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Los regalos de mayo

Martes, 19 de mayo de 2026 23:46

¿Qué pasa en nosotros cuando sentimos que ya no podemos seguir obedeciendo algo que nos hace mal?

¿Qué sucede cuando una estructura vieja comienza a caerse, aunque todavía no sepamos con claridad qué poner en su lugar?

¿Por qué hay momentos del año que parecen movilizar preguntas profundas, crisis, cansancios, deseos de cambio o necesidad de volver a sentirnos vivos?

A veces creemos que la historia ocurre lejos. En los libros. En los actos escolares. En los museos.Y sin embargo, la historia también ocurre en el cuerpo. Ocurre cuando alguien deja un trabajo que lo enferma. Cuando una mujer empieza a decir "no" después de años de callarse. Cuando un adolescente deja de sostener una imagen para intentar descubrir quién es realmente. Cuando una familia rompe un mandato. Cuando una sociedad empieza a cuestionar aquello que naturalizó durante décadas.

Mayo tiene algo de eso. No es casual que en Argentina esta semana nos conduzca hacia el 25 de Mayo, fecha que simboliza uno de los grandes movimientos de emancipación colectiva. Pero quizás el desafío más profundo no sea solamente recordar qué ocurrió en 1810, sino preguntarnos qué cosas necesitan hoy emanciparse dentro de nosotros.

La conciencia también tiene territorio. Entre el 18 y el 25 de mayo de 1810 comenzó a resquebrajarse una estructura de poder que parecía incuestionable. La caída de la Junta Central de Sevilla en España abrió una crisis política, pero también simbólica: ¿quién debía gobernar?, ¿desde dónde se decide el destino de un pueblo?, ¿es posible construir identidad propia después de años de dependencia?

Es interesante observar cómo estas preguntas históricas siguen vivas en nuestra vida cotidiana. Porque muchas veces seguimos habitando territorios internos colonizados: mandatos, miedos, culpas, modelos heredados, formas de éxito que nos vacían, vínculos donde dejamos de escucharnos. A veces el territorio perdido no es geográfico. Es emocional. Es corporal. Es espiritual. Y allí aparece una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo: ¿Quién gobierna nuestra vida?

Del territorio físico al territorio interno. El concepto de soberanía suele pensarse solamente desde lo político o lo económico. Sin embargo, existe también una soberanía emocional, corporal y vincular. La soberanía comienza cuando alguien puede reconocerse como legítimo habitante de sí mismo. Cuando el cuerpo deja de ser un campo de batalla; la voz deja de pedir permiso para existir; los límites dejan de sentirse culpa; el descanso deja de confundirse con inutilidad; la identidad deja de depender únicamente de la aprobación externa.

En una época donde muchas personas viven hiperconectadas y, al mismo tiempo, profundamente desconectadas de sí mismas, reaprender a habitar el propio territorio se vuelve revolucionario.

El filósofo y psicoterapeuta Gordon Wheeler, en su obra Vergüenza y soledad, desarrolla cómo gran parte de la cultura occidental heredó del platonismo una mirada fragmentada del ser humano: la razón fue colocada por encima del cuerpo, de la sensibilidad y de la experiencia relacional.

Desde esa lógica, sentir demasiado comenzó a asociarse con debilidad. El cuerpo quedó subordinado a la mente. La emocionalidad fue sospechada. Y la hiperindividualización reemplazó progresivamente la experiencia comunitaria.

La modernidad produjo enormes avances científicos y tecnológicos, pero también una profunda desconexión con nosotros mismos, con los otros y con los ritmos de la vida. Quizás por eso hoy aparecen con tanta fuerza síntomas como ansiedad, burnout, sensación de vacío, hiperexigencia, desconexión afectiva y dificultad para construir vínculos profundos. Sabemos mucho. Pero sentimos poco. O no sabemos registrar lo que sentimos.

Y allí aparece una paradoja dolorosa: una cultura obsesionada con el rendimiento termina perdiendo capacidad de presencia.

Y quizás allí aparezca otra pregunta importante: ¿qué sucede cuando una cultura pierde capacidad de sentir sus propios procesos? Porque no solo las personas atraviesan crisis, agotamiento o necesidad de transformación. También las sociedades. Y aparecen los cansancios colectivos. Necesidad de frenar. Búsqueda de sentido. Deseo de volver a lo esencial.

Carl Gustav Jung habló del inconsciente colectivo para referirse a esas matrices simbólicas compartidas que organizan gran parte de la experiencia humana. Los pueblos, las culturas y las generaciones también poseen memorias, heridas, miedos y esperanzas que se transmiten. Por eso algunos momentos históricos parecen abrir preguntas similares en millones de personas al mismo tiempo. Y quizás eso sea parte de lo que mayo viene a recordarnos: ningún proceso de transformación es solamente individual.

Los regalos simbólicos de esta semana. Tal vez no sea casual que, en los días previos al 25 de Mayo, aparezcan también otras fechas profundamente simbólicas.

El 18 de mayo, Día Internacional de los Museos, nos invita a preguntarnos qué memorias guardamos como sociedad y también qué memorias conservamos dentro.

El 20 de mayo, Día Mundial de las Abejas, nos recuerda el valor de lo colectivo, de las redes invisibles, de la cooperación y del equilibrio entre individuo y comunidad. Las abejas sostienen ecosistemas enteros.

El 21 de mayo, Día Mundial de la Diversidad Cultural, abre una reflexión urgente en tiempos donde muchas veces se intenta uniformar modos de pensar, sentir y vivir.

Y el 22 de mayo, Día Internacional de la Diversidad Biológica, vuelve a recordarnos algo esencial: la vida florece en la diversidad, no en la homogeneidad.

Quizás estos "regalos de mayo" nos estén mostrando justamente eso: que la verdadera evolución no ocurre cuando todos pensamos igual, sino cuando aprendemos a convivir respetando diferencias sin perder humanidad.

A veces creemos que cambiar el mundo es algo inmenso, lejano o imposible. Pero toda transformación colectiva comienza en pequeños actos cotidianos. Cuando alguien deja de repetir violencia. Cuando una familia aprende a hablar distinto. Cuando una persona pide ayuda. Cuando alguien se anima a poner un límite sano. Cuando un niño puede expresar tristeza sin vergüenza. Cuando una mujer recupera su voz. Cuando un hombre deja de esconder su vulnerabilidad. Cuando una comunidad deja de naturalizar el sufrimiento. La patria también se construye allí. No solamente en los grandes discursos, sino en la manera en que habitamos nuestros vínculos, nuestros cuerpos, nuestras decisiones y nuestros territorios internos.

Quizás emanciparse hoy no signifique solamente independizarse de un poder externo. Quizás emanciparse sea volver a sentir. Volver a escucharnos. Volver a construir comunidad. Volver a mirar el cuerpo como brújula y no como enemigo. Volver a preguntarnos qué tipo de humanidad queremos sostener.

Porque toda revolución verdadera, tarde o temprano, empieza por la conciencia.

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones.

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