Durante siglos, Occidente recordó la Batalla de las Termópilas como la historia de 300 espartanos resistiendo heroicamente frente al Imperio Persa. La memoria colectiva convirtió a Leónidas en símbolo de coraje y a Persia en símbolo del poder imperial. Dos mil quinientos años después, la historia parece haber dado una vuelta inesperada. Los herederos de aquella antigua Persia volvieron a ocupar el centro de la escena mundial, esta vez frente a la mayor potencia militar de nuestro tiempo: Estados Unidos y su principal aliado regional, Israel.
La guerra entre Irán y Estados Unidos e Israel no comenzó este año; sus raíces profundas pueden rastrearse hasta 1979, cuando la monarquía liderada por el Sha Reza Pahlevi cae en desgracia a manos de la Revolución Islámica encabezada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini transformando a Irán de aliado estratégico de Occidente en uno de los principales adversarios de Washington y Tel Aviv en Medio Oriente.
Desde entonces, la guerra adoptó múltiples formas: sanciones económicas, operaciones encubiertas, asesinatos selectivos, ataques cibernéticos, conflictos por delegación, enfrentamientos en Siria, Irak, Líbano, y Gaza, y una permanente disputa por la influencia regional. Como toda guerra prolongada, estuvo compuesta por múltiples batallas.
La batalla del año pasado fue una etapa de prueba y desgaste. La actual puede ser recordada como la Batalla de Ormuz porque fue allí donde Irán mostró que no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para alterar el funcionamiento de la economía mundial. Si la respuesta se busca en la destrucción material, nadie ganó, si se analiza desde los objetivos estratégicos, la conclusión es diferente.
EEUU e Israel buscaban debilitar decisivamente a Irán, limitar su capacidad de influencia regional e incluso abrir el camino hacia una transformación profunda del régimen. Después de meses de conflicto, miles de muertos y enormes costos económicos, la República Islámica sigue en pie: sus instituciones sobrevivieron, su estructura estatal no colapsó y su capacidad de influencia regional continúa siendo relevante.
La principal enseñanza de esta batalla es que Irán logró algo que parecía improbable: demostrar los límites del poder militar occidental. Irán no podía derrotar convencionalmente a Estados Unidos porque no posee su capacidad aérea, naval ni tecnológica, pero tampoco necesitaba hacerlo. Su estrategia consistió en elevar el costo de la guerra hasta volver incierta cualquier victoria. Misiles balísticos, drones, guerra asimétrica, presión sobre el Estrecho de Ormuz, redes regionales de aliados y capacidad de resistencia interna permitieron a Teherán convertir la superioridad militar de sus adversarios en una ventaja estratégica insuficiente. Estados Unidos ganó ataques militares e Irán evitó la derrota política.Y en geopolítica, impedir que una superpotencia alcance sus objetivos también puede ser una forma de victoria.
A pesar de esto, resistir militarmente no significa resolver los problemas internos. Existe una parte importante de la sociedad iraní que reclama más apertura, más libertades individuales, modernización económica e integración con el mundo. El régimen sobrevivió a la guerra, pero continúa enfrentando tensiones sociales domésticas profundas. Irán no fue derrotado desde afuera, pero tampoco está completamente pacificado por dentro.
Mientras tanto, los grandes perdedores económicos fueron los países árabes del Golfo.
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait y Omán llevan años intentando construir economías post petroleras basadas en turismo, finanzas, tecnología, inteligencia artificial e inversiones internacionales. Su principal activo era la estabilidad y la guerra destruyó precisamente eso. El turismo regional sufrió fuertes caídas, miles de vuelos fueron cancelados, aumentaron los costos de seguros marítimos y se encareció la logística internacional. Inversores y empresas comenzaron a percibir nuevamente a la región como espacio de riesgo geopolítico.
