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Santiago del Estero se enamoró de ella y yo también

Lunes, 10 de agosto de 2026 21:49

Hay ciudades que uno conoce antes de haberlas pisado. Las construye con relatos ajenos, con fotografías antiguas, con frases repetidas tantas veces que terminan pareciendo verdades. Santiago del Estero fue, para muchos, una de esas ciudades. Quien nunca estuvo allí podía imaginar una provincia detenida en el tiempo, perdida detrás de los grandes mapas del país, condenada a la siesta, al calor y a una geografía donde la modernidad llegaba siempre tarde. Una provincia que parecía haber quedado a la vera de la historia. Hasta que uno llega. Y entonces el prejuicio comienza a desmoronarse como una pared vieja.

Santiago sorprende desde la primera mirada. No porque haya dejado de ser Santiago, sino porque decidió transformarse sin renunciar a lo que es. La ciudad tiene otra escala, otro movimiento, otra manera de encontrarse con sus propios habitantes. Avenidas amplias, espacios verdes, paseos, iluminación, infraestructura urbana, lugares recuperados y nuevos escenarios aparecen como las piezas de una transformación que no parece pensada solamente para mostrar una ciudad más bonita, sino para hacerla más habitable. Hay una diferencia profunda entre construir para la fotografía y construir para la vida. Santiago parece haber elegido lo segundo.

Y cuando cae la tarde, cuando la luz comienza a desarmarse lentamente sobre la ciudad, uno entiende que una transformación urbana también puede ser una forma de poesía. El río Dulce acompaña el paisaje como una presencia antigua; los espacios públicos se llenan de familias, jóvenes, niños, caminantes; la ciudad respira de otra manera. No es solamente cemento. Es la recuperación de la idea de que una plaza, un parque, una avenida o un paseo pertenecen a la gente y pueden convertirse en lugares de encuentro.Hay algo particularmente significativo en esa decisión: una ciudad que mejora sus espacios públicos está diciendo que cree en quienes los van a usar.

También está la cultura. Santiago no parece vivir su identidad como una pieza congelada del pasado. El folclore, la música, la danza y las tradiciones conviven con propuestas culturales contemporáneas y con espacios destinados a que el arte tenga dónde expresarse. La memoria no funciona allí como una cadena que ata, sino como una raíz. Y una raíz sirve precisamente para eso: para sostener el crecimiento.

El deporte completa esa transformación. La construcción y modernización de escenarios deportivos, la llegada de grandes acontecimientos y la apuesta por una infraestructura capaz de recibir competencias nacionales e internacionales colocaron a Santiago en una conversación de la que durante mucho tiempo parecía ausente. Y eso tiene una importancia que va mucho más allá de un resultado deportivo. Un estadio, un polideportivo, una pista, una cancha, pueden ser también lugares donde un chico descubre que tiene derecho a soñar.

Pero hay una transformación que ningún arquitecto puede dibujar y ningún presupuesto puede explicar completamente: la de su gente. Santiago recibe bien. Hay una cordialidad que no parece impostada. Una manera de conversar, de orientar, de abrir una puerta, de compartir una mesa. La hospitalidad santiagueña tiene algo antiguo, casi familiar. Y cuando una ciudad consigue combinar infraestructura, cultura, deporte y esa manera sencilla de tratar al que llega, sucede algo que no se puede inaugurar con una cinta: la ciudad empieza a tener alma.

Entonces aparece el segundo momento. El espejo.Porque después de mirar Santiago, inevitablemente uno vuelve la mirada hacia Jujuy. Y no para compararnos desde la mezquindad ni para decir que una provincia es mejor que otra. Tampoco para copiar modelos ajenos. Cada territorio tiene su historia, sus heridas, sus posibilidades y sus propios tiempos. Pero hay espejos que no sirven para imitarnos: sirven para preguntarnos.Y Jujuy tiene mucho para preguntarse.

Tenemos una belleza que parece exagerada por la naturaleza. La Quebrada, la Puna, los valles, los cerros, los colores, los ríos. Tenemos una cultura que no necesita ser inventada porque viene de muy lejos: carnaval, música, gastronomía, artesanías, memoria, tradiciones, historias familiares y una identidad que constituye uno de nuestros mayores patrimonios. Tenemos artistas, trabajadores, docentes, deportistas, jóvenes con talento y una sociedad que ha demostrado innumerables veces su capacidad para resistir. Pero tener belleza no alcanza.

La belleza necesita planificación para convertirse en bienestar. La cultura necesita espacios. El deporte necesita infraestructura. Los jóvenes necesitan lugares donde encontrarse. Los niños necesitan parques. Los adultos mayores necesitan ciudades caminables. Los barrios necesitan servicios. Y una provincia necesita pensar no solamente cómo administrar lo que tiene, sino cómo construir aquello que todavía le falta. Ahí Santiago nos devuelve una pregunta.

No: "¿por qué ellos y nosotros no?" La pregunta verdadera es otra: "¿qué podríamos hacer nosotros con todo lo que tenemos?".

Porque Jujuy no necesita dejar de ser Jujuy. No necesita esconder sus montañas detrás de la modernidad ni reemplazar su identidad por una arquitectura sin memoria. Necesita exactamente lo contrario: poner la modernidad al servicio de su identidad. Hacer que sus paisajes sean también calidad de vida. Que su cultura tenga escenarios a la altura de su riqueza. Que el deporte tenga lugares donde nuestros chicos puedan construir futuro. Que nuestros espacios públicos sean verdaderos lugares de encuentro. Que nuestras ciudades puedan ser bellas no solamente porque la naturaleza las favoreció, sino porque nosotros decidimos cuidarlas.

Santiago del Estero deja una enseñanza que excede sus avenidas y sus edificios: una provincia también puede cambiar la imagen que tiene de sí misma.

Y quizás allí esté la verdadera revolución. Porque durante demasiado tiempo algunas provincias argentinas fueron narradas desde afuera. Santiago fue una de ellas. Hasta que comenzó a escribir su propia versión. Hoy, quien llega esperando encontrar una provincia olvidada descubre otra cosa: una provincia que decidió no olvidarse de sí misma. Eso es lo que vuelve interesante el espejo.

No nos muestra una Santiago perfecta. Nos muestra una Santiago que se animó a imaginarse distinta.Y entonces Jujuy aparece del otro lado del cristal, con sus montañas, sus colores, su historia y sus contradicciones. Hermosa, sí. Inconfundible, también. Pero todavía con una enorme tarea por delante.Quizás necesitamos enamorarnos nuevamente de nuestra propia tierra. No desde la nostalgia, sino desde el futuro. No diciendo solamente "qué hermoso es Jujuy", sino preguntándonos qué podemos hacer para que vivir aquí sea tan hermoso como contemplarlo.

Porque las provincias también pueden enamorarse.Y cuando una provincia vuelve a enamorarse de sí misma, comienza a cuidar mejor sus calles, sus plazas, sus artistas, sus deportistas, sus niños, sus viejos, sus ríos, sus montañas y, sobre todo, empieza a creer que el futuro no es un lugar al que se llega: es un lugar que se construye.

Quizás ese haya sido el verdadero viaje a Santiago del Estero. No ir a buscar una provincia distinta.Ir a descubrir que nosotros también podemos serlo.

(*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.

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