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El himno que nos habita

Martes, 12 de mayo de 2026 23:24

El 12 de mayo se conmemoró el Día del Himno Nacional Argentino.

Y quizás, más allá del acto escolar, de la formalidad o de la repetición automática de una letra aprendida desde niños, valga la pena detenernos a sentir qué sucede dentro nuestro cuando escuchamos sus primeras notas.

Porque hay canciones que no solo se escuchan.

Hay canciones que atraviesan el cuerpo.

Algo se estremece. Algo vibra. Algo recuerda.

La vibración de la palabra y la frecuencia de la música tienen la capacidad de despertar memorias emocionales profundas. La neurociencia ha mostrado cómo ciertos estímulos sonoros activan estructuras vinculadas a la emoción, la memoria y el sentido de pertenencia, como la amígdala, el hipocampo y circuitos asociados a la identidad colectiva. La música organiza estados internos, sincroniza emociones y genera experiencias de resonancia social.

Y quizás por eso el himno conmueve incluso cuando no pensamos conscientemente en su letra.

Porque el pasado no siempre queda en el pasado.

Hay historias que siguen viviendo dentro de nosotros.

La historia de la colonización no fue solamente la historia de un pueblo sometiendo a otro.

También puede verse como una metáfora cotidiana y profundamente humana.

¿Cuántas veces colonizamos nuestro propio territorio interno?

¿Cuántas veces silenciamos necesidades, emociones, deseos o dignidades para sobrevivir, pertenecer o adaptarnos?

La historia de la independencia no es solo un hecho histórico.

Es una pregunta permanente.

¿Quién soy cuando dejo de obedecer aquello que me limita?

¿Qué partes de mí siguen sometidas por el miedo?

¿Qué significa realmente ser libre?

Se dice que Vicente López y Planes escribió gran parte de la letra del himno en una sola noche tras inspirarse luego de asistir a una obra teatral patriótica.

Me pregunto: ¿Qué te inspira? ¿Te provees de espacios que expanden tu alma? O sólo sigue activo esa sensación de adrenalina y cortisol de la sobrevivencia y el despojo de lo que los griegos llamaban skholé, tiempos de ocio.

Vivimos muchas veces atrapados en el miedo:

miedo a no llegar,

miedo a perder,

miedo a no ser suficientes.

Y desde allí, sin darnos cuenta, dejamos que la economía limite incluso nuestros espacios de alma.

Postergamos la contemplación.

La pausa.

El juego.

La creatividad.

El encuentro.

Creemos que para vivir ciertas experiencias primero debemos "tener".

Más dinero.

Más tiempo.

Más seguridad.

Sin embargo, hay cosas esenciales que siguen estando disponibles para casi todos los seres humanos:

El cielo.Las estrellas.El sol de la mañana.El aroma de las mandarinas.Una canción.

Una mascota que espera.Un abrazo sincero.La risa compartida.Cantar.Bailar.Mirar la lluvia.Crear.

Y no se trata de romantizar la carencia ni de menospreciar el dinero.

El dinero también es energía, posibilidad, expansión y derecho.

La dignidad material importa. Y mucho.

Pero otra cosa muy distinta es quedar atrapados únicamente en la lógica de la supervivencia, desconectándonos de aquello que alimenta la vida interior.

El filósofo y psiquiatra Viktor Frankl sostenía que el ser humano no solo necesita bienestar material, sino también sentido. Y cuando el sentido se pierde, incluso el éxito puede sentirse vacío.

Quizás por eso tantas personas viven agotadas aun cuando "funcionan".

Porque sobrevivir no siempre es vivir.

También resulta interesante recordar que el himno original tenía un tono mucho más confrontativo hacia España, y que con el tiempo algunas partes fueron modificadas para favorecer vínculos diplomáticos y culturales. Después de todo, nuestros próceres también se educaron en Europa. Somos hijos de mezclas, contradicciones y mestizajes.

Somos crisol de razas.

De luchas e injusticias.

De amores prohibidos y amores intensos.

De pasiones sin amor.

De heridas transgeneracionales.

De sueños colectivos.

Y, sin embargo, aquí estamos. En esa comprensión de quiénes somos. Tomando nuestro origen para crear nuevas identidades.

Tal vez por eso el himno sigue siendo mucho más que una canción patria.

Tal vez sea un espejo emocional donde todavía buscamos identidad, dignidad y pertenencia. Pero sobre todo inspiración. Poder creador. Romper cadenas.

Desde la psicología sabemos que la identidad no es algo fijo, sino esa construcción viva, dinámica, narrativa y emocional. Nos contamos quiénes somos a través de recuerdos, símbolos, vínculos y experiencias compartidas. Y el arte cumple allí un rol fundamental.

El arte no solo entretiene.

El arte organiza el caos interno.

Le da lenguaje a lo que todavía no podía nombrarse.

Una canción puede devolvernos fuerza.

Una poesía puede ayudarnos a atravesar un duelo.

Una pintura puede mostrar una emoción que no sabíamos explicar.

Una danza puede liberar un cuerpo congelado por años de tensión.

Crear también es independizarse.

Porque cuando creamos dejamos de repetir únicamente lo heredado y comenzamos a participar conscientemente en la construcción de nuestra vida.

Y entonces, quizás, la pregunta más profunda no sea solamente qué dice nuestro himno.

Sino:

¿Cuál es tu canción hoy?

¿Qué emociones y movimientos atraviesan tu identidad actual?

¿Desde qué frecuencia estás viviendo?

¿Te permitís existir más allá de la sobrevivencia?

¿Te das espacios que alimenten tu alma?

¿Te das permiso para crear?

Tal vez la verdadera independencia comience allí.

En el instante en que dejamos de vivir únicamente reaccionando al miedo y empezamos a recordar que también vinimos a sentir, a expresar, a amar, a contemplar y a crear sentido.

Porque hay himnos que no se cantan solamente con la voz.

Hay himnos que se viven.

(*) Psicóloga, magíster en Salud Pública y coach ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integro psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Mi enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

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