Antes de entrar en la discusión conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿el racismo pertenece al pasado o simplemente aprendió a esconderse mejor? La respuesta no es sencilla. Durante décadas creímos que las grandes tragedias del siglo XX habían sepultado para siempre las teorías de la superioridad racial. Sin embargo, basta observar el mundo contemporáneo para descubrir que el prejuicio sigue respirando bajo nuevas formas. Cambió el lenguaje, cambiaron los escenarios y cambiaron los protagonistas, pero la lógica permanece intacta: establecer diferencias entre seres humanos para justificar privilegios, exclusiones y desigualdades.
El racismo no consiste únicamente en el rechazo hacia una persona por el color de su piel. Es una construcción histórica, política y cultural que clasifica a las personas según características físicas, origen étnico o procedencia, inclinaciones religiosas o políticas, atribuyéndoles cualidades morales, intelectuales o sociales que no tienen fundamento científico alguno. En otras palabras, es una manera de convertir las diferencias en desigualdades. Cuando una sociedad acepta que unos valen más que otros por haber nacido de determinada manera, el racismo deja de ser una opinión individual para transformarse en una estructura que condiciona oportunidades, derechos y destinos.
América Latina conoce demasiado bien esa historia. La conquista y la colonización no significaron solamente la ocupación territorial de un continente. También impusieron una forma de mirar a quienes ya habitaban estas tierras: los pueblos originarios fueron considerados inferiores, incapaces de gobernarse por sí mismos; la gran dicotomía entre la "Civilización y la Barbarie" y millones de africanos fueron arrancados de sus hogares y convertidos en mercancía para el trabajo esclavo, solo por citar ejemplos. La violencia física fue acompañada por una violencia simbólica que clasificó a las personas según el color de la piel, la sangre o el origen, y se construyó un sistema de castas que perdura hasta nuestros días. Las independencias latinoamericanas proclamaron la igualdad jurídica, y emancipación de sus metrópolis, pero no siempre modificaron esas jerarquías invisibles. Las nuevas Repúblicas nacieron con discursos emancipadores, aunque conservaron prácticas de exclusión que continuaron marginando a pueblos originarios, afrodescendientes y sectores populares. Cambiaron las banderas, pero no cambió la mirada. Esa contradicción explica por qué la igualdad escrita en las constituciones ha tardado tanto en convertirse en igualdad real.
El siglo XX mostró hasta dónde puede llegar el racismo cuando deja de ser un prejuicio para convertirse en política de Estado. El nazismo llevó la idea de la supremacía racial a su expresión más brutal, justificando el exterminio sistemático de millones de personas. En Estados Unidos, la segregación racial mantuvo durante décadas separados a ciudadanos blancos y negros en escuelas, transportes y espacios públicos. En Sudáfrica, el Apartheid institucionalizó legalmente la separación entre razas, convirtiendo la discriminación en norma y la desigualdad en ley. Aquellas experiencias dejaron una enseñanza que aún conserva vigencia: el racismo no comienza con los campos de concentración ni con las leyes segregacionistas. Empieza mucho antes, cuando una sociedad naturaliza el desprecio hacia el diferente, cuando convierte un estereotipo en verdad o cuando acepta silenciosamente que determinados grupos merecen menos derechos.
Hoy el racismo rara vez se presenta con los mismos rostros del pasado. Se manifiesta de maneras más sutiles, aunque no menos peligrosas. Aparece en la discriminación hacia migrantes, en la xenofobia que culpa al extranjero de los problemas económicos, en el antisemitismo que resurge periódicamente, en la islamofobia, en el rechazo a los pueblos originarios, en la violencia verbal de las redes sociales y en los discursos de odio que encuentran amplificación en los algoritmos digitales. El prejuicio aprendió a vestirse de argumento político, de humor, de comentario cotidiano o de aparente sentido común.
En ese contexto resulta inevitable mirar hacia nosotros mismos. Argentina suele describirse como un país abierto, diverso e integrador. Esa imagen forma parte de nuestra identidad colectiva y encuentra sustento en una larga tradición de inmigración y convivencia. Por ello, tratar de describirla como nación racista, es injusto. Sin embargo, también convive con prácticas discriminatorias que afectan a pueblos originarios, comunidades afrodescendientes, migrantes de países limítrofes e, incluso, a quienes provienen de las provincias del norte. Muchas veces el acento, los rasgos físicos, el apellido o el lugar de nacimiento siguen funcionando como etiquetas que generan prejuicios y exclusiones. Tal vez el "negro de mier... ", sea la expresión más actual de este acápite.
Por eso, quizá la pregunta correcta no sea si Argentina es o no un país racista. Las sociedades no pueden resumirse en una sola definición. La verdadera pregunta es cuánto de esos prejuicios históricos sigue habitando nuestras instituciones, nuestras conversaciones cotidianas y nuestras decisiones colectivas. Negarlo sería tan equivocado como afirmar que toda la sociedad responde a una única conducta. La autocrítica es siempre más útil que la negación. El desafío de nuestro tiempo consiste en comprender que la igualdad no se alcanza únicamente mediante leyes. Requiere educación y una decisión permanente de reconocer al otro como un igual en dignidad. El racismo no desaparece cuando dejamos de pronunciar determinadas palabras; desaparece cuando dejamos de pensar que existen personas destinadas a ocupar un lugar inferior por el simple hecho de haber nacido diferentes.
Quizá esa sea la mayor lección que nos deja la historia. Ninguna civilización se engrandeció despreciando la diversidad. Las sociedades verdaderamente fuertes son aquellas capaces de convertir las diferencias en riqueza y no en motivo de exclusión. Porque el racismo nunca habla solamente de quienes lo padecen. Habla, sobre todo, de la pobreza moral de quienes todavía necesitan inventar seres humanos de primera y de segunda categoría para sentirse superiores.