De pequeña me reía mucho con los dibujitos animados. Con Tom y Jerry renegaba un poco: a veces Tom me daba pena. Al fin de cuentas, era sólo un gato. Y, como todo gato, quería atrapar un ratón.
Con los años fui descubriendo: muchos dibujos que parecían destinados a los niños escondían preguntas bastante adultas. Detrás del humor, de las persecuciones imposibles y de personajes que caían de un precipicio para levantarse segundos después, aparecían verdaderas metáforas de nuestra manera de vivir.
Hay una imagen que recuerdo es la de un jinete avanzaba sobre su caballo. Por momentos va erguido, mira hacia adelante, dueño de la marcha. De pronto la montura gira y el hombre quedaba cabeza abajo, arrastrándose mientras el caballo continuaba su camino.
Lo extraordinario era que no se detenía. Avanzaba. Su cabeza golpeaba contra el suelo, pero avanzaba. Cuánto nos parecemos a veces a aquel jinete. "Seguir" casi en una virtud incuestionable. Seguir trabajando, sosteniendo, respondiendo, produciendo, siendo fuertes, aunque duela.
Sin preguntamos: ¿Cómo estoy avanzando? ¿Quién lleva las riendas de mi vida? ¿O hace tiempo que algo tomó velocidad y simplemente intento no caerme? ¿Hacia dónde corre mi caballo? ¿Mi cuerpo quiere ir hacia el mismo lugar que mi cabeza? ¿Estoy guiando mi vida o sobreviviendo a su velocidad? ¿O lo que alguna vez me protegió hoy me aprieta?
Imaginemos por un momento nuestra vida como ese viaje: el caballo es nuestra naturaleza instintiva. Es cuerpo, emoción, deseo, miedo, sexualidad, impulso, intuición, necesidad de descanso, capacidad de percibir peligro y también deseo de explorar. El caballo siente antes de explicar: se sobresalta, entusiasma, cansa, planta, corre. Busca seguridad. Nuestro organismo hace algo parecido.
Muchas veces el cuerpo ya sabe que algo no está funcionando mientras nuestra cabeza continúa elaborando argumentos para permanecer allí. El insomnio aparece antes de que reconozcamos la preocupación. El pecho se cierra antes de que admitamos el miedo. El estómago se contrae frente a alguien mientras la mente insiste: "no pasa nada". La irritabilidad aparece cuando todavía seguimos diciendo: "yo puedo con todo".
El cuerpo no siempre tiene la razón, pero siempre tiene información. El jinete, en cambio, puede representar nuestra conciencia: la mente capaz de observar, anticipar, decidir, planificar y darle dirección a esa enorme energía. Necesitamos jinete y el caballo. Un jinete sin caballo puede imaginar caminos, pero no tiene energía para recorrerlos. Un caballo sin jinete posee fuerza, pero puede correr sin dirección. La montura es aquello que permite que ambos permanezcan en relación. Podemos pensarla como nuestra estructura psicológica: creencias, hábitos, aprendizajes, límites, valores, vínculos, modos de regular nuestras emociones y maneras aprendidas de estar en el mundo. Algunas monturas fueron construidas en la infancia. "Tenés que ser fuerte". "No molestes". "Primero los demás". "No llores". "Tenés que poder sola". "Si te equivocás, decepcionás". Tal vez durante años esas frases nos ayudaron a sobrevivir, pertenecer o recibir reconocimiento.
El problema aparece cuando seguimos cabalgando con una montura diseñada para quien fuimos y no para quien somos.
¿Qué montura llevo puesta hoy? ¿Está hecha de confianza o miedo? ¿Elección o mandato? ¿Límites o culpa? ¿Presencia o automatismos? ¿Ajustado? ¿Está suelta, me desestabiliza? ¿Quién la construyó? ¿Todavía me sirve?
Jung cuestionó la idea de que nuestra conciencia gobierna por completo la vida. Todos llevamos zonas que no siempre reconocemos: miedos, impulsos, contradicciones. Jung llamó Sombra a parte de ese territorio negado. Y lo que no escuchamos suele encontrar otra forma de aparecer: quien nunca se permite enojarse, explota; quien necesita controlarlo todo, sufre ante lo imprevisible; quien vive desde el "yo puedo con todo", quizás un día descubra que su cuerpo ya no puede más. No porque el caballo sea el enemigo, sino porque llevaba demasiado tiempo intentando ser escuchado. Para Jung, crecer no es dominar esas fuerzas, sino integrarlas. No dominar al caballo. Conocerlo.
