Hay algo extraño en la Argentina. Un país capaz de discutirlo todo, de pelearse por todo, de dividirse por casi cualquier cosa, pero que todavía conserva la rara capacidad de parir ídolos y fabricar inmortales.
No es un proceso industrial ni científico. No existe una fórmula ni una ley que lo explique. Sucede simplemente. Como sucede la lluvia sobre la tierra seca o el crecimiento silencioso de los árboles. De pronto y de la nada aparece una figura y la sociedad comienza a depositar en ella algo más que admiración. Deposita esperanzas, frustraciones, sueños, nostalgias y deseos. Deposita una parte de sí misma. Y entonces nace el ídolo.
No son perfectos. La perfección jamás produjo devoción popular. Los dioses argentinos, como los dioses griegos siempre estuvieron llenos de grietas. Solo los diferenciaba la inmortalidad. Quizás porque la sociedad reconoce en esas grietas las propias. Y salvo la capacidad de vivir después de la existencia ha convertido en la Argentina, en el zodiaco universal de las estrellas vivientes.
Diego Maradona sigue caminando entre nosotros mucho después de su muerte. No porque haya hecho goles imposibles, sino porque representó una vieja fantasía nacional: la del pequeño capaz de desafiar a los gigantes. Cada gambeta parecía una rebelión contra algún poder invisible. En él convivían el cielo y el barro, y acaso por eso millones de argentinos lo sintieron tan cercano. Controversial como cualquier mortal, dentro de la cancha la zurda era mágica como la mano de Dios; fuera de ella, el mortal argento que batallaba contra los demonios de las adicciones, el machismo, la villa y la banda gris de la vida misma.
Algo parecido ocurre con Evita. Más que una mujer, parece una pregunta que la Argentina todavía no termina de responder. Su nombre continúa atravesando generaciones porque pertenece a ese reducido grupo de personas que dejan de ser individuos para transformarse en símbolos. Hay figuras históricas que ocupan capítulos. Evita ocupa emociones. Ocupa espacios y sentimientos. Ocupa la lucha contra la sociedad machista que negaba y limitaba a la mujer su independencia a vivir, decidir, trabajar, votar. Evita fue más por su nombre, que por su apellido de casada.
Y mientras las multitudes miraban los balcones o los estadios, vitoreando una marcha política y gritando desenfrenados el gol de la Copa Mundial, otros argentinos construían eternidades más silenciosas. Borges lo hizo desde los laberintos de la inteligencia. Cortázar desde el juego. Ambos demostraron que la imaginación también puede fundar patrias. Gracias a ellos, millones descubrieron que un libro podía ser mucho más que un objeto: podía ser una puerta. Sobre la literatura y las palabras edificaron la cultura de la generación que aún se resiste a la pantalla liquida, y se refugia en las páginas amarillas del "Libro de las arenas o Rayuela". Tal vez por eso la cultura argentina se parece a una enorme conversación donde dialogan voces muy distintas.
El flaco Spinetta buscaba belleza donde nadie la veía, Gustavo Cerati convirtió la modernidad en poesía, el Indio Solari (la última estrella que partió al firmamento) transformó la desobediencia en una forma de arte. Y sobre ellos se construyeron las iglesias del rock nacional argentino. Cada uno hablándole a públicos diferentes, pero todos persiguiendo la misma obsesión: encontrar palabras para nombrar aquello que parece innombrable: en nombre de la melodía, la cuerda y palabra santa, así rezan los fieles ante el recuerdo. Porque los verdaderos ídolos no responden preguntas. Las crean. Nos obligan a pensar quiénes somos.
Gasalla lo hacía desde la risa. Bastaba observar alguno de sus personajes para descubrir una radiografía implacable de nuestras costumbres. Nos reíamos de ellos porque, en el fondo, nos estábamos riendo de nosotros mismos. Brandoni, desde el escenario y la pantalla, fue narrando épocas enteras de la vida argentina. Sus personajes parecían cargar las ilusiones y las decepciones de varias generaciones.
Y sin embargo ninguno de ellos alcanza para explicar completamente el fenómeno.
Porque el ídolo argentino no nace únicamente del talento. Nace del vínculo emocional con una sociedad que necesita reconocerse en algún espejo. Una nación no sólo se construye con constituciones, estadísticas o programas económicos. También se construye con relatos. Y los ídolos son, en definitiva, relatos vivientes. Quizás por eso sobreviven al tiempo.
Los gobiernos pasan. Las modas desaparecen. Las consignas envejecen. Pero Borges continúa habitando las bibliotecas. Cortázar sigue saltando de página en página. Maradona permanece en cada pelota que rueda sobre un potrero. Evita sigue regresando en las discusiones políticas. Spinetta, Cerati y el Indio continúan sonando en los auriculares de jóvenes que nacieron décadas después de sus obras. Gasalla sigue provocando carcajadas. Brandoni continúa representando una parte reconocible de nosotros mismos.
La inmortalidad, después de todo, no consiste en vivir para siempre. Consiste en seguir habitando la memoria de los otros.
Y en eso la Argentina parece tener una virtud extraordinaria. Mientras muchas sociedades producen celebridades efímeras, nosotros seguimos fabricando leyendas. Hombres y mujeres que terminan ocupando un lugar imposible de medir en encuestas o estadísticas. Porque pertenecen a otro territorio. Uno que no figura en los mapas.
El territorio de la memoria. Allí donde los años dejan de importar. Allí donde los nombres se transforman en símbolos.
Allí donde los seres humanos, finalmente, dejan de ser personas para convertirse en parte de la historia sentimental de un país. De ellos, tengamos algo más que un recuerdo. Porque como los dioses griegos, ellos habitan entre nosotros.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.