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Alto Calilegua, un pueblito en las nubes...

Miércoles, 15 de julio de 2026 23:00

La siguiente expedición ocurrió a mediados del 2019 y, aunque desde hace años ya no funciona la Escuela N° 130 de Alto Calilegua, la perseverancia de Betty y la apuesta por el turismo de naturaleza, mantienen vivo este mágico lugar.

"Antes de coronar el Cerro Hermoso, luego de una cuesta, abajo y a la izquierda, en una pequeña pradera, como suspendido en las alturas, está el pueblito de Alto Calilegua, el más cercano a la cumbre. Su iglesia, escuela y las casitas aparecen como pintadas en el paisaje...". De Juan Carlos Giménez, Nuestras Yungas, relatos en la selva jujeña (Ediciones del Subtrópico, 2008).

Los pies se movían con dificultad, como encadenados que arrastraban una pesada carga, quizás los 19 km que nos separaban a pie del pueblo de San Francisco, en las Yungas de Jujuy habían hecho su efecto, quizás los 1.300 metros de desnivel que atravesando los bosques montanos por una angosta senda nos permitieron llegar, contribuyeron también. Las 11 horas de caminar casi interrumpidas, a ratos para disfrutar del paisaje, de mirar a lo lejos, tanto como nuestras miradas lo permitieran. Esa sucesión de cerros de distintas tonalidades azules, se iban divisando hasta el infinito... Esa paz que sólo las montañas permiten...

Nos acercamos a la escuela, que, si bien estaba a pocos cientos de metros, parecían eternas en transcurrir las distancias que nos separaban. Era la tarde, quizás las cinco de la tarde, la jornada escolar a punto de culminar, nos encontramos a la directora, la única maestra, docente de educación física y los dos alumnos, hermanitos entre sí. Sensación de aislamiento, de soledad, de cierta incredulidad en esa escuela enclavada entre montañas infinitas, en un pastizal mantenido a fuerza de pastoreo.

Estamos en la época invernal, casi nadie habita este pueblo en esta época, sólo algunos, los que sienten que estar, es pertenecer... En ese momento, que podría haber sido cualquier otro, son efectivamente las cinco de la tarde. La agenda escolar reclama el cierre de la jornada y el arrío de la bandera. Los dos alumnos, la maestra, la directora, nosotros... La más pequeña al pie del mástil, su hermano firme a su lado, la bandera flamea en lo alto, las dos docentes entonan a capella el himno a la bandera... cantan, estremecen, angustian, "Salve Argentina, bandera azul y blanca, jirón del cielo en donde reina el sol, tú, la más noble, la más gloriosa y santa, el firmamento tu color te dio". Ese firmamento que nos cubría a todos y nos llenaba de soledad y de incredulidad ante un país que pudo ser, pero que nunca pudo...

Nos regresamos, pensativos, a nuestro "puesto alojamiento", con Betty, con su silencio, con su resignación, con su orgullo de pertenecer, de estar el año redondo, acá, en estas montañas apostando a un futuro diferente pero que se le escapa. Sus hijos, lejos, buscando otras oportunidades que no encuentran acá en su pago, en su tierra y el ¿futuro? Una pregunta que no tendrá respuesta, porque el futuro es de los otros, los que están lejos de las montañas, porque en las montañas no hay futuro, hay sólo presente.

Quizás las cosas cambien, en eso apuestan sin demasiadas expectativas. Pondrán su voto en las urnas que pronto subirán los cerros, junto con casi todos sus votantes, para dar su opinión, sus esperanzas, que se irán con esos votos que a lomo de mula recorrerán el camino descendente acompañados por todos los que participaron en el acto eleccionario, hacia donde se encuentran las posibilidades, más abajo en San Francisco, en Libertador, quizás más lejos.

Este pueblo, este pequeño y hermoso pueblo enclavado en las montañas de las Yungas jujeñas, sueña con seguir existiendo...

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