En la guerra contra el Imperio Español, desde América Latina, y en busca de lograr la Independencia Política “muchas fueron las Juanas”, que se sumaron en todos los frentes de lucha y participaron hasta entregar sus vidas.
Desde la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776), última identidad política creada por España, con capital en Buenos Aires, producirá un cambio geográfico, económico y político y social, que transformará al Virreinato del Perú y dará fuerza a la nueva identidad creada, y que abarcará desde el Lago Titicaca en el Alto Perú (Bolivia), Paraguay, Uruguay y nuestro país.
Por eso la Revolución de Mayo de 1810 buscó extender sus influencias desde Buenos Aires a todos los ámbitos del virreinato. Para el cumplimiento de ese objetivo se prepararon dos campañas llamadas “auxiliadoras”, porque la Junta de Gobierno buscaba auxiliar a los patriotas que se levantaron en armas contra España. Una con destino al Alto Perú y otra al Paraguay.
En las campañas del ejército patriota al Alto Perú intervino Manuel Ascencio Padilla, quien en 1805 se había casado con Juana Azurduy, quien nació en Chuquisaca, el 12 de julio de 1780. Luego del desastre de Huaqui, (20-junio de 1811) el realista Goyeneche ordenó persecución a los patriotas derrotados y la familia Padilla sufrió confiscación de bienes y debieron huir y buscar refugio en algún monte. Después de los triunfos de Tucumán y Salta regresaron a Chuquisaca, en ese momento Juana decidió acompañas a su marido. Se reclutó una tropa de indios e iniciaron la llamada “guerra de las republiquetas”. La de los Padilla era una de las más grandes y tenía su cuartel general en el lugar denominado “La Laguna”. Con esta fuerza irregular y rudimentaria la pareja Padilla se movía al son cambiante de la lucha patriota, y causando serios daños al oponente español.
Los Padilla durante el desarrollo trágico de luchar por la patria, tuvieron cuatro hijos dos varones y dos mujeres. Lo varones en determinado momento quedaron al cuidado de algunos indios y les agarró paludismo y a las hijas, para evitar contagios las mandaron con otros pobladores indígenas.
Los hijos finalmente murieron. Juana estaba sola, pues Manuel se encontraba en un frente de batalla, y tuvo que cavar dos fosas para sus niños. Al regresar y enterarse del final de sus hijos, Manuel recriminó a Juana el descuido y fueron a buscar a sus hijas que cayeron prisioneras de los realistas, estaban encadenadas en una cama. Los padres mataron a sus captores y recuperaron a las niñas. Ambos padres iban a pie llevando en brazos a sus hijas, pero notaron que sus cuerpitos estaban con mucha fiebre y no pudiendo librarse de la malaria terminaron muriendo, marcando a fuego la vida guerrera de los esposos Padilla.
Antes de marzo de 1816, Juana que estaba embarazada de un quinto hijo, mientras participaba de un velatorio de un compañero de lucha, empezó con contracciones y terminó pariendo junto a un río a una niña a la que llamaron Luisa. Los esposos decidieron dejar a la niña bajo el cuidado de una pobladora originaria y seguir peleando por la causa de la revolución. Juana había organizado una tropa de amazonas y dirigía cargas de caballería, luchando a la par de los más valientes.
En el sitio de la Laguna y con una fuerza a cargo de su esposo se enfrentaron con los españoles, pero fueron vencidos y Manuel Padilla termino muerto. Goyeneche pidió su cabeza, para levantar en una pica como estandarte del triunfo realista. También buscaron la cabeza de una mujer y la hicieron pasar por Juana, exponiéndola al lado de Manuel.
Es interesante un aporte de Eduardo Trigo, publicado por “Cuaderno del Trópico” Nº11, a cargo del amigo Santos Vergara, denominado: La Flor del Alto Perú por Orán (fragmento):
“...Después de su estada en Tarija, donde compartió con los guerrilleros chapacos, la heroína decidió radicarse en Salta, hizo el viaje a través de Orán y fue cálidamente recibida por Miguel Martín de Güemes. En esa ciudad permaneció hasta el final de la guerra por la emancipación. Retornó a su tierra natal después de la victoria de Ayacucho”
Fue ascendida al grado de teniente coronel por Martín de Pueyrredón, director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 13 de agosto de 1816, “En el espació escribió Antonio S Martínez: “Elogio a Juana Azurduy” (fragmento) “Salve insigne boliviana / Juana Azurduy de Padilla, / en la Historia Americana / tu nombre radiante brilla. // Enhiesta en corcel guerrero / te rememora la historia, / firme en tu mano el acero / que marcó surcos de gloria. // Asombro y temor sentía / por tu temple sin igual, aquel hispano que un día / fuera enemigo mortal. // ... Acuna Juana en tus brazos / tu bandera tricolor, / es el hijo que en la historia / alumbraste con dolor...”.
Desde Histoletras hoy 12 de julio recuerdo y celebro el nacimiento de un grande de nuestro País, el doctor René Favaloro, y tomo como la mejor celebración a sus palabras rectoras cuando dijo: “Me conformo con que el corazón de mis gobernantes tenga tres cosas: honestidad, responsabilidad y solidaridad”. También en forma personal, hoy con mi familia de tres hijos y siete nietos, celebramos el nacimiento de mi esposa Nora Montero y deseamos que cumpla muchos años más.