Cada cuatro años el mundo se detiene frente a una pelota. Millones de personas lloran, se abrazan, cantan un himno, se pintan la cara, sienten pertenencia. Durante un Mundial aparece algo que en la vida cotidiana muchas veces parece perdido: el "nosotros". Por unos instantes dejamos de ser solamente individuos aislados compitiendo por sobrevivir, producir o destacar. Volvemos a sentirnos parte de algo más grande.
La neurobiología explica que las emociones colectivas generan sincronización emocional, liberación de oxitocina, activación de circuitos de empatía y pertenencia. El cerebro humano no fue diseñado para vivir solo. Necesitamos tribu, identidad, comunidad, propósito compartido.
Sin embargo, mientras el mundo se prepara para un nuevo Mundial y las calles vuelven a llenarse de camisetas, cánticos y banderas, Argentina también atraviesa otra fecha profundamente simbólica: los 11 años de "Ni Una Menos".
Y tal vez la pregunta más importante no sea solamente cuántas mujeres siguen siendo víctimas de violencia. Tal vez la pregunta más profunda sea: ¿Qué nos pasó como sociedad para naturalizar tanto dolor, convivir con la impunidad, la indiferencia y la banalización de la violencia, mientras crecen la desconexión emocional, el hiperindividualismo, la pérdida de comunidad, la normalización de microviolencias, la corrupción ética, la ausencia de presencia adulta, el debilitamiento de las instituciones, el consumo de violencia como espectáculo, los silencios familiares, el miedo a intervenir y una anestesia emocional colectiva que lentamente nos hace perder la capacidad de reconocer humanidad en el otro?
Porque la violencia nunca empieza con un golpe. Empieza mucho antes. Empieza cuando desaparece la presencia. Cuando se pierde el límite. Cuando el otro deja de ser persona y pasa a ser objeto. Cuando la familia deja de ser espacio de protección y se transforma en territorio de silencios, miedo o indiferencia. Cuando confundimos poder con dominio. Cuando la sociedad aprende a mirar lobos creyendo que son corderos. En este contexto también me parece interesante ver Zootopia. Porque también hay corderos que llevan lobos. Y el dolor cuando se transforma en resentimiento termina siendo la transferencia de eso que nos dañó a eso que luego nos habitará.
Y aquí aparece algo incómodo pero necesario: la violencia no es solo un problema de hombres contra mujeres. Eso sería simplificar una estructura muchísimo más profunda. La violencia es una ruptura del orden humano. Es la degradación del vínculo. La pérdida del respeto. La desconexión emocional. La ausencia de conciencia. La incapacidad de reconocer límites y derechos.
Desde una mirada sistémica, ningún acto violento aparece aislado. Todo síntoma social habla también de un sistema que perdió equilibrio: familias fragmentadas, infancias sin protección emocional, adultos emocionalmente ausentes, modelos de masculinidad construidos desde la negación afectiva, mujeres educadas para callar señales de alarma, sociedades que muchas veces priorizan la apariencia antes que la verdad.
Y aquí el fútbol puede enseñarnos algo profundamente humano. Ningún equipo gana solo por talento individual. Un Mundial se construye con orden, límites, reglas, cooperación, lectura del peligro, capacidad de anticipación, sentido colectivo, responsabilidad compartida.
Cuando un jugador pierde noción del equipo y solo juega para sí mismo, el sistema se rompe. Lo mismo ocurre en la sociedad.
Hoy vivimos en una cultura que muchas veces exalta el individualismo extremo: "salvate solo", "hacé la tuya", "no te metas", "cada uno vive como quiere". Pero una sociedad sin conciencia colectiva pierde capacidad de cuidado. Y cuando se pierde el cuidado, aparecen las tragedias. Educar entonces no significa criar desde el miedo. No se trata de enseñarle a las niñas que el mundo es un lugar aterrador ni de enseñarles a los niños que sentir sensibilidad los vuelve débiles.
Educar implica desarrollar conciencia. Enseñar a reconocer señales de alarma. Aprender a diferenciar ternura de manipulación. Respeto de sometimiento. Protección de control. Presencia de invasión.
Un lobo no siempre muestra los dientes. A veces sonríe. A veces ayuda. A veces genera confianza. A veces se mueve dentro de espacios familiares, sociales o institucionales.
Por eso construir una sociedad más segura no depende solamente de endurecer penas -aunque la ley y el derecho son fundamentales- sino también de fortalecer la conciencia vincular y comunitaria.
Necesitamos reconstruir fronteras sanas. Fronteras emocionales.
Familiares. Sociales. Institucionales. Límites que no nazcan del odio, sino del orden. Porque una sociedad madura no es aquella donde todos desconfían de todos. Es aquella donde existen valores, presencia y responsabilidad suficientes para proteger la vida.
Tal vez por eso el Mundial emociona tanto. Porque, aunque sea por unos días, nos recuerda algo esencial: que el ser humano necesita volver a sentir pertenencia. Necesita volver a sentir que juega para algo más grande que sí mismo.
Y quizás ese sea hoy el verdadero desafío colectivo: dejar de mirarnos como enemigos, salir de la guerra entre géneros, dejar de reducir la realidad a hombres contra mujeres y comenzar a preguntarnos qué tipo de humanidad queremos construir.
Porque el problema nunca fue solamente el rostro del agresor.
El problema es la estructura emocional, cultural y social que permite que alguien deje de ver humanidad en el otro.
Y ninguna sociedad puede sanar si pierde la capacidad de proteger.
Tal vez "Ni Una Menos", once años después, necesite transformarse también en un llamado más amplio: Ni una infancia menos. Ni un derecho menos. Ni una conciencia menos. Ni una familia menos presente. Ni una sociedad menos humana.
Porque el verdadero campeonato que tenemos por delante no se juega en una cancha. Se juega todos los días en la forma en que aprendemos a convivir.
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.