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Gran Hermano versión país: vigilar, castigar y descartar

Martes, 05 de mayo de 2026 00:07

La casa más famosa del país, ya no es un set: es una pedagogía. En Gran Hermano se ensaya, con luces de estudio y micrófonos invisibles, una forma de vida que luego baja -como una lluvia fina- sobre la intemperie argentina. No hace falta encierro para reproducir su lógica: alcanza con la mirada constante, con el juicio permanente, con la eliminación periódica del otro como condición de permanencia propia: a lo Foucault... vigilar y castigar... y eliminar.

En la Argentina actual, la violencia no siempre grita a lo Gran Hermano, casi siempre se administra. Se viste de procedimiento, de protocolo, de comunicado oficial. Ha aprendido a no desbordar y prefiere dosificar. Y, como en la casa, necesita de una narrativa: alguien que explique por qué el conflicto es necesario, por qué el adversario es prescindible, por qué la tensión es saludable. La violencia se vuelve entonces un método, no un accidente.

Hay un parentesco incómodo entre el "confesionario" televisivo y ciertas liturgias del poder. Ambos producen verdad en primera persona, ambos construyen relato, ambos editan. En uno, el participante justifica su jugada; en el otro, el funcionario justifica su medida. En ambos casos, la escena se completa con un público que asiente, que rechaza, que vota. La diferencia es de escala, no de lógica.

El sarcasmo -ese viejo instrumento de supervivencia nacional- podría decir que la Argentina ha logrado democratizar el rating: ya no hace falta llamar para eliminar, alcanza con adherir, replicar, aplaudir o linchar en la plaza digital. El "afuera" se volvió una extensión del "adentro". La eliminación ya no es semanal: es continua. Se cancela, se archiva, se señala. Y el algoritmo, ese Gran Hermano sin rostro, aprende rápido qué violencia retiene más tiempo.

Desde el poder, los patrones se refinan. La palabra se tensa, el tono se eleva, la frontera del adversario se corre un poco más cada día. No hace falta nombrar: alcanza con sugerir. No hace falta prohibir: basta con desalentar. La violencia simbólica -esa que no deja marcas visibles- es la más eficaz porque se naturaliza. Como en el reality, lo que primero escandaliza luego entretiene, y finalmente se vuelve paisaje.

La filosofía, si todavía se anima a intervenir, y volvemos a Michel Foucault: el poder no solo reprime, produce sujetos, produce discursos, produce modos de mirar. Y en esa producción, la violencia puede presentarse como racionalidad. Se vuelve gestión de cuerpos, administración de afectos, economía del conflicto. No es el golpe, es la norma; no es el grito, es la regla.

También podría asomarse Hannah Arendt para advertir que la banalidad no es ausencia de mal, sino su forma más cotidiana. La violencia que se repite sin pensar, que se ejecuta por inercia, que se justifica por procedimiento, termina por vaciar de responsabilidad a quien la ejerce. "Es el juego", dirá el participante. "Es la política", dirá el funcionario. Y entre ambos enunciados se abre un abismo demasiado cómodo.

Hay, sin embargo, un detalle menor -y por eso mismo decisivo-: en el programa, alguien siempre apaga la luz. Afuera, no. Afuera la escena continúa, sin corte, sin edición visible, sin música de cierre. La violencia se filtra en el lenguaje cotidiano, en la sobremesa, en el aula, en la oficina pública. Se vuelve tono, gesto, hábito.

El espectador argentino, entrenado en décadas de crisis, ha desarrollado una sensibilidad particular: detecta la impostura, sospecha del guion, intuye la trampa. Pero también -y aquí el filo- convive con una tolerancia creciente al maltrato como forma de intercambio. Se ironiza, se descalifica, se empuja un poco más. Total, es "parte del juego".

La ironía final es que el juego nunca fue juego. Era ensayo general. Una didáctica de la confrontación donde el premio no es solo el dinero, sino la validación de un modo de estar en el mundo: competir, exponer, eliminar. Y el poder -siempre atento a las pedagogías exitosas- toma nota.

Queda, entonces, una tarea poco televisiva: desobedecer la escena. Bajar el volumen cuando la consigna es gritar. Suspender el juicio cuando la tribuna exige veredicto. Interrumpir la cadena cuando el algoritmo pide más. No es épico ni rinde rating. Pero, en tiempos donde la violencia se volvió método, quizá sea la única forma de no actuar el guión que otros escriben.Porque la casa, al final, no era de ellos. Era nuestra. Y la puerta, por incómodo que resulte, sigue abierta.

(*) Miguel Angel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.

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