Ceuta volvió al centro de la atención europea, pero no por lo que realmente importa. Las imágenes de jóvenes entrando por el mar, bordeando el espigón del Tarajal, muestran el desenlace, no la causa.
Mirar solo el agua es quedarse con la escena final de una historia que empezó antes: en la economía marroquí, en la fragilidad de Ceuta, en la diplomacia española y en la costumbre europea de tercerizar el control de su frontera sur.
El dato más interesante no está en la valla, sino en las cuentas: en 2025, los marroquíes residentes en el exterior habrían enviado alrededor de US$ 13.300 millones en remesas a sus familias. Ese mismo año, la inversión extranjera directa habría rondado los US$ 6.100 millones. Marruecos recibió de quienes se fueron más del doble que de los inversores externos. La emigración, entonces, no es solo una pérdida humana; también funciona como fuente estable de divisas.
Esa proporción cambia el diagnóstico. No hace falta imaginar un plan deliberado para expulsar jóvenes. Basta con mirar el incentivo: si irse mejora la vida individual, alivia a la familia y además fortalece la balanza externa del país, la salida deja de ser una anomalía y se transforma en válvula de escape. El Estado puede lamentar la fuga de talento, pero sus cuentas se benefician de ella.
Marruecos no encaja en la caricatura del país pobre que expulsa población por hambre. Crece, construye infraestructura, moderniza rutas, amplía puertos, atrae turismo, exhibe obra pública y se prepara para grandes eventos internacionales. El problema es otro: crece sin distribuir oportunidades al mismo ritmo. Hay modernización visible, pero no movilidad social suficiente. Hay relato de futuro, pero muchos jóvenes no encuentran lugar en ese futuro.
Por eso Ceuta no recibe solamente miseria; recibe expectativas rotas. No es lo mismo huir del hambre que huir de un país donde el crecimiento parece reservado para otros. El joven que ve estadios, autopistas, autos nuevos, cobertura móvil y anuncios de modernización, pero no consigue empleo digno ni una puerta de ascenso, no se siente parte de un país atrasado, se siente excluido de un país que avanza sin él.
La cifra generacional explica más que cualquier consigna. El desempleo juvenil marroquí se ubica muy por encima del desempleo general. En la franja de 15 a 24 años, las cifras disponibles lo colocan cerca del 29%, mientras los indicadores de infrautilización laboral elevan todavía más la presión. Esa es la frontera que no se ve desde Madrid: la que separa el crecimiento macroeconómico de la frustración cotidiana.
Conviene separar rutas y causas. La ruta canaria, con fuerte presencia de personas procedentes del Sahel, responde muchas veces a guerra, hambre, colapso institucional o necesidad de protección internacional. El cruce a nado por Ceuta expresa otra lógica: jóvenes marroquíes conectados, informados por redes, conscientes de la diferencia salarial con Europa y dispuestos a asumir un riesgo extremo como inversión desesperada. Llamar a todo "migración africana" es una forma cómoda de no entender nada.
También debe revisarse el argumento de las mafias. Las redes criminales existen y lucran con muchas rutas migratorias. Cobran miles de euros por lanchas, traslados, documentos falsos y explotación posterior. Pero bordear a nado un espigón cuesta prácticamente cero. Esa ruta selecciona a quienes no tienen con qué pagar otra. Atribuir todo a mafias puede servir para trasladar responsabilidades: convierte un problema económico, político y diplomático en un asunto policial.
El nudo geopolítico está en la naturaleza de Ceuta y Melilla. España las presenta como continuidad nacional; Marruecos las mira como vestigios coloniales; Europa las necesita como frontera exterior; y el derecho internacional no ofrece una fórmula simple que sirva igual para todos los casos. Cada crisis migratoria reactiva una pregunta incómoda: cuánto de esa soberanía se sostiene por derecho, cuánto por historia, cuánto por control efectivo y cuánto por la capacidad diaria de administrar una frontera que depende del vecino.
La cuestión es reconocer una capacidad estructural. Una frontera tiene dos lados, pero Madrid administra solo uno, la otra orilla la administra Rabat. Si el país que rodea el enclave sabe que su cooperación es indispensable, esa cooperación se transforma en poder de negociación.
También surgió una hipótesis más que polémica; discutible pero presente en redes, análisis políticos y conversaciones de especialistas: la posibilidad de que la crisis de Ceuta haya funcionado también como mensaje indirecto sobre España por su posición frente a Estados Unidos e Israel. El argumento no descansa en una prueba pública concluyente, sino en una convergencia de intereses: Madrid se negó a prestar apoyo militar a la operación estadounidense e israelí contra Irán; Washington mantiene una relación estratégica con Marruecos y reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental; Rabat normalizó relaciones con Israel y sabe que Ceuta y Melilla son puntos sensibles para España, así como el Sahara lo es para Marruecos.
En esa lectura, la presión sobre Ceuta no necesitaría haber sido diseñada por terceros para tener valor político; bastaría con que haya sido permitida, amplificada o aprovechada dentro de un tablero donde Rabat, Washington y Tel Aviv tienen intereses cruzados.
Ceuta tampoco es una ciudad robusta esperando detrás de la valla. Tiene base productiva limitada, dependencia de decisiones tomadas lejos, condición aduanera singular, sobrecostos logísticos y desempleo elevado para estándares españoles. Recibe presión externa con una estructura interna débil. No solo está rodeada por Marruecos; también está condicionada por su propia fragilidad.
El análisis serio debe evitar dos errores: el primero es convertir todo en conspiración, como si cada joven que cruza fuera una pieza movida por servicios de inteligencia. El segundo es negar la dimensión geopolítica y hablar solo de emergencia humanitaria. Puede haber decisión individual, frustración social y aprovechamiento estatal al mismo tiempo. Un joven no necesita obedecer a Rabat para que Rabat pueda beneficiarse políticamente de su movimiento.
La pregunta entonces es quién controla el ritmo de esa frontera y quién gana cuando ese ritmo cambia. Si Marruecos puede modular la presión, Ceuta seguirá siendo herramienta. Si España no puede anticipar el desborde, su soberanía queda debilitada. Si Europa delega contención, tendrá que pagar el costo político de esa dependencia. Y si la juventud marroquí encuentra más futuro marchándose que quedándose, la frontera seguirá recibiendo lo que el modelo interno no absorbe.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).