La Gestalt agrega una herramienta esencial para hacerlo: el darse cuenta. Antes de cambiar, necesito percibir. ¿Qué estoy sintiendo? ¿Qué pienso? ¿Qué hace mi cuerpo mientras mi boca dice "estoy bien"? ¿Qué necesito? ¿Qué estoy evitando? Una mujer sostiene durante meses: "estoy cansada, pero ahora no puedo parar". Trabaja, cuida, organiza, resuelve. Una mañana no encuentra las llaves y se larga a llorar. Quizá las llaves que perdió no son sólo las de la casa. El caballo llevaba meses avisando.
Hay una escena de El último samurái que expresa bellamente esta tensión. Nathan Algren intenta aprender el arte del combate samurái. Tiene fuerza, entrenamiento y voluntad, pero pierde una y otra vez. Está pendiente del adversario, de su técnica, de no equivocarse, de lo que acaba de suceder y de lo que podría suceder. Hasta que recibe una observación sencilla: "Toomanymind". Demasiada mente. Mente en el otro. Mente en el miedo. Mente en el resultado. Entonces algo cambia. No deja de pensar: deja de fragmentar su presencia. Respiración, cuerpo, mirada, espada y percepción comienzan a integrarse. ¿Cuántas mentes llevamos nosotros mientras intentamos cabalgar? Una está en lo que pasó ayer. Otra anticipa mañana. Otra contesta un mensaje. Otra imagina lo peor. Otra intenta adivinar qué piensan de nosotros. Otra se compara, exige o juzga. Y mientras todas hablan al mismo tiempo, ¿quién está viviendo esta vida? Pensar es extraordinario; pero vivir únicamente dentro del pensamiento puede alejarnos de la experiencia.
El taoísmo aporta otra bella imagen: el agua. El agua avanza, pero no pelea contra cada piedra. La rodea, encuentra una abertura, cambia de forma sin perder su naturaleza. Quizá conducir nuestra vida tampoco consista en controlar rígidamente al caballo ni en soltar las riendas para que corra hacia cualquier parte.
Existe una tercera posibilidad: aprender a conducir escuchando. Cuando la vida da vuelta la montura. Y hay momentos en los que ni siquiera elegimos detenernos. Una enfermedad. Una separación. Una pérdida. Un despido. Un proyecto que fracasa. Algo inesperado ocurre y, de pronto, la vida da vuelta nuestra montura. Podemos seguir cabeza abajo, golpeándonos contra las piedras mientras repetimos: "esto no debería estar pasando". O podemos detenernos y cambiar la pregunta: "ya que esto está pasando, ¿cómo quiero atravesarlo?"
Aceptar no significa aprobar ni resignarse. Significa reconocer el terreno real desde el cual podemos comenzar a movernos. Alguien puede pasar meses después de una separación preguntándose: "¿qué hubiera pasado si decía otra cosa?, ¿si esperaba?, ¿si actuaba diferente?". Hasta que un día aparece otra pregunta: "¿quién puedo ser ahora que esto terminó?". Y el caballo comienza a cambiar de dirección. Y entonces volvemos a la infancia, a aquella risa frente a la pantalla y al dibujo de aquel jinete que jamás detenía su marcha.
Tal vez la verdadera valentía no consista en resistir los golpes contra el suelo, ni en demostrarle al mundo que podemos avanzar con la cabeza rota a cambio de llegar a ninguna parte. La verdadera maestría de vivir exige algo mucho más radical: frenar, soltar las riendas del control tirano y atreverse a mirar de frente al animal que nos sostiene. Porque la vida no se trata de cuántas veces logramos mantenernos montados a los ponchazos, sino de aprender, por fin, a cabalgar en paz. La próxima vez que sientas que el mundo te arrastra y que la montura vuelve a dar la vuelta, no sigas corriendo. Detenete. Acaricia el lomo de tu propio instinto, escucha lo que el cuerpo lleva tanto tiempo intentando decirte, y hazte la única pregunta que verdaderamente importa: si hoy ya no tuvieras que demostrarle nada a nadie, ¿seguirías cabalgando hacia el mismo lugar?
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.