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Reencuentros... construyendo puentes

Jueves, 27 de agosto de 2026 19:37

Hay palabras que, apenas las escuchamos, despiertan emociones, recuerdos y preguntas. Reencuentro es una de ellas. Porque reencontrarnos no significa solamente volver a ver a alguien después de mucho tiempo, sino también volver a encontrarnos con una parte de nosotros mismos, con una historia que creíamos superada, con un vínculo que quedó suspendido, con una mirada, una conversación o un abrazo que alguna vez fueron importantes.

Los reencuentros tienen algo de puente: unen dos orillas que durante un tiempo estuvieron separadas y nos ofrecen la posibilidad de acercarnos nuevamente, aunque ya no seamos los mismos que éramos cuando nos alejamos. Y quizás ahí esté justamente su mayor riqueza: comprender que el tiempo transforma, que las personas cambiamos, que las circunstancias nos llevan por caminos diferentes.

A veces la vida se encarga de producir esos reencuentros de manera inesperada. Nos cruzamos con alguien en una calle, recibimos un mensaje después de años, aparece una fotografía que nos devuelve un recuerdo o simplemente surge la necesidad interna de buscar a una persona que significó algo para nosotros. Otras veces somos nosotros quienes decidimos tender el puente y dar el primer paso. Y no siempre es fácil. Porque acercarnos nuevamente puede despertar miedo, orgullo, incertidumbre o la pregunta de qué encontraremos del otro lado. ¿Será la misma persona? ¿Seremos nosotros los mismos? ¿Habrá algo que todavía nos una? ¿Valdrá la pena abrir nuevamente esa puerta?

Creo que los reencuentros no deberían ser pensados necesariamente como una vuelta al pasado, sino como una oportunidad para encontrarnos en el presente. Se trata de reconocer lo vivido y preguntarnos qué podemos construir ahora con aquello que quedó. Porque un puente no elimina la distancia entre dos orillas; simplemente permite atravesarla. Y quizás eso sea lo que necesitamos hacer tantas veces en nuestra vida: construir puentes allí donde alguna vez levantamos muros. Muros que construimos por enojo, por miedo, por orgullo, por decepción o simplemente porque necesitábamos protegernos. Algunos fueron necesarios. No todos los muros son malos; algunos nos ayudaron a cuidarnos cuando todavía no sabíamos hacerlo de otra manera.

No se trata de volver a ser quienes fuimos, sino de encontrarnos desde quienes somos hoy. Y esto requiere presencia, escucha y honestidad. Un verdadero reencuentro no necesita grandes discursos. A veces alcanza con un "qué lindo volver a verte", un "te extrañé", un "me acordé de vos", un "perdón por haberme alejado" o simplemente un abrazo que diga aquello que las palabras todavía no pueden expresar. Hay reencuentros que reparan. No porque puedan cambiar lo que sucedió, sino porque permiten resignificarlo. Podemos reconocer nuestros errores, aceptar los del otro y entender que todos hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos en cada momento de la vida. Esto no significa justificarlo todo ni volver a vínculos que nos hacen daño.

Construir puentes también implica saber hacia dónde queremos caminar y con quién. A veces necesitamos volver a mirar una situación para poder soltarla definitivamente. Y eso también puede ser un acto de amor propio. Reencontrarnos con alguien puede ayudarnos, además, a reencontrarnos con nosotros mismos. Hay personas que conocieron una versión nuestra que hoy casi no reconocemos. Amigos de la infancia, compañeros de juventud, familiares con quienes compartimos etapas importantes. Al volver a encontrarlos, aparecen recuerdos de quienes fuimos, sueños que tuvimos, lugares emocionales que habíamos olvidado. Nos muestran el paso del tiempo, pero también nuestra capacidad de transformarnos. Somos quienes fuimos y quienes estamos siendo. Somos nuestras experiencias, nuestras elecciones, nuestros errores, nuestros aprendizajes y también nuestras posibilidades.

Cada reencuentro puede ser una invitación a construir un puente hacia una parte de nuestra historia que necesita ser mirada con nuevos ojos. Y para construir un puente hacen falta dos orillas. No podemos construirlo solos si el otro no desea cruzarlo. Tender un puente no significa obligar a nadie a atravesarlo. Significa ofrecer la posibilidad del encuentro y respetar la decisión del otro. A veces el simple hecho de haberlo intentado nos permite quedarnos en paz. Quizás por eso los reencuentros requieren menos expectativas y más presencia. No necesitamos imaginar cómo debería ser ese momento. Podemos permitirnos descubrir cómo es. Porque cuando esperamos demasiado, corremos el riesgo de encontrarnos con una fantasía y no con la persona real. El otro cambió. Nosotros también. Y aceptar esa realidad puede hacer que el encuentro sea mucho más auténtico.

Tal vez hoy podamos preguntarnos con quién necesitamos construir un puente. Podemos pasar tanto tiempo atendiendo responsabilidades, necesidades ajenas y urgencias que dejamos de escucharnos. Y entonces llega el momento de volver. Volver a preguntarnos qué queremos, qué necesitamos, qué nos hace bien, qué estamos dispuestos a cambiar y qué ya no queremos seguir cargando. Ese también es un reencuentro. Uno de los más importantes.

En definitiva, los reencuentros nos recuerdan que la vida no siempre avanza en línea recta. Hay caminos que se separan y vuelven a cruzarse, personas que aparecen y desaparecen, historias que parecen terminadas y encuentran una nueva página. Por eso, si existe alguien con quien todavía sentimos que quedó un puente sin terminar, quizás podamos preguntarnos si es tiempo de retomarlo. Tal vez no haga falta una gran acción. Quizás alcance con un mensaje, una llamada, una invitación a tomar un café o simplemente con el deseo sincero de acercarnos. Y si del otro lado no encontramos respuesta, podremos aceptar que hicimos nuestra parte. Porque construir puentes también es aprender a soltar el resultado.

Y cada vez que elegimos escuchar en lugar de juzgar, comprender en lugar de suponer, preguntar en lugar de imaginar, perdonar cuando podemos y poner límites cuando necesitamos, estamos construyendo puentes. Quizás ese sea uno de los regalos más hermosos que podemos hacernos: permitir que algunos reencuentros sucedan, no para recuperar el pasado, sino para darle un nuevo significado. Porque nunca sabemos cuándo una persona, una palabra, una mirada o un abrazo pueden convertirse nuevamente en ese puente que nos ayude a llegar a una orilla que creíamos perdida. Y quizás, al cruzarlo, descubramos que del otro lado no estaba solamente alguien a quien extrañábamos, sino también una parte de nosotros que estaba esperando volver a casa. Namaste. Mariposa Luna Mágica. (gotasygotitasjujuy@gmail.com).

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