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Argentina vs Inglaterra. El tiempo, el fútbol y la historia

Martes, 14 de julio de 2026 00:00

Hay partidos que se juegan sobre el césped y otros que comienzan mucho antes del pitazo inicial. Los primeros duran noventa minutos; los segundos atraviesan generaciones. Argentina e Inglaterra pertenecen a esa extraña categoría de rivales cuya historia no cabe en una cancha. Cada enfrentamiento despierta recuerdos que ningún reglamento puede controlar y emociones que ningún árbitro está en condiciones de administrar. Y temo coincidir con Leonel Scaloni. Se trata únicamente de fútbol.

Entre ambos países existe una cronología marcada por heridas, gestos, contradicciones y silencios. Desde la ocupación británica de las Islas Malvinas en 1833 hasta la guerra de 1982; desde el dolor irreparable de quienes quedaron en las islas hasta aquella tarde inolvidable del Estadio Azteca en 1986, cuando Diego Maradona convirtió dos goles que terminaron siendo mucho más que dos goles. Uno desafió las reglas; el otro desafió la lógica. Ambos quedaron atrapados para siempre en la memoria colectiva de un país que todavía buscaba explicar una derrota que nunca debió ocurrir.

Durante décadas, cada Argentina - Inglaterra fue leído como una revancha simbólica. Era el fútbol ocupando un lugar que jamás le correspondió: el de reparar aquello que la política, la diplomacia y la guerra habían dejado abierto. Ningún campeonato podía devolver una vida. Ningún gol podía borrar el frío de las islas. Sin embargo, millones encontraron en aquella victoria deportiva un pequeño alivio emocional. No una justicia. Apenas un consuelo. Quizás por eso resulta tan interesante escuchar hoy a Lionel Scaloni decir, con absoluta serenidad, que "es un partido de fútbol". La frase parece sencilla, pero encierra una revolución cultural.

Porque durante décadas nos acostumbramos a creer que enfrentar a Inglaterra implicaba mucho más que disputar una semifinal o una final. Había una carga histórica inevitable. Una mochila emocional que los futbolistas heredaban sin haberla elegido. Cada camiseta argentina parecía obligada a continuar una conversación iniciada mucho antes de que esos jugadores nacieran.

Scaloni propone otra mirada. No niega la historia. No desconoce Malvinas. Mucho menos olvida a quienes dieron la vida. Lo que hace es colocar cada cosa en su lugar. La memoria pertenece a la memoria. El fútbol pertenece al fútbol. Y quizás esa separación, lejos de representar un acto de indiferencia, sea una forma madura de respetar ambas dimensiones. Las generaciones también cambian el significado de los símbolos.

Los soldados que combatieron en 1982 hoy tienen más de sesenta años. Diego ya pertenece definitivamente al territorio de los mitos. Lionel Messi creció admirándolo, pero construyó otra narrativa. Los futbolistas argentinos actuales comparten vestuarios con jugadores ingleses, juegan cada fin de semana en la Premier League, hablan el mismo idioma futbolístico y forman parte de una industria global donde las viejas fronteras aparecen cada vez más difusas. Eso no significa que la historia haya desaparecido. Significa que el tiempo modifica la manera de habitarla.

Porque una nación no honra su pasado obligando a cada generación a repetir exactamente las mismas emociones. Lo honra recordando, enseñando y comprendiendo que existen dolores que permanecen y otros que encuentran nuevas formas de expresarse. La paradoja argentina resulta fascinante.

El país que convirtió a Inglaterra en el rival futbolístico por excelencia también admira profundamente el fútbol inglés. Allí jugaron y juegan algunos de nuestros mejores futbolistas. Allí son ovacionados cada fin de semana. Allí construyen carreras extraordinarias mientras, al mismo tiempo, en cada escuela argentina se sigue enseñando que las Malvinas fueron, son y serán argentinas. No hay contradicción. Hay complejidad. Y las sociedades maduras aprenden a convivir con ella.

Quizás el mayor legado de Diego no haya sido únicamente aquellos dos goles inolvidables. Tal vez haya consistido en permitir que una generación encontrara una respuesta emocional en un momento en que el país todavía caminaba entre las ruinas de una derrota. Pero las respuestas que sirven para una época no necesariamente sirven para todas.

Hoy Argentina vuelve a encontrarse con Inglaterra cuarenta años después de haber levantado aquella Copa que inmortalizó a Maradona. La historia ofrece un escenario irresistible para la épica. Sin embargo, esta vez la voz del entrenador invita a otra reflexión. No hace falta convertir cada partido en una continuación de la guerra para honrar la memoria de quienes combatieron. Las guerras no deberían jugarse nunca más. Ni con fusiles, ni con botines. Porque los héroes de Malvinas merecen ser recordados por lo que fueron: argentinos que dieron la vida por la patria, no una carga que deba recaer eternamente sobre once futbolistas.

Cuando el árbitro marque el comienzo, empezará un partido de fútbol. Solamente un partido de fútbol. Pero, como ocurre con las grandes historias, cada argentino decidirá qué partido quiere mirar: el que dura noventa minutos o el que lleva casi dos siglos disputándose en la memoria de un país. Allí, precisamente allí, reside la verdadera dimensión de este encuentro. No en el marcador. Sino en la forma en que una nación aprende que recordar no significa vivir prisionera del pasado, sino encontrar la dignidad suficiente para seguir escribiendo su historia sin olvidar de dónde viene.

(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.

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