Hay frases que no se dicen. No porque la corrección política las prohíba, sino porque revelan demasiado. Hay expresiones que funcionan como una radiografía involuntaria del poder: dejan ver el hueso, la fractura, la enfermedad moral de una época. Cuando desde un escritorio estatal, o la palabra ministerial, se desliza la idea errante de que, ya no hacen falta más escuelas, no estamos frente a una opinión administrativa, estamos frente a una confesión filosófica. Y viene a la mente entonces una de las ideas más significativas filosofía educativa: “...enseñar puede cualquiera, educar, aquel que sea un evangelio vivo...”.
Y sí; un gobierno puede equivocarse en una obra pública, puede fracasar en una estadística o incluso perder el rumbo económico. Pero cuando empieza a considerar a la educación como un gasto innecesario, entonces el problema deja de ser técnico y se vuelve civilizatorio. La decadencia de las sociedades no comienza cuando faltan dólares. Comienza cuando sobran funcionarios convencidos de que no hacen falta construir escuelas y enseñar a pensar es, como mínimo, extremadamente costoso.
La escuela siempre fue y será mucho más que un edificio. Fue el último lugar donde el hijo del peón y el hijo del empresario podían compartir un banco. El único territorio donde un niño del interior profundo podía imaginar un destino distinto al heredado. Cerrar escuelas -o naturalizar que no se construyan más- no es un ahorro presupuestario: es una forma elegante de administrar la resignación social.
El problema es que el poder contemporáneo ya no necesita ciudadanos. Necesita consumidores dóciles, empleados silenciosos y votantes fatigados. La educación produce preguntas; la política mediocre necesita obediencia. Por eso la escuela, bien diseñada, suele incomodar, porque un maestro todavía puede generar algo peligroso: pensamiento. Michel Foucault decía que todo poder intentar disciplinar los cuerpos y ordenar las conductas. Pero hoy el mecanismo es más sofisticado: ya no se encierra solamente a las personas; se encierra el horizonte. Se clausura la posibilidad de imaginar otro futuro. Y para eso no hace falta censura. Basta con destruir lentamente las herramientas del pensamiento. Un pueblo sin educación no solo es más pobre culturalmente: es más manipulable electoralmente. El analfabetismo político no nace de la ignorancia natural; se fabrica. Se cultiva. Se administra. Y después se explota.
Por eso resulta alarmante escuchar discursos donde pareciera insinuarse que las escuelas sobran, mientras en las aulas faltan docentes, recursos y condiciones mínimas para enseñar. Lo que sobra no son escuelas, sobran funcionarios que jamás pisan una. Desde la palabra presidencial que ofende, humilla y violenta constantemente a cuanto no piense como indica el poder de turno. Parlamentarios que no pueden leer un numero de corrido, o simplemente no pueden articular tres palabras conjugada en el futuro sin hacer alusión a la realidad presente. Intendentes y concejales, que hablan en televisión con faltas ortográficas.
En realidad no sobran escuelas, sobran asesores que hablan de territorio desde oficinas climatizadas y parientes acomodados en estructuras estatales convertidas en árbol genealógico. Porque ahí aparece otra enfermedad profundamente latinoamericana: la naturalización del parentesco como método de gestión pública.
Un funcionario no debería gobernar con familiares incrustados en el Estado como piezas hereditarias del poder. La función pública no es una empresa doméstica ni una mesa familiar ampliada. El nepotismo no solo degrada la institucionalidad: destruye la idea misma de mérito. Convierte al Estado en un club de apellidos donde el talento importa menos que el parentesco. Y cuando el mérito desaparece, aparecen las tragedias silenciosas: hospitales sin médicos, escuelas sin maestros, oficinas llenas de cargos y vacías de capacidad.
En Jujuy -como en buena parte del país- parece haberse consolidado una lógica perversa: ajustar primero sobre aquello que no produce rentabilidad inmediata. La educación no genera dividendos trimestrales; genera ciudadanos dentro de veinte años. La salud no cotiza en bolsa, salva vidas anónimas. Entonces aparecen los tecnócratas del recorte con su lenguaje de planilla Excel, hablando de “optimización”, “reorganización” o “racionalización de recursos”. Pero detrás de esas palabras elegantes suele esconderse algo brutal: el abandono.
Faltan docentes. Faltan médicos. Faltan enfermeros. Faltan salarios dignos. Faltan escuelas en barrios donde los chicos todavía caminan kilómetros para estudiar. Faltan hospitales donde las guardias colapsan mientras los funcionarios inauguran slogans, lo que nunca faltan son discursos. La historia demuestra que las sociedades que destruyen su educación terminan arrodilladas frente a cualquier forma de poder. Un pueblo sin lectura crítica acepta cualquier relato. Un pueblo sin pensamiento termina agradeciendo migajas.
Tal vez por eso la defensa de la escuela pública incomoda tanto: porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía puede nacer un ciudadano capaz de cuestionar. Y ningún poder mediocre tolera demasiado tiempo a quienes aprenden a pensar. Frente a la pedagogía del derrumbe, vayamos entonces a la pedagogía de Paulo Freire. (*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.