La paradoja es evidente, durante décadas las monarquías del Golfo organizaron buena parte de su seguridad alrededor de la alianza con Estados Unidos y la contención de Irán. Pero cuando llegó la guerra descubrieron una realidad que la geografía nunca dejó de recordarles: Estados Unidos puede retirarse del Golfo, sin embargo, Irán seguirá siendo su vecino. Israel también emerge de esta batalla con un balance ambiguo en donde conservó su superioridad militar y tecnológica, pero el conflicto en Gaza deterioró profundamente su imagen internacional. Después de decenas de miles de muertos palestinos, una parte creciente de la opinión pública mundial ya no observa a Israel únicamente como una democracia asediada por amenazas externas, sino también como un actor asociado a una tragedia humanitaria de enorme magnitud.
Esto no implica justificar a Hamás, Hezbollah ni a las organizaciones armadas respaldadas por Irán. Significa reconocer una realidad incómoda: combatir el terrorismo no convierte cualquier respuesta en legítima, claramente Israel ganó capacidad de destrucción, aunque todavía está por verse si ganó legitimidad.
También se identifican actores beneficiados por este escenario: las grandes petroleras, favorecidas por el alza del crudo; las empresas de defensa, fabricantes de armas y contratistas militares; y los operadores financieros que especulan con la volatilidad.
Por eso surge una pregunta más importante acerca de quién ganó: ¿Quién pagó la guerra? La respuesta es tan sencilla como inquietante. La pagaron los pueblos de todo el planeta: cuando subieron combustibles, alimentos, cayó el turismo y tensionó los costos logísticos a nivel global. Y la siguen pagando israelíes, palestinos y libaneses que perdieron familia, hogares y seguridad.
Durante algunos días parecía que el memorándum que pondría un paréntesis a la guerra, abriría una tregua de sesenta días para discutir el programa nuclear iraní, las sanciones económicas y la seguridad regional. Si esto avanza, para Trump representa tiempo político y para el gobierno de Israel llegar con oxígeno a las elecciones parlamentarias de octubre. En el caso de Europa, alivio frente a la inflación, mientras que, para el Golfo, la esperanza de estabilidad. Finalmente, para Irán, la posibilidad de volver a exportar energía, acceder a mercados internacionales y recuperar parte de los activos congelados durante años de sanciones.
La posterior escalada militar de Israel en el Líbano y el cierre del Estrecho de Ormuz demostraron que la guerra estaba lejos de haber terminado. Y es precisamente allí donde Irán volvió a exhibir la esencia de su estrategia: el cierre de Ormuz no es solo una medida militar. La verdadera batalla pasa entonces del terreno militar al económico.
Por eso el cierre de Ormuz modifica la lectura estratégica del conflicto. Ya no se trata solamente de que Irán sobrevivió, sino que además conserva la capacidad de alterar el funcionamiento de la economía mundial. Y eso es exactamente lo que las doctrinas militares asimétricas buscan conseguir; no derrotar al adversario, pero sí hacer demasiado costosa su victoria. Quizás todavía sea pronto para saber quién ganará esta guerra iniciada hace casi medio siglo. Pero la Batalla de Ormuz deja una conclusión difícil de ignorar: ni Estados Unidos ni Israel fueron derrotados militarmente; pero en cambio, ambos vieron erosionarse parte de su prestigio estratégico. Irán, en cambio, demostró que una potencia media, utilizando geografía, resiliencia y guerra asimétrica, puede impedir que las mayores capacidades militares del planeta alcancen plenamente sus objetivos. Esta batalla puede detenerse, congelarse o transformarse en una nueva negociación, pero la guerra no terminó. Porque en esta guerra larga, cada tregua parece menos el comienzo de la paz que la pausa necesaria para preparar el siguiente movimiento. Los imperios pasan, los gobiernos cambian, los acuerdos se firman y se rompen, pero la geografía permanece.
Y la Batalla de Ormuz recordó al mundo una verdad que la historia conoce desde hace siglos: destruir suele ser más fácil que vencer.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).