Hay países que organizan sus asuntos públicos mediante constituciones, instituciones y poderes del Estado. Y después estamos nosotros, una extraña república sudamericana donde la política parece escrita por un guionista que perdió la medicación, mezcló realismo mágico con programas de chimentos y luego decidió abandonar el proyecto para dedicarse a la cría de llamas. Nuestra patria parece haber ingresado a una etapa superior de la civilización: la era del surrealismo administrativo. Existe un momento en la vida de las naciones en que uno debe hacerse preguntas profundas. Francia tuvo la Revolución. Estados Unidos llegó a la luna. Grecia inventó la filosofía, y acá la pregunta flota sin respuesta en el éter.
Antes los gobiernos inauguraban rutas, hospitales o escuelas. Ahora producen capítulos diarios de temporadas semanales. Repasemos juntos.
La semana pasada, por ejemplo, el pueblo fue sorprendido por el escándalo del automóvil parlamentario. No un automóvil cualquiera. No. Esto parecía un objeto mitológico; una criatura mecánica nacida entre el lujo, el desconcierto y las preguntas incómodas. Una mezcla de carromato griego y la funeraria barrial. El vehículo apareció ante la ciudadanía como si hubiera descendido desde una galaxia donde los representantes del pueblo deben trasladarse en naves espaciales con tapizado celestial. Los ciudadanos miraban las fotografías intentando comprender. Debe consumir poca nafta -decían algunos-. Debe ser para acercarse más rápido al pueblo -decían otros-.
Y un hombre en una plaza observó la imagen durante cinco minutos y sentenció: No entiendo. Si el pueblo está cada vez más lejos, ¿para qué necesitan autos más rápidos? Pero el automóvil fue apenas una entrada. Un aperitivo.
Después llegaron los excesos del funcionario todopoderoso, una especie de emperador administrativo cuya principal virtud parecía ser la capacidad de convertir la sobriedad en una leyenda antigua. Sus apariciones públicas tenían el aire de esos personajes de novelas rusas que entran a una fiesta, rompen tres jarrones, insultan a dos embajadores y salen convencidos de haber salvado a la civilización occidental. Después se toma un ligero baño bajo la cascada de su pileta climatizada y desde allí, observa la cúpula del Congreso Nacional, dibuja en su rostro una sonrisa como especie de mueca.
Y mientras el ciudadano intentaba entender aquello, ocurrió lo inevitable: irrumpieron las artes oscuras. Porque un país serio tiene asesores económicos. Un país en crisis tiene consultores. Pero un país definitivamente creativo comienza a coquetear con dimensiones desconocidas, que llegan expresamente desde Brasil y con ellas los rumores, comentarios y teorías sobre visitantes misteriosos, energías particulares, rituales exóticos y prácticas que parecían haber sido extraídas de una mezcla entre una feria esotérica y una telenovela turca de las tres de la tarde.
Nosotros aparentemente estamos intentando equilibrar la macroeconomía con fuerzas sobrenaturales.No sería raro que en cualquier momento anuncien: "La inflación de este mes dependerá de Venus y de una señora que limpia malas vibras con ramas y sahumerios", y el dólar podría subir por factores económicos o porque Mercurio estaba retrógrado.Y ya nada sorprendía.
Pero el espectáculo seguía avanzando porque en nuestro país las noticias tienen la duración emocional de una mosca. Apenas aparece un escándalo nuevo, la anterior pasa al museo nacional de los olvidos veloces. Por ahí surgen denuncias, expedientes, causas, investigaciones y acusaciones cruzadas que flotan sobre el escenario como fantasmas administrativos. Pero lo más admirable son las causas, las denuncias y las sospechas que aparecen flotando por el aire político argentino como mosquitos en enero: nadie sabe de dónde salieron, nadie sabe cuándo se irán y todos terminan hablando de ellas.
Y sin embargo seguimos adelante. Porque hemos de poseer una capacidad sobrenatural para convivir con el absurdo.
El ciudadano común observa el espectáculo desde la mesa familiar mientras corta el pan y piensa: No sé si vivo en una democracia o en una obra de teatro experimental.
Y quizá ahí esté el verdadero problema.Tal vez nos hemos acostumbrado demasiado a vivir dentro del absurdo.Tal vez ya no esperamos explicaciones; esperamos entretenimiento.
La política dejó de parecernos una herramienta para organizar la vida colectiva y comenzó a funcionar como una serie interminable donde cada personaje debe superar la extravagancia del capítulo anterior. Porque ya no alcanza con gobernar. Hay que sorprender. Hay que virilizar. Hay que convertirse en tendencia.
Y mientras tanto, el ciudadano continúa haciendo cuentas en una calculadora que parece haber desarrollado sentimientos depresivos. Al final queda una pregunta incómoda, casi filosófica. Quizás las sociedades no terminan pareciéndose a sus gobernantes.
Quizás terminan pareciéndose a las cosas que toleran.
Y acaso el verdadero misterio nacional no sea el automóvil imposible, ni los excesos, ni las energías extrañas, ni las frases extravagantes, ni las investigaciones que aparecen y desaparecen.
Tal vez el misterio sea otro. Tal vez el verdadero acto de magia sea nuestra extraordinaria capacidad para mirar el incendio, sacar una foto y preguntar: ¿Y mañana a qué hora sale el próximo capítulo? Porque un pueblo que puede mirar un auto imposible, escuchar frases imposibles, atravesar situaciones imposibles y aun así servirse otro mate diciendo "qué país hermoso". . . ya no vive una crisis política.
Vive dentro de una obra de realismo mágico con presupuesto estatal.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.