Entendemos que la próxima visita del papa León XIV a la Argentina constituye un evento de gran relevancia tanto en lo religioso como también en lo cultural, político y social.
Desde el gesto, al decidirse a visitarnos, teniendo presente que su antecesor, nuestro querido papa Francisco, no pudo venir a su tierra natal durante su pontificado por razones que aún despiertan debates, eso indudablemente crea una expectativa particular.
Desde el contexto. Sin pretender abarcar todos los aspectos, se puede decir que la venida papal en la situación de una Argentina exasperada por los enfrentamientos, y en un contexto global marcado por una "Tercera Guerra Mundial en cuotas", como decía el papa Francisco, mueve a que los católicos en particular y los argentinos en general estemos deseosos de escuchar de Su Santidad palabras de guía y esperanza.
Desde el texto, porque tendremos el privilegio de que pueda enseñarnos personalmente su primera Encíclica, Magnifica Humanitas, que marca el comienzo de su pontificado, siendo, además, el segundo papa americano y por ello un conocedor de nuestra realidad.
Su tesis central es que la revolución digital está creando un nuevo poder transnacional, ejercido por grandes corporaciones mediante el control de datos, algoritmos, plataformas y capacidad de procesamiento. Aunque no existe un gobierno mundial formal, estas empresas pueden influir significativamente sobre la información, el empleo, el crédito y las decisiones de millones de personas, sin estar sometidas a controles democráticos equivalentes a su poder.
León XIV no rechaza la tecnología, sino que cuestiona la idea de que sea neutral. Toda tecnología incorpora decisiones, intereses y una determinada concepción del ser humano. Por ello, las preguntas fundamentales son quién controla la inteligencia artificial, para qué la utiliza y quién se beneficia de ella. Desde la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), identifica varios principios para orientar la innovación tecnológica.
Bien común: la tecnología debe beneficiar al conjunto de la sociedad. Destino universal de los bienes: los datos y el conocimiento no deberían quedar concentrados en pocas manos. Subsidiariedad: las personas, familias, trabajadores y organizaciones intermedias deben participar en las decisiones que las afectan. Solidaridad: deben protegerse especialmente quienes puedan resultar excluidos. Justicia social: los sistemas tecnológicos deben respetar desde su diseño la dignidad y la equidad.
El Estado, según esta perspectiva, no puede ser un espectador pasivo frente al poder tecnológico. Debe regular, proteger los datos personales, exigir transparencia, controlar los monopolios y garantizar que las personas puedan cuestionar decisiones automatizadas. Pero ese control tampoco debe convertirse en un poder estatal ilimitado.
Un aspecto especialmente relevante es el trabajo. Si la inteligencia artificial aumenta la productividad, pero destruye empleos, precariza a los trabajadores o concentra sus beneficios, no puede considerarse auténtico progreso. La innovación debería acompañarse de capacitación, protección social y una distribución justa de sus beneficios.
También relaciona inteligencia artificial, verdad y democracia. Los algoritmos pueden determinar qué información recibe cada persona y favorecer la polarización o la difusión de falsedades. Por eso es indispensable una educación que forme para poder discernir.
Finalmente, destaca el problema de las armas autónomas: ninguna máquina debería tener la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte, porque la responsabilidad moral no puede ser transferida a un algoritmo. Es un llamado a recuperar la primacía de la política sobre el poder tecnológico, en una disyuntiva de una tecnología al servicio de la persona o una especie de "Babel digital", poderosa y eficiente, pero deshumanizada.
Por todo esto, el llamado con el que abre el documento posee una fuerza profundamente profética. El Santo Padre no dicta una receta dogmática ni se limita a interpelar a las élites de poder; habla a la comunidad entera y nos convoca a tomar una postura clara. Nos invita a organizar el trabajo político y comunitario de reconstrucción social. Y termina con el Magnificat de la Virgen María, que es uno de los textos más fuertes del evangelio en relación con la DSI. "Derribaré del trono a los poderosos y enalteceré a los humildes; a los pobres los colmaré de bienes y a los ricos los despediré con las manos vacías". El Papa nos señala: el bien común es lo que dice el Magnificat.