La última Cumbre de presidentes del Mercosur, realizada en Asunción, dejó una paradoja difícil de ocultar. El bloque celebró los treinta y cinco años del Tratado de Asunción, la entrada en aplicación provisional del acuerdo comercial con la Unión Europea y la apertura de negociaciones con Japón. Sin embargo, la discusión más importante no estuvo afuera, sino dentro del propio Mercosur: ¿Cómo repartir los beneficios de un acuerdo negociado colectivamente cuando algunos países y empresas tienen mucha mayor capacidad que otros para aprovecharlos?
El presidente de Paraguay, el anfitrión, Santiago Peña, fue quien colocó el problema sobre la mesa con mayor claridad. Dijo que la implementación inicial del acuerdo con Europa le había dejado a su país un "sabor amargo" y cuestionó que las cuotas de exportación con preferencias arancelarias terminaran adjudicándose mediante el sistema del primero que llega. Paraguay reclama que se le reserve el 25% de los contingentes regionales, especialmente en productos como carne bovina refrigerada y congelada, arroz, miel y otros bienes agroindustriales. Lo que cuestiona es que un acuerdo celebrado en nombre del Mercosur termine reproduciendo las mismas asimetrías que el bloque supuestamente debería reducir. "¿Queremos un Mercosur donde el más fuerte atropelle al más débil?", preguntó Peña. Su planteo parte de una realidad objetiva: Paraguay no tiene litoral marítimo, afronta mayores costos logísticos, dispone de menos infraestructura exportadora y cuenta con un número más reducido de empresas con canales comerciales ya consolidados en Europa. Para el mandatario paraguayo, sin reglas compensatorias no existe una competencia verdadera, porque "la cancha no está nivelada para todos".
El conflicto surgió porque los países del Mercosur no acordaron previamente cómo distribuir entre ellos las cuotas (que permiten exportar volúmenes específicos con aranceles reducidos o nulos), concedidas por la Unión Europea. Mientras no exista ese acuerdo, se aplica el criterio conocido como "primero entrado, primero servido": el beneficio arancelario corresponde al embarque cuya declaración aduanera sea aceptada primero por las autoridades europeas, hasta que se completa el cupo disponible.
El resultado fue inmediato: Argentina utilizó el 100% de la cuota regional de ovoproductos (productos derivados del huevo sin cáscara, procesados industrialmente) correspondiente a 2026, equivalente a 333 toneladas. También captó más del 80% del primer contingente de miel libre de aranceles.
En el arroz, Uruguay se quedó con aproximadamente el 63% de las 6.667 toneladas disponibles para 2026, mientras que Argentina absorbió prácticamente el resto. El Gobierno uruguayo presentó el resultado como un éxito de su sector productivo y de su capacidad de anticipación. Pero aquello que para Uruguay fue celebrado como un gol representó, para Paraguay y Brasil, la confirmación de que habían comenzado el partido cuando buena parte de las cuotas ya estaban adjudicadas.
Por otro lado, el presidente brasileño Lula da Silva, eligió otro enfoque: defendió la unidad del Mercosur por encima de las diferencias ideológicas y advirtió que ningún país obtendrá mayor autonomía mediante alineamientos automáticos o decisiones excluyentes. También anunció que Brasil aportará 100 millones de dólares anuales durante diez años a una nueva etapa del Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur, precisamente el instrumento creado para reducir las asimetrías entre los miembros. Propuso además avanzar hacia una integración financiera regional, tomando como referencia el sistema brasileño de pagos instantáneos Pix. La idea apunta a reducir costos de las transacciones, estimular el comercio en monedas locales y disminuir la exposición frente a crisis externas.
La posición argentina fue casi la opuesta. El presidente Javier Milei no asistió y fue representado por el canciller Pablo Quirno. La explicación oficial fue que el motivo de su ausencia fue porque permaneció en el país por asuntos de política interna. Sin embargo, la decisión se produjo después de que recibiera y respaldara públicamente a Flávio Bolsonaro, rival electoral de Lula en Brasil. Por eso esta situación también fue interpretada como una forma de evitar el encuentro con el mandatario brasileño.
Quirno reclamó un Mercosur más flexible, con un arancel externo común menos restrictivo y mayor libertad para que los socios negocien acuerdos comerciales individuales. Para la Argentina, un bloque que quiera competir en el siglo XXI no puede conservar estructuras arancelarias que lo aíslen.
Por su parte, Yamandú Orsi, quien recibió la presidencia pro tempore para Uruguay, también habló de construir un Mercosur más moderno y abierto al mundo, aunque sin llegar al grado de ruptura que propone la Argentina. Señaló como prioridades la implementación de los acuerdos con la Unión Europea y la Asociación Europea de Libre Comercio, la integración fronteriza, la seguridad regional y la continuidad del Focem.
El presidente boliviano Rodrigo Paz pidió acelerar la incorporación plena de Bolivia y sostuvo que la integración debe permitir a América Latina generar mayor independencia e igualdad. Chile, representado por José Antonio Kast, y Ecuador, por Daniel Noboa, participaron como Estados asociados, aunque las principales divergencias económicas quedaron planteadas entre Paraguay, Brasil, Uruguay y la representación argentina.
La declaración final intentó conciliar las diferencias. Los países se comprometieron a buscar una solución consensuada para que los beneficios de los acuerdos comerciales alcancen a todos los socios. También hablaron genéricamente de desarrollar rutas y corredores regionales, pero no hubo una mención específica al Corredor Bioceánico de Capricornio, pese a que conecta precisamente a Paraguay, Brasil, Argentina y Chile y podría reducir algunas de las desventajas logísticas expuestas por Peña.
Esa ausencia no es menor; el presidente paraguayo reclamó compensaciones por la mediterraneidad de su país, pero la principal infraestructura destinada a modificar esa condición no ocupó un lugar central en el debate presidencial. Se discutieron acerca de cuotas, mercados y aranceles, pero no suficientemente sobre cómo trasladar la producción desde los territorios interiores hasta los puertos del Atlántico y el Pacífico.
La Cumbre de Asunción dejó así una definición incómoda. El Mercosur logró abrir las puertas de Europa, pero todavía no sabe cómo organizar el ingreso de sus propios socios. Sin reglas comunes claras y consensuadas, la integración corre el riesgo de transformarse en una carrera administrativa en la que no gana necesariamente quien produce mejor, sino quien tiene sus documentos, sus barcos, sus clientes y sus empresas preparados antes que los demás.
Un mercado común no puede limitarse solamente a negociar unido frente al mundo: también debe ser capaz de actuar con justicia hacia adentro.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).