Hay inviernos que no se miden en grados bajo cero. Se miden en silencios. En puertas que permanecen cerradas. En manos agrietadas buscando un poco de calor. En escuelas donde el aprendizaje debe disputar espacio con el temblor de los cuerpos. En personas que hacen de una vereda su dormitorio mientras la ciudad continúa su marcha con una naturalidad que inquieta. El frío, cuando alcanza cierta intensidad, deja de ser un fenómeno meteorológico para convertirse en un espejo moral. Nos obliga a mirarnos y a preguntarnos quiénes somos cuando la temperatura cae y las palabras ya no alcanzan para abrigar a nadie.
Jujuy atraviesa días de un frío extremo. No es una novedad. Nuestra geografía conoce el rigor del invierno desde mucho antes que existieran los pronósticos y las aplicaciones del celular. Lo verdaderamente novedoso es que, año tras año, pareciera sorprendernos que haya personas sin techo, escuelas con problemas de calefacción y familias que no pueden encender una estufa porque la factura del gas o de la electricidad se ha convertido en un lujo imposible de sostener. Resulta curioso cómo la naturaleza conserva una lógica más honesta que la política. El viento sopla para todos. La helada cae sobre ricos y pobres. Pero sus consecuencias nunca son iguales. Hay quienes enfrentan la madrugada detrás de una ventana con doble vidrio, mientras otros apenas encuentran un cartón para aislarse del suelo congelado. El clima no discrimina; las desigualdades sí.
Cada invierno devuelve la misma escena: hombres y mujeres durmiendo en las calles, envueltos en mantas insuficientes, convertidos casi en parte del paisaje urbano. Y acaso ese sea el mayor peligro: que la miseria se vuelva paisaje, que deje de escandalizarnos, que aprendamos a caminar alrededor del sufrimiento sin detenernos siquiera a mirarlo. Cuando una sociedad normaliza que alguien pase la noche a la intemperie, el problema ya no es solamente social; es profundamente ético.
Las escuelas ofrecen otra imagen que interpela. Desde hace décadas repetimos que la educación constituye la herramienta más poderosa para construir un futuro diferente. Sin embargo, todavía existen establecimientos donde el invierno entra por las ventanas, donde la calefacción es insuficiente o inexistente y donde enseñar y aprender exige, además del esfuerzo intelectual, una resistencia física que nunca debería formar parte del proceso educativo. Ningún niño debería intentar resolver una cuenta matemática con los dedos entumecidos por el frío. Ningún docente debería transformar el aula en una batalla contra la temperatura antes que en un espacio para el conocimiento.
Mientras tanto, otra escena convive con esa realidad. Las oficinas públicas funcionan con calefacción, comodidad y resguardo. Nadie discute que quienes trabajan allí merecen condiciones dignas. Lo preocupante es que esa dignidad parezca detenerse en la puerta de los edificios administrativos. Porque si el Estado puede garantizar confort para quienes toman decisiones, también debería garantizar condiciones mínimas para quienes estudian, para quienes esperan atención en un hospital o para quienes no tienen siquiera un techo donde refugiarse. Las prioridades de una gestión rara vez se descubren en sus discursos; suelen encontrarse en aquello que decide proteger primero.
A todo ello se suma una carga silenciosa que pesa sobre miles de hogares: el costo de mantenerse calientes. Las tarifas del gas y de la electricidad obligan a muchas familias a realizar cálculos imposibles. Encender una estufa deja de ser un acto cotidiano para convertirse en una decisión económica. Cada grado de temperatura parece tener precio. El calor, que debería formar parte de los derechos esenciales durante un invierno tan riguroso, comienza a transformarse en un bien reservado para quienes pueden pagarlo sin sacrificar otros aspectos de su vida.
Paradójicamente, mientras el invierno endurece las calles, otro calor atraviesa al mundo. El Mundial vuelve a demostrar que el fútbol posee una capacidad extraordinaria para reunir multitudes, suspender diferencias y fabricar una emoción colectiva difícil de explicar. Hay abrazos, banderas, cafés llenos, televisores encendidos y corazones latiendo al ritmo de un partido. Durante noventa minutos pareciera que la humanidad entera comparte una misma temperatura emocional. Y, sin embargo, conviene recordar que el entusiasmo también puede convertirse en distracción. Ningún gol abriga a quien duerme bajo un puente. Ningún campeonato reemplaza una estufa. Ninguna celebración deportiva debería impedirnos mirar aquello que ocurre apenas unas cuadras más allá de la pantalla. El calor de la pasión futbolera es hermoso precisamente porque nace del encuentro entre las personas. Tal vez esa misma energía podría ayudarnos a construir una sociedad donde nadie tenga que enfrentar el invierno completamente solo.
Las civilizaciones suelen ser recordadas por sus monumentos, por sus conquistas o por sus hazañas. Pero también podrían juzgarse por algo mucho más sencillo: la manera en que trataron a quienes más necesitaban protección cuando llegó el frío. Allí reside la verdadera medida de una comunidad. Porque el invierno, en definitiva, no pone a prueba únicamente la resistencia del cuerpo. Pone a prueba la calidad de nuestras instituciones, la sensibilidad de nuestros gobernantes y la conciencia de cada ciudadano. Las bajas temperaturas terminarán pasando, como pasan todas las estaciones. Lo que permanecerá será la memoria de nuestras decisiones.
Y acaso la pregunta más incómoda sea esta: cuando el frío finalmente se retire de Jujuy, ¿habremos aprendido algo o volveremos a esperar, resignados, el próximo invierno para descubrir, una vez más, las mismas desigualdades congeladas?
(*) Miguel Angel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.