearon nuevos empleos porque hicieron más ricas a las sociedades, no porque existiera una ley automática que garantizara reemplazo laboral. Esta vez, advierte, puede haber veinte años de turbulencia antes de una eventual abundancia.

La referencia inevitable es Terminator. ¿Vamos camino a una especie de Skynet, una inteligencia artificial que deja de ser herramienta y se convierte en poder autónomo? La comparación sirve como advertencia cultural, pero no como diagnóstico literal. El riesgo más cercano no es un ejército de máquinas decidiendo destruir a la humanidad, sino una sociedad que delega demasiadas decisiones en sistemas opacos, conectados, veloces y difíciles de auditar. El verdadero peligro no es que las máquinas despierten; es que las sociedades se duerman. Esa advertencia no invalida la nueva carrera de las máquinas: la vuelve más urgente. Frenar la robótica por miedo solo dejaría a los países rezagados como compradores tardíos de tecnología ajena. Celebrarla sin estrategia produciría concentración, desempleo, dependencia y pérdida de capacidades.

Si América Latina no decide desarrollar, dominar y aplicar sus propias tecnologías, otros lo harán en su lugar y terminarán definiendo las reglas de su producción, su trabajo y su desarrollo. En la nueva economía, quien no construya soberanía tecnológica corre el riesgo de convertirse en simple consumidor, dependiente -y finalmente subordinado- al sistema creado por otros.

La respuesta es gobernarla: formar personas, preparar empresas, actualizar sindicatos, modernizar sistemas educativos, regular con inteligencia y construir soberanía tecnológica desde la producción.

Prepararse exige una hoja de ruta: el primer paso debe darse en la educación básica y media. Las escuelas no pueden formar solamente para repetir contenidos. Deben enseñar pensamiento computacional, datos, inteligencia artificial aplicada, robótica básica, resolución de problemas, criterio, creatividad, comunicación y cooperación. La nueva alfabetización será entender máquinas, datos y sistemas inteligentes sin perder capacidades humanas.

El segundo paso corresponde a la formación técnica, universitaria y profesional. Hacen falta técnicos capaces de instalar, mantener y reparar sistemas automatizados; ingenieros que diseñen soluciones productivas; docentes formados en nuevas tecnologías; programadores vinculados al mundo físico; y trabajadores que puedan reconvertirse durante toda su vida laboral. El título seguirá importando, pero no alcanzará solo. La economía que viene exigirá habilidades verificables, actualización permanente y conexión real entre aulas, laboratorios, empresas y territorios productivos.

El tercer paso es de los gobiernos. Prepararse no significa comprar robots para una foto. Significa construir conectividad, energía confiable, laboratorios regionales, créditos para pymes, incentivos a la modernización productiva, protección de datos, ciberseguridad, compras públicas inteligentes y reglas para atraer inversión tecnológica con transferencia de conocimiento. El Estado no debe frenar la innovación por miedo ni dejarla librada al mercado como si sus efectos sociales fueran automáticos. Debe gobernarla y medir los resultados.

El cuarto paso involucra a empresas, sindicatos y sociedad civil. Las empresas no pueden exigir productividad sin invertir en capacitación. Los sindicatos deben insistir en defender trayectorias laborales, reconversión, aprendizaje permanente y movilidad ascendente. La sociedad debe abandonar una falsa comodidad: creer que la robótica es un problema de otros. Entrará en el campo, la fábrica, el hospital, la escuela, la mina, el comercio, el transporte y el Estado.

El quinto paso es territorial. Argentina no puede preparar la quinta revolución industrial solo desde Buenos Aires, Córdoba o Santa Fe. El Norte Grande necesita laboratorios tecnológicos, escuelas técnicas vinculadas a sectores productivos, universidades conectadas con empresas, parques industriales inteligentes, corredores bioceánicos con logística digital y una política de formación que permita operar la tecnología donde están los recursos. La nueva carrera de las máquinas no será ganada por quienes acumulen discursos sobre el futuro, sino por quienes construyan sistemas capaces de aprender más rápido. Los países que lideran la robótica no separan educación, industria, tecnología y política exterior. Entienden que una fábrica automatizada es también una herramienta de competitividad internacional. América Latina todavía puede entrar en esa carrera, pero no desde la improvisación.

La pregunta es si nuestras sociedades formarán personas capaces de usar las máquinas, dirigirlas y mejorarlas, o si quedarán reducidas a comprar tecnología ajena y sufrir sus efectos. La dependencia del siglo XXI no será solo comprar energía, deuda o software extranjero. Será no saber producir, operar ni adaptar las máquinas que ordenarán la economía global.

Liderar la transformación tecnológica exige construir un sistema integrado: un ecosistema donde educación, industria, innovación, infraestructura respondan a una misma planificación estratégica.

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