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La relación entre Argentina y el Reino Unido en el tiempo

Domingo, 07 de junio de 2026 21:49

La relación entre Argentina y el Reino Unido no puede leerse solo como un vínculo más dentro de la historia económica y política del país.

Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, Gran Bretaña fue uno de los actores externos más influyentes en la construcción de la Argentina moderna. Fue cliente, proveedor, financista, inversor y modelo cultural para una elite política y económica que miraba a Londres como referencia de progreso, orden y civilización.

Gran Bretaña compraba carnes, granos y otras materias primas argentinas, mientras invertía en ferrocarriles, puertos, bancos, frigoríficos, seguros y servicios comerciales. La Argentina agroexportadora se integró al mundo, en gran medida, a través de ese vínculo cristalizado en una alianza de intereses.

Pero el vínculo también fue cultural; los británicos no llegaron en cantidades masivas como los italianos o los españoles, pero su influencia fue desproporcionada. Se estima que entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX llegaron entre 80.000 y 100.000 inmigrantes británicos, una cifra pequeña frente a otras corrientes migratorias, pero enorme en términos de impacto.

Trajeron deportes, clubes, escuelas, iglesias, formas empresariales y costumbres que marcaron a la sociedad argentina: fútbol, rugby, polo, cricket, tenis y golf forman parte de esa herencia.

Esa influencia también alcanzó a las clases medias urbanas de todo el país. Las grandes bandas inglesas encontraron y siguen encontrando en Buenos Aires uno de los públicos más fieles de América Latina. De los Beatles a Queen, de Pink Floyd a los Rolling Stones, de Oasis a Coldplay, la cultura musical británica dejó una marca profunda en varias generaciones argentinas.

En Jujuy, esa presencia también dejó huellas profundas. En el Ramal, especialmente en San Pedro y La Esperanza, la familia Leach impulsó la industria azucarera moderna y trasladó al territorio jujeño parte de ese mundo británico: prácticas deportivas, vida social, organización empresarial y una identidad cultural singular. Allí aparecieron la capilla anglicana, los clubes, la cancha de golf y una forma de sociabilidad que todavía permite leer la profundidad de aquel vínculo.

En el presente la balanza comercial bilateral entre Argentina y el Reino Unido ronda los US$ 1.250 millones anuales de intercambio total. Argentina mantiene un superávit comercial sostenido, con exportaciones que superan ligeramente las importaciones, gracias a la venta de productos agroindustriales, vinos y tecnología. Ellos a su vez exportan whisky, insumos inmunológicos, medicamentos y generadores de energía.

Por eso, empresas de origen británico o vinculadas al mismo, siguen presentes en sectores claves del país: Shell, British Petroleum, Unilever, AstraZeneca, GSK, Diageo, Grant Thornton, Río Tinto y Alex Stewart International muestran que el interés británico no desapareció: se adaptó al capitalismo del siglo XXI.

En minería, la presencia británica es hoy mucho más profunda de lo que suele percibirse. Río Tinto, una de las mayores compañías mineras del mundo, no solo desarrolla el proyecto Rincón en Salta; tras adquirir Arcadium Lithium, también pasó a controlar activos estratégicos en Jujuy a través del proyecto Olaroz y en Catamarca mediante el proyecto Fénix, consolidándose como uno de los principales productores de litio de la Argentina. No resulta casual que ejecutivos globales de la compañía y representantes diplomáticos británicos mantengan una presencia frecuente en el norte argentino. Allí se encuentran algunos de los recursos más estratégicos para la transición energética mundial. A ello se suma en Jujuy la actividad de Alex Stewart International, empresa británica especializada en certificación, análisis de laboratorio y servicios técnicos para la minería.

Se avizora un nuevo fenómeno en el norte argentino, la paradiplomacia geoeconómica: las provincias que construyen vínculos internacionales a partir de sus activos estratégicos; el litio de Jujuy, Salta y Catamarca; la energía; los corredores bioceánicos; la infraestructura y los minerales críticos han colocado al NOA en el radar de gobiernos, embajadas y grandes corporaciones globales.

La reciente realización del Salta BritDay y la visita del embajador británico a Jujuy son señales claras de esa nueva realidad.

Sin embargo, esta historia tiene su fractura más dolorosa en Malvinas. Allí el viejo socio se transformó en adversario militar y la guerra de 1982 rompió la ilusión de una relación histórica sin conflictos dejando una herida política, territorial y emocional que todavía atraviesa la memoria argentina. Albión, que durante décadas había sido socio económico y modelo cultural para parte de la elite argentina, pasó a ser el persistente e incómodo ocupante colonial de las islas y del enemigo en el campo de batalla.

En la actualidad, las banderas rojas en el marco de la disputa por las islas también involucran el Atlántico Sur, los recursos pesqueros, los hidrocarburos offshore, las rutas estratégicas hacia la Antártida y la proyección geopolítica sobre uno de los espacios marítimos más importantes del hemisferio. El entorno marítimo de Malvinas forma parte de un espacio que Argentina reivindica como propio, mientras las autoridades isleñas, bajo paraguas británico, otorgan licencias pesqueras y petroleras que el estado argentino considera ilegítimas; el caso del proyecto petrolero Sea Lion entre la empresa británica Rockhoppery la israelí Navitas Petroleum es el proyecto de mayor desarrollo en el Atlántico Sur fuera de Brasil y proyecta extraer unos 170 millones de barriles en su primera fase, con inicio de operaciones estimado para 2028. A ello se suma el régimen de pesca que operan los isleños, uno de los pilares económicos de las islas y el sistema de licencias pesqueras que involucra empresas locales y buques extranjeros, especialmente en especies como el calamar Illex.

Aquí aparece la pregunta central: ¿Cómo conciliar una relación histórica, cultural y económica profunda con el interés nacional argentino de recuperar soberanía sobre las islas y proteger los recursos del Atlántico Sur?

El desafío consiste en gestionar ambos inteligentemente, sin renunciar a ninguno.

Defender Malvinas y, al mismo tiempo, aprovechar oportunidades de inversión no son objetivos incompatibles. Lo incompatible sería carecer de una estrategia nacional que articule ambas dimensiones.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